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De cómo protestar

jueves 27 de septiembre de 2012, 20:53h
Está de moda protestar. Cada vez más gente lo hace, de uno u otro modo. A título individual o parapetándose tras la fuerza/cobardía que da el grupo, lo suyo es quejarse, aunque hay formas y formas. Se cuenta el caso de un oficial prusiano que, en los tiempos de cortejo y paseo del brazo con carabina, se le ocurrió tirarle los trastos a la prima donna del lugar. La jovencita en cuestión decidió hacerse valer y le dijo al soldadito que si quería aspirar a algo, tendría que permanecer cien días bajo su balcón para probar su dignidad. Y así lo hizo. Eso sí, llegado el último día el oficial se cuadró ante ella y le espetó “mi dignidad está probada, y también que vos no sois digna de mí”. Y allí la dejó, con un palmo de narices y la satisfacción de haber vencido a la imbecilidad con un alarde de honor.

Eran otros tiempos. Hoy las cosas se hacen de manera diferente. En Bielorrusia, por ejemplo, la gente se reúne en la plaza central de Minsk, y allí comienza a aplaudir al unísono sin razón aparente. Todo el mundo sabe que el objeto de dicha acción es la pésima gestión del gobierno de Alexander Lukashenko, por lo que la policía empezó a detener a la gente por “aplaudir”; tal cual. Y eso que allí la palabra “crisis” se escribe con mayúsculas. Aquí, en España, la Orquesta Sinfónica de Baleares decidió protestar contra los recortes haciendo lo que mejor saben: música. Así, la Plaza Major de Palma fue escenario de un concierto gratuito donde se interpretaron obras de Beethoven, Mozart y Rossini. Ni se quemaron papeleras, si se cortó el tráfico ni se agredió a agente alguno de la Policía Nacional con barras de hierro.

Al actual Gobierno no le queda más remedio que hacer lo que está haciendo, y encima se queda corto. Es el resultado de la herencia que han dejado las dos legislaturas anteriores. ¿Dónde estaban entonces los indignantes, cuando se derrochaba a espuertas dinero público y se miraba hacia otro lado en lugar de hacer reformas que, de haberse emprendido antes, habrían sido mucho menos dolorosas? En cualquier caso, lo hecho, hecho está. Y lo no hecho también. ¿Es para indignarse? Por supuesto. Zapatero se apoyó en mediocres, radicales de izquierda y nacionalistas con la misión de arruinar el país. Lo consiguió. Rajoy, para no ser menos, también cuenta con su cohorte de mindundis que le bailan el agua y que ofrecen una imagen tan meliflua como inconsistente. Ah, y Bolinaga en la calle.

Pero nada de eso justifica que se vulnere la ley. Nada. Los diputados lo son porque así lo ha decidido el 73 por ciento de españoles que acudió a las urnas el pasado noviembre. Quienes fueron a votar tuvieron a su disposición en las mesas electorales más de 60 opciones diferentes. En democracia es así como funcionan las cosas. No, en cambio, tratando de coaccionar la voluntad de los representantes de todos. Tampoco ocupando espacios públicos -que son de todos, no sólo de los indignantes-, ni cortando el tráfico ni saboteando a berridos cualquier acto público. Ya dijo Bertarnd Ruseell: “no importa lo elocuente que ladre un perro; nunca podrá decirte lo que fueron sus padres”. Y es que a ladridos no se arregla la crisis. Ni a ladrillazos tampoco.
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