crítica de cine
Terraferma: Sicilia, entre ficción y dura realidad
domingo 29 de julio de 2012, 11:32h
Casi un año después de que el último trabajo del director italiano Emanuele Crialese se hiciese con el Premio Especial del Jurado de la Mostra de Venecia, llega a nuestros cines este drama ambientado en la pequeña isla siciliana de Lampedusa.
Crealese narra las dificultades con las que una familia siciliana tiene que combatir para salir adelante en un periodo en el que su tradicional medio de vida, la pesca, ya no sirve para mantener a nadie. La mayoría de las veces, las redes lanzadas al mar sólo recogen restos de basura, y resulta mucho más rentable desguazar la barca para vender por separado sus piezas o dedicarla a pasear turistas durante los dos meses de verano, que mantenerla en el mar con la intención de seguir pescando. Filippo, a quien interpreta el joven Filippo Pucillo, es el protagonista de un drama tan real como el personaje al que él da vida. De hecho, este actor no profesional vive realmente en Lampedusa y más que interpretar, se podría decir que recrea a un personaje para el que poco ha tenido que inventarse. Conocemos a Filippo en compañía de su abuelo, mientras se encuentran en el mar echando esas redes en las que ya no se atrapan peces. Los restos de una patera son los causantes de que la hélice sufra desperfectos y, cuando los están evaluando antes de volver a tierra firme, se encuentran con una patera atestada de inmigrantes. Enseguida llaman a las autoridades marítimas; sus órdenes son claras y tajantes: han de permanecer en la zona pero con la prohibición de dejar que alguno de los ocupantes de la embarcación ilegal suba a su barco.
Sin embargo, ¿cómo permanecer de brazos cruzados cuando algunos inmigrantes caen al mar y piden auxilio? El abuelo de Filippo lo tiene claro, la ley del mar manda socorrer a quien lo necesita y subirlo a bordo. Así, abuelo y nieto regresan a puerto con una mujer subsahariana a punto de dar a luz y su hijo pequeño, a quienes esconden con la ayuda de la madre de Filippo, a quien da vida Donatella Finnochiaro, en el garaje de la casa que ahora se ha convertido en su propia vivienda, al menos, durante los meses de verano en los que la casa “de verdad” se alquila a los turistas, en un intento más de conseguir mantener a la familia ahora que, además, el padre de Filippo ha desaparecido en el mar. Pero esta noble acción tendrá nefastas consecuencias y hará aflorar, aún más, las contradicciones de los personajes, sus miedos y sus anhelos, que chocan con los que a su vez tienen los demás protagonistas del drama, desde los inmigrantes rescatados a los representantes de la ley, pasando por los turistas, que lo único que quieren es pasar unos días en la remota isla completamente despreocupados, sin tener que enfrentarse con inesperadas tragedias.
El director italiano consigue así una mezcla entre la ficción de la historia de la familia de Filippo y hechos reales frente a los que, además, mueve la cámara en modo documental, con esa lentitud que permite retratar en primer plano el dolor real que asoma a los rostros de los protagonistas, sin tener que inventar ni añadir nada a lo que continúa sucediendo en la realidad. Crealese se limita a contar lo que se puede leer en los periódicos, a recrear con movimiento y dentro de un contexto aquellas imágenes que conmocionaron a Europa de unos turistas que, en pleno descanso de arena y sol, vieron con sorpresa cómo las olas depositaban en la playa los cuerpos exhaustos de inmigrantes que habían abandonado las pateras procedentes de Túnez y Libia, para tener una oportunidad de alcanzar la tierra soñada antes de que una patrullera les devolviera sin contemplaciones a la costa de la que habían conseguido escapar después de años de viaje.