www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Laminando el estado de bienestar

jueves 13 de diciembre de 2012, 20:48h
Ya lo dijo Bernard Shaw: “hace tiempo que aprendí a no luchar contra un cerdo. Acabas todo sucio y, además, al cerdo le gusta”. Sin embargo, hay ocasiones en las que uno tiene que pringarse para defender aquello que considera justo. Es lo que ocurre estos días con las movilizaciones de médicos y jueces; dos colectivos diferentes con una misma causa. Como diría Jack el Destripador, vayamos por partes.

Criticaba Gallardón que las movilizaciones de jueces y fiscales fuesen por un “quítame allá estos moscosos”, amén de una pataleta por la añorada extra de Navidad. Es mucho más que eso. En primer lugar, porque no son sólo jueces y fiscales, sino también secretarios judiciales, abogados y, en general, todo el personal de la justicia. Una justicia a la que, de prosperar la ley de tasas del ínclito Gallardón, únicamente los ricos podrían acceder. Por ejemplo, si Tráfico nos casca una multa de 100 euros y tras agotar la vía administrativa queremos recurrirla, serán 200 euros; dinero que en ningún caso recuperaría aunque los tribunales le diesen la razón. Si no es así y queremos seguir recurriendo, las tasas ante el Tribunal Superior de Justicia ascenderían a 800 euros y 1.200 si llega hasta el Supremo. Vamos, que habrá que endeudarse para recurrir una multa de tráfico. Y ay del que tenga un pleito de una cuantía superior.

Lo de los médicos -especialmente en Madrid- va por otros derroteros, parecidos aunque no del todo iguales. Es verdad que hay centros sanitarios de titularidad pública con gestión privada cuyo funcionamiento es muy bueno. Ocurre que la sanidad no es un negocio, ni puede -o, al menos, no debería- serlo. Una empresa privada está para obtener beneficios; y eso, en el marco de un sistema sanitario público, es imposible. Los médicos madrileños se quejan, y con razón, de que nadie les haya consultado nada, y que se les imponga un modelo trampa. Temen que el día de mañana dejen de hacerse según que pruebas por el mero hecho de que sean caras, o que se escatimen camas, medicamentos o incluso admisiones.

Así como nuestra justicia es manifiestamente mejorable -y con un hedor asqueroso a politización en las altas instancias-, la sanidad española es modélica. E inviable en el actual estado de cosas. Tanto en estos dos ámbitos como en muchos otros, tienen razón los que se muestran indignados. Ahora bien, dicha indignación no hay que focalizarla sólo en los que están haciendo los recortes, sino en los que les han obligado a hacerlos. Que la izquierda se mire el ombligo por sus complejos con el franquismo y sus ganas de desterrar todo aquello que tuviese que ver con aquello de la unidad de España. Cuatro resentidos progres con ínfulas de nacionalista parieron el estado de las autonomías y, desde entonces, todo lo mejor se ha ido yendo por el sumidero de la descentralización, hasta quedarnos en cueros y con cara de lelos. ¿Y si en vez de diecisiete administraciones de sanidad, educación y justicia, hubiese sólo una, no saldría todo más barato? Con lo que se ahorrase no habría necesidad de cobrarle la ambulancia a los enfermos crónicos; he ahí la solución. Pero, por desgracia, nunca se aplicará; nadie tiene el coraje político suficiente. Por culpa de eso, vamos a pasar de un estado de bienestar a otro de beneficencia. Qué pena.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.