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Crítica "Fidelio"

Abbado y la Mahler Orchestra se llevan la mayor ovación del Real

martes 22 de abril de 2008, 09:34h
Fue la culminación de las dos noches de Fidelio, que, en el marco del ciclo dedicado a Beethoven, han dejado a los asistentes al Teatro Real con un inmejorable sabor de boca.

Es, sin lugar a dudas, la determinación lo que mueve al personaje de Fidelio, pero no sólo a esta mujer disfrazada de hombre, que asume todos los riesgos para encontrar al marido encadenado en una oscura mazmorra por enfrentarse al poderoso y malvado Pizarro, también es el motor de toda la genial obra. La temperamental obertura Fidelio que abre el inicio del primer acto ya pone desde los primeros acordes el énfasis en la voluntad de acción enfocada a un objetivo muy claro.

Se ha acusado a esta ópera y, por tanto, a su compositor, de la poca caracterización psicológica que tienen sus personajes desde el punto de vista dramático, pero que a nadie se le olvide que Beethoven el dramatismo lo pone con la música y no con los diálogos. Por eso, a pesar de que en la representación de Fidelio en el Teatro Real el reparto, aunque muy correcto, no estuvo a la altura de de la calidad del foso, con excepción clara de la soprano alemana Anja Kampe, y de que la dirección de escena, bastante coherente, nos provocara algún pequeño disgusto, la imponente actuación de la Mahler Chamber Orchestra bajo la dirección del mítico e impresionante Claudio Abbado, ha conducido a la representación de Fidelio hasta la consecución de un éxito de los que pasarán a la historia.

Y así lo reconoció el público que, entregado desde el principio, premió al maestro italiano y a su apasionada orquesta formada por cuarenta y seis músicos de veintiún países distintos. También a los coros, el de la Comunidad de Madrid y el Arnold Schoenberg de Viena, que, unidos, marcaron algunos de los momentos más cohesionados y, por lo tanto, con más fuerza dramática de toda la representación. Por supuesto también del final, aunque, quizás por recursos de escena incomprensibles, que no por la interpretación del coro, no se dio toda la importancia que se merece al concepto más defendido por Beethoven en su obra, la libertad.