PH CERO
In memoriam. Íñigo de Arteaga, el “hombre perfecto”
jueves 18 de octubre de 2012, 09:10h
No estaba casado ni tenía hijos, y se acaba de confirmar que Dios no le había bendecido tampoco con una vida larga. Aparte de esto, Íñigo de Arteaga y del Alcázar (Madrid, 1969-Toledo, 2012), tenía todas, absolutamente todas las aptitudes y actitudes que sitúan a un hombre en el camino de la perfección. Por eso su muerte, este domingo en accidente de avioneta y con sólo 43 años, ha sido especialmente desgraciada.
Le conocí una tarde de invierno hace demasiados años, en su casa familiar de Madrid a la que habíamos llegado estrepitosamente un grupo de amigas de su hermana Ana. Íbamos a merendar y a estudiar latín. Íñigo, varios años mayor que nosotras, se ofreció para ayudarnos. Y nos ayudó muchísimo porque aquel veinteañero guapísimo era entonces un alumno brillante que estudiaba Ciencias Económicas y Empresariales en ICADE. Era un joven ejemplar, responsable, abstemio, atento, generoso, muy divertido y familiar (era el segundo de cinco hermanos y una legión de primos).
Se graduó con notable en ICADE y se fue al Real Colegio de España en Bolonia a hacer una tesis doctoral que le dirigió Romano Prodi y que terminó cum laude. Luego se instaló en Londres, en un piso compartido con cuatro compañeros, y pasó once años trabajando en la City.
Sin embargo, seguía regresando todos los veranos a Palma de Mallorca. Coincidimos un par de ellos. Siempre espontáneo, natural, educado y cariñoso pese a lo que los prejuicios puedan hacer esperar de alguien que es marqués de Távara, conde de Saldaña y conde de Corres, hijo del actual duque del Infantado y Marqués de Santilla -Íñigo de Arteaga Martín-, y de Almudena del Alcázar, y perteneciente por tanto a una de las familias aristocráticas más importantes de España.
“Algo cortito y fácil de quitar” era la respuesta con la que Íñigo bromeaba cuando le preguntábamos quinientas veces qué nos poníamos para salir por la noche durante aquellos veranos en Palma. Tenía un gran sentido del humor y un éxito enorme entre las mujeres; mantuvo dos noviazgos serios con María León y con Eugenia Silva, pero ninguno acabó en el altar.
Después de quemarse trabajando en Londres, volvió a España para gestionar el patrimonio de su familia, entre otras cosas, los seis castillos que tiene repartidos por la geografía española desde Guipúzcoa a Sevilla. Se desplazaba en avioneta de una a otra finca porque le encantaba pilotar (su padre es piloto jubilado de Iberia). Había obtenido el título en los Estados Unidos y también tenía el de patrón de yate.
Era también un hombre deportista, jugaba sobre todo al polo, amante de las tradiciones que trataba de conjugar con la vida en el siglo XXI y enamorado del mundo militar, razón por la que era reservista voluntario como alférez de infantería de Marina y se embarcaba cada año dos semanas.
En los últimos años, sólo le he visto en alguna fiesta. Impecable, inteligente, culto, perspicaz… Íñigo estaba empeñado en conservar lo que había supuesto históricamente su familia y en garantizar el futuro. Durante 37 años había sido educado para heredar el título nobiliario más importante que atesora hoy su padre: el ducado del Infantado. Aprobó el Gobierno de Rodríguez Zapatero la ley sobre igualdad del hombre y la mujer en el orden de sucesión de los títulos nobiliarios y su hermana mayor, la escritora de novela histórica Almudena de Arteaga, se convirtió en la heredera del título... El destino.
Dicen quienes conocían en profundidad a Íñigo que además era hombre de inmensa bondad. Por todo ello, siempre dije que Íñigo de Arteaga era el “hombre perfecto” o, al menos, se encontraba entre los más cercanos a la perfección. Lástima que haya muerto tan joven. Ya saben, los mejores siempre se van demasiado pronto. Le quedaba mucho por hacer, otra media vida entera por vivir. He lamentado muchísimo tener que despedirlo y me abrazo a sus padres y hermanos en un adiós lleno de admiración.