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Velázquez retrata el lado amable de la Inquisición

Pedro González-Trevijano
sábado 15 de diciembre de 2012, 18:14h
Sólo muy pocos, los investidos por la genialidad, son capaces, como si estuviéramos entre alquimistas, de transformar la sustancia de las cosas. Los magos medievales se afanaban en transmutar los metales groseros en oro. Pero, los pintores, absortos entre telas y caballetes, han buscado aprehender la vida y transmutarla en una realidad nueva: la pintura. Y de entre todos ellos, pocos alquimistas hay tan dotados como Velázquez. Con pocos trazos, sin amanerarse nunca, casi con desgana, en muchas ocasiones con un solo brochazo, sin terminar jamás perfeccionistamente los detalles. ¿Le gustaría pintar? Hablamos, claro está, de la manera velazqueña.

Veámoslo, una vez más, con una obra menor, pero no por ella menos apreciable. Me refiero al retrato de tres cuartos de Sebastián García de la Huerta. Nacido (1576-1644) bajo los reinados de Felipe III y Felipe IV, nuestro caballero desplegó una relevante vida pública: notario apostólico de la catedral de Toledo, secretario del arzobispado, persona de confianza del cardenal Sandoval, secretario de Felipe III y Felipe IV; pero, sobre todo, llegó a ocupar la secretaria de la Santa Inquisición. Pero junto a las mentada presencia pública, Sebastián García de la Huerta, como otros nobles españoles de su tiempo, fue un amante de las artes y, en particular de la pintura, de la que disponía de más de mil piezas inventariadas a su fallecimiento Entre los ilustres miembros de su colección se hallaban telas, unas auténticas, otras copias, si bien todas por lo que intuimos importantes, de El Bosco, Caravaggio, Rubens, y, entre los artistas patrios, de Murillo, Velázquez y Goya. Ni más ni menos que dieciséis obras del genial pintor sevillano constaban en su colección, por más que la mitad de ellas no eran ciertamente originales sino copias. Aún así, una pinacoteca formidable comparable hoy a alguna de las fabulosas colecciones de los Thyssen, Fritz, Getty… Pero regresemos a la obra de nuestro insigne personaje.

El lienzo, pintado antes del primero de sus viajes a Italia, posiblemente entre 1628 y 1629, de un tamaño medio (121 por 101 centímetros), y realizado sobre una previa Dolorosa, posiblemente una Virgen de la Soledad, se encuentra profusamente documentado: permaneció durante varios siglos en manos de los descendientes de don Sebastián García de la Huerta, en el pueblo de la Guardia, concretamente hasta el año de 1929, fecha en que era vendido al anticuario madrileño B. Marcos de León por la cantidad de 41.000 pesetas. Desde ese momento nuestro velázquez permanece en manos de sus actuales herederos residentes en Hispanoamérica. Su estado de conservación es bueno, por más que requiere de una restauración -sólo parecen haber sido limpiadas con antelación la cabeza y una de sus manos-. La obra necesita así de una afinada limpieza que devuelva al óleo sus colores originales, elimine ciertos repintes, y permita captar la técnica del artista sevillano en parte de la obra, como el bonete que toma con la mano derecha o los pliegues del traje negro. Y, como siempre en Velázquez, pistas de su autoría: la inacabada mano izquierda de nuestro hombre.

La obra, en opinión de Carmen Garrido, que ha detallado el meticuloso estudio del lienzo en la Pinacoteca Nacional de Munich, después recogido en la Revista Ars Magazine, se encuadraría dentro del estilo madrileño de Velázquez, una etapa de la que no se conocen más allá de unas diez telas, y cercana a los retratos de Felipe IV y del Infante Don Carlos (Museo del Prado). Con ellos tendría en común, entre otras circunstancias, la manera de los retratados de tomar con la mano los diferentes objetos: un papel, un guante y un bonete. Y asimismo, se nos documenta en el cuadro, la presencia de una mancha de albayalde alrededor de la cabeza de don Sebastián, habitualmente utilizada por Velázquez para iluminar a los personajes, así como su cercanía, en el tratamiento de los colores, con el uso de tierras rojizas con fuerte presencia de arcillas, óxidos de hierro y cuarzo, a Los Borrachos (Museo del Prado). Pocas estudiosos conocen mejor la obra del general artista que Carmen Garrido Recuerden, por ejemplo, el excelente trabajo, al lado de Jonathan Brown, con el expresivo título: La técnica de un genio. Para Carmen no había duda sobre la autoría: “Necesitábamos pruebas técnicas, pero en cuanto vi la obra supe que había salido de la paleta de Velázquez. Con una pincelada marca el horizonte, pero resuelve las cabezas y, sobre todo, las manos con unos cuantos brochazos. De lejos, la representación es compacta. De cerca, las formas se diluyen como un adelantado impresionista.”

En el ya lejano año de 1936 A. L. Mayer lo catalogaba ya como obra de la autoría de Velázquez, pero erraba en la persona retratada, al considerarlo un retrato de Juan de Fonseca, Sumiller de Cortina del Rey. En 1963, una hija de August Mayer, de nombre Angélica, reiteraba el mismo parecer de su padre. Ahora, y gracias a la pasión de Carmen Garrido, al frente del Gabinete de Documentación Técnica del Museo del Prado, hemos identificado de forma definitiva a nuestro egregio personaje: Sebastián García de la Huerta, poderosos secretario de la Santa Inquisición. La obra ha viajado, como hemos adelantado, al Instituto Max Doerner de Munich para su examen, estudio y catalogación. Lo que ya no se podrá documentar lamentablemente es otro retrato similar de Velázquez, en opinión de Carmen Garrido, y hoy tristemente perdido.

Pero hablábamos al comienzo del carácter alquimista de Velázquez. Alquimista por el modo, como un mago, de construir plásticamente el lienzo, pero alquimista también, por ser capaz hasta de alterar el sentido y la realidad física de las personas y las cosas. Velázquez retrata, ¡si lo piensan un momento!, a un represivo inquisidor, pero le atribuye simultáneamente su aspecto más humano. Eso sí, Don Sebastián García de la Huerta nos interpela, como hace aún con más intensidad el pintor sevillano en el cuadro del papa Inocencio X, con una inquietante mirada, propia, sin duda, de su cargo.

Pedro González-Trevijano

Catedrático de Derecho Constitucional

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