Paolo Coelho, el genio
sábado 01 de diciembre de 2012, 19:18h
Yo nunca he leído un libro entero de Paolo Coelho. No he sido capaz. Una vez le eché un vistazo a uno y tuve la impresión de estar leyendo un almanaque de las hermanitas de los pobres. Sé que cuenta con muchos seguidores en las redes sociales y que ha vendido millones de ejemplares, pero como no veo ninguna relación entre la literatura y la ley de la oferta y la demanda, el hecho apenas me impresiona. Desde luego, dudo de que su popularidad se deba, como él sostiene, a su forma de escribir, directa y sencilla. Quizá yo sólo sea un maldito elitista, pero intuyo que la gente que adquiere sus libros no está precisamente en disposición de elegir entre Proust y él.
Algunos de ustedes pensarán que no basta con una hojeada para juzgar a un escritor. Siento desmentirles. Cuando uno ha leído miles de libros, basta y sobra. Igual que el músico experimentado detecta al instante los defectos de un intérprete, el lector experto necesita poco para valorar a un literato, máxime si es tan diáfano como Coelho. Diagnosticar un tumor requiere un estudio médico exhaustivo; saber que a un manco le falta el brazo es algo que se hace de un vistazo.
Mi impresión es que los seguidores de Coelho son objeto de un penoso malentendido. Por algún motivo suponen que sus pensamientos alcanzan altos niveles de espiritualidad. Esto no es raro. Siempre hubo gente que confundió afectación con hondura, facundia con calado, cursilería con misticismo. Desafortunadamente, las ideas de Coelho, ese palmar de Troya de la gazmoñería ideológica, tienen la profundidad de un emoticón y la autenticidad de una teta de silicona. Si Oscar Wilde se pasó la vida intentando parecer superficial sin conseguirlo, él trata de parecer profundo con idéntico resultado. Siento ser tan expeditivo, pero a mí me recuerda al gallo que orgullosamente alza la diminuta cabecita mientras hunde sus patas en un fangal de excrecencias.
Coelho vive de la miseria espiritual de la época, la explota como un mercader astuto. Despreciado por los sectores cultivados, vuelca todo su esfuerzo en los pobres de espíritu, la porción más numerosa de la población lectora y la más ingenua. Es entre ellos donde pasa por sabio. Convencido de que la tarea del espíritu es acabar con las contradicciones, no agudizarlas en aras a la lucidez, practica un arte en el que es maestro consumado: la simplicidad palomina. Llamarlo “bomba fétida moral” no sería ninguna exageración, aunque yo no lo haré. De lo que no hay que extrañarse, en cambio, es de que tenga éxito: lo raro sería que Heidegger vendiera tantos libros como él.
Pero no es Coelho quien me interesa, sino unas recientes declaraciones suyas a El País. Él, Coelho, un escritorcito, acusa nada más y nada menos que a James Joyce de haber hecho un gran daño a la literatura. Para partirse de la risa. Parece que se ha puesto de moda entre los escritores mediocres menospreciar a los maestros. Hace poco oí en internet una conferencia de Eduardo Mendoza en la que sostenía que Kafka era mal escritor. Si sigue esta tendencia y se generaliza es posible que dentro de poco el Koala –autor del celebérrimo “opá te voy a haser un corrá”- deplore los lieder de Mahler. Atrincherado en la lucidez de la tontería, el pobre rico Coelho parece ignorar que los auténticos escritores no escriben para satisfacer las expectativas de un público insatisfecho, sino para arrojar algo de luz a los problemas de la vida, problemas que se han agudizado en una época que duda del poder de la razón, la validez de los principios morales y políticos, la verdad o la belleza, y que no pueden abordarse, naturalmente, con las mismas herramientas que antaño.
Él es un escritor privilegiado, uno de los pocos que pueden decir siempre todo lo que quieren decir. El lenguaje trillado no le preocupa, tampoco le incomoda la tradición ni le pesa arrastrar cómo Sísifo una montaña de tópicos banales. Aunque nunca se le hubieran aparecido seres, criaturas del más allá, sabríamos que está tocado por una gracia divina. Su facilidad es formidable. “Si puedo decir en una frase lo que diría en tres páginas, lo digo en una frase”, ha declarado lleno de orgullo. Pero: ¿por qué decir en una frase lo que sería preferible callar? Esto es algo que Coelho no ha pensado jamás. Un gurú, un iluminado, un guía espiritual, no baraja la posibilidad de que la escritura se haga también con silencios y que su responsabilidad como escritor no sea disolver el mundo en su vacía verborrea, sino escoger con cuidado las palabras a que supuestamente está consagrado. Coelho no calla, siempre tiene respuestas, en forma de libros, de comentarios en las redes sociales, de declaraciones en los periódicos, juicios del tipo de este, tan extraordinario, tan desopilante: “el Ulises de Joyce hizo mucho mal a la literatura porque nadie lo ha leído, pero todo el mundo dice que lo ha leído”. Hay que joderse con el genio.