El pincel y la cámara. Hopper y Lynch
sábado 18 de agosto de 2012, 19:14h
Pintores que toman la cámara, directores que toman la paleta. Pintura y cinematografía, cinematografía y pintura. A diferencia de otros tiempos, donde las discusiones se centraban en las relaciones y jerarquías entre la pintura y la escultura (Leonardo da Vinci y Miguel Ángel) o la pintura y la música (Kandinsky), hoy las disputas han dado paso a la pacífica coexistencia de la cinematografía y la pintura. A la postre, las artes conviven en un mundo, también estéticamente, cada vez más interrelacionado y global. Hay dos ejemplos presentes, es cierto que distintos, pero que testimonian las permeables vinculaciones entre ambas artes. Son los casos de dos emblemáticos artistas norteamericanos: el pintor Edward Hopper y el director David Lynch.
Del primero, está todavía a tiempo de pasar, ¡no deje de hacerlo!, por las salas del Museo Thyssen. No se pierda una de las exposiciones más importantes del año. Nada más entrar, verá, enseguida, que no le engaño. Y tendrá la justa sensación de conocer, y hasta de haber vivido ya, como en un deja vú, muchas de sus composiciones y figuras ¿Por qué? El cine, aunque usted no lo supiera todavía, ha construido muchas de sus escenas sobre la contextualizada obra del artista americano. La soledad, la desolación y el desasosiego, con sus correlativos moteles, gasolineras y cafeterías, forman parte de la cultura colectiva de las últimas generaciones. De aquí el interés, no ya sólo de los directores más refinados, sino de guionistas, productores, fotógrafos, iluminadores, encargados del vestuario, maquilladores…, por una obra que no puede ser cinematográficamente más próxima. A Hopper, y sólo a él, le deben la vida los búhos de la noche de hoy; hombres y mujeres solitarios que explicitan su aislamiento y desazón, mientras fuman, toman café y beben fuertes destilados.
El caso de David Lynch es diferente, pero también se encuentra inequívocamente ligado al mundo de la pintura y las bellas artes. Incluso, de forma más explícita y consciente. Lynch aparece como un hombre del Renacimiento, cuál Leonardo, prestando atención a las más varias manifestaciones de cualquier proceso creativo: cine (Terciopelo azul, El hombre elefante…), pero asimismo por la fotografía, la literatura, los muebles, la decoración, el diseño (como la reciente serie de botellas de Dom Pérignon) la música…, cual inquieto Mecenas en tiempos de Augusto. “Algunos días eres -nos puntualiza- pintor por la mañana (es fácilmente detectable la influencia de Bacon) y músico por la tarde. Vas donde las ideas te mandan”
Este americano, nacido en Montana, no quiere renunciar a nada. Aunque puestos a contextualizarlo, si hubiera nacido antes, se habría adscrito al surrealismo. Sería hoy uno de los nombres emblemáticos de la iconoclasta vanguardia, en compañía de los Tristan Tzara, Tunguy, Max Ernst, Miró, Dalí, Aragón, Domínguez... Pero terminaría seguramente rompiendo relaciones, como casi todos, con el intransigente André Breton, para caer en las redes de otro seductor. Me refiero al dadaísmo del subyugante Marcel Duchamp. Una edad de oro, como en la película de idéntico título de Luis Buñuel, otro surrealista, donde las artes se mezclan, y por donde desfilan, como improvisados actores, algunos pintores de la época: Max Ernst o Manuel Ángeles Ortiz.
Ya en su primera película, rodada en blanco y negro, la mítica Eraserhead, preñada de escenas oníricas, inquietantes, y grotescas, Lynch no da tregua a un desconcertado espectador. Un atónito espectador atrapado por la presencia de una monstruosa criatura, nacida de un parto anormal, que teje y desteje la fracasada relación de una pareja abocada al drama. Más tarde, en la conocida serie televisiva de Twin Peaks, Lynch nos vuelve a zambullir en una atmosfera irreal que no permite deslindar la realidad de lo soñado. ¿Se acuerdan, por ejemplo, de la inolvidable presencia del enano? Lo dicho: pintores y directores. Una excelente mixtura.
|
Catedrático de Derecho Constitucional
|
|