
La función de la velada de este jueves ha sido la primera del total de cinco representaciones que se ofrecerán en el Real hasta el próximo día 9 de octubre y que suponen la oportunidad de ver en Madrid a esta prestigiosa
compañía de danza que, a pesar de su formación eminentemente clásica, se ha volcado cada vez más hacia la danza contemporánea. Así, su repertorio se ha ido formando durante estos últimos veinte años en colaboración con coreógrafos de la actualidad e incluye un total de 93 obras, de las que 48 han sido estrenos mundiales. Para venir a Madrid, la
compañía francesa dirigida por Yorgos Loukos ha elegido la
obra de Kylián titulada
One of a Kind, que pretende profundizar en la contradicción de los hombres, independientes por una parte y por otra, con una profunda dependiencia del resto de los seres humanos.
Lo cierto es que esta obra dividida en tres partes invita, sin duda, a la reflexión. A pesar de ciertos momentos en los que la música y la coreografía parecen acelerarse, la mayor parte de la obra es de carácter introspectivo, siguiendo un ritmo pausado en un escenario iluminado con luces tenues aunque efectivas. Es, de hecho,
la iluminación, a cargo de Michael Simon, una de las características más reseñables de su puesta en escena. Para la
escenografía, el arquitecto japonés
Atsushi Kitagawara ha ideado tres espacios distintos - aunque claramente siguen una línea regular - para acoger las tres partes en las que se encuentra dividida la obra. En todo caso, se trata siempre de espacios de carácter abstracto que recurren como idea principal al simbolismo. Por lo que se refiere al primero, lo que llama la atención es su perfil accidentado de bloques blancos al fondo del escenario y es, quizás, el menos visual de los tres. El segundo, por el contrario, supone la introducción de dos elementos móviles de grandes dimensiones - un rombo y un cono – que rotan, jugando con la luz y las sombras que proyectan sobre los bailarines y sus sofisticados, a la vez que enérgicos movimientos. Por último, el tercero de los espacios, sin duda el más conseguido, juega con etéreas cortinas que van cubriendo de capas el escenario.

En esos tres espacios, los bailarines, entre los que destacan
Alexis Bourbeau, Fernando Carrión, Julia Carnicer, Dorothée Delabie y Auréie Gaillard, alternan movimientos más febriles o intensos con otros de profunda espiritualidad. Todos ellos bajo la atenta presencia de una bailarina que no desaparece de la escena en ningún momento y que representa a la conciencia del mundo, el equilibrio que no debe faltar nunca pero que se encuentra permanentemente zarandeado como metáfora de la libertad amenazada.
Por lo que se refiere a la música, lo más destacable es la presencia del
violonchelista Matthew Barley que acompaña desde distintos puntos del escenario a los demás sonidos sobre los que descansa la coreografía: una
mezcla realizada electrónicamente por Brett Dean en múltiples estratos y en la que se pueden escuchar simultáneamente un madrigal del siglo XVI, el canto de un pájaro australiano o el sonido de tambores africanos.