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Una fecha olvidada: 1412: Caspe

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 19 de octubre de 2012, 20:02h
Sabido es cómo la intensidad de la celebración de las grandes fechas en el calendario nacional suele depender más que de su importancia, de la sensibilidad y estado de ánimo de las generaciones que las conmemoran. En los tiempos presentes se ha tenido en España un ejemplo antológico. Enmarcadas en un veinteno, la evocación de las dos efemérides más salientes de la historia nacional –la de 1492 y la de 1808-, su recuerdo y exaltación respondió a talantes y actitudes distintas. Aun en medio de inevitables polémicas por su dimensión cósmica, la primera tuvo lugar en medio de fastos y eventos de amplio calado en la opinión pública y en gran parte de la mundial por la trascendencia de algunas de las realizaciones llevadas a cabo para su conmemoración. Por el contrario, la de la segunda –de menos eco y repercusión foráneos- apenas si ha encontrado más dimensión que la protocolaria y ritual, desplegándose hasta el momento en la mayor grisaciedad la celebración de los diferentes jalones -1808,1810,1812- que abrieron el ciclo de la contemporaneidad española. En pleno desarrollo de la crisis que ha conducido a la postración más honda del país, éste carece de las energías mínimas para repristinar los años inaugurales de su historia constitucional con el vigor y enaltecimiento requeridos para tan alta ocasión.

En mucha menor medida, tal ha sido también la causa del rutinarismo y la desmaña con los que se evocó meses atrás sesquicentenario de un momento estelar del pasado hispánico: El Compromiso de Caspe. En su opaca cuando no desastrada evocación contaron no sólo los factores económicos y sociales antedichos, sino también los políticos e ideológicos. Acontecimiento en el que tan deslumbrante presencia hallaron los valores doctrinales e identitarios de la patria española no pertenece innegablemente al imperialista dominio del discurso de lo políticamente correcto. El triunfo aplastante del sentido nacional –la inminencia de la unidad peninsular estaba en el ambiente, pese a la derrota de Castilla en Aljubarrota (1385)-; el desarrollo democráticamente modélico de las sesiones en la villa aragonesa que desembocaron en el plazo de un ¡trimestre! en la elección -24 de junio- del infante D. Fernando, el de Antequera en rey de Aragón (1412-16); el ancho caudal de una cultura jurídica impregnada de vivencias y vigencias religiosas; el papel esencial representado en las deliberaciones –siempre transcurridas en un clima de absoluta libertad y autonomía- por un líder espiritual como el dominico valenciano san Vicente Ferrer, son, entre otras de igual tenor, circunstancias, qué duda cabe, con muy escasa cotización en las esferas que controlan hodierno los resortes del poder de la comunicación, la política y hasta de extensos círculos académicos. Por motivos fácilmente imaginables, pero de larga enumeración, en todas ellas el pensamiento e ideales que movilizaron el pueblo y las elites del “Casal de Aragón” para superar la grave crisis provocada por la muerte, sin heredero directo tras la inesperada desaparición de su único hijo, Martín, el joven –junio de 1409-, en la primavera de 1410 del último monarca de la dinastía barcelonesa, Martín, el Humano, apenas logran abrirse un hueco, oficialista y convencional, en su apretada agenda, repleta de asuntos más perentorios…

Tras la “Diada” de este año que enfila ya su recta final, la lectura del Compromiso de Caspe –relegada por completo en los centros de enseñanza de todo el Principado y también como acaba de decirse en los de España entera-cobra aspectos de insospechada actualidad y urgencia. Siempre es posible el compromiso entre gentes de buena voluntad y de raíces antropológica, histórica y culturalmente comunes. Los catalanes, de tradición pactista sin paralelo en el Viejo Continente - solar por excelencia de la mejor cochura jurídica, esto es, de la nacida de la fusión del derecho romano y el germano-, lo saben mejor que nadie.

Ante los grandes, quizá dramáticos y acaso trágicos envites que el diseño jurídico-administrativo de la nación afrontará ineluctablemente en los próximos meses el recuerdo de la efemérides de 28 de junio de 1412 tal vez arrojara sombra protectora y estimulante a los debates agonísticos que el tema planteará.
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