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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

[i]Tempestad[/i], de William Shakespeare: una parodia caótica

domingo 13 de enero de 2013, 13:47h
Actualizado el: 29 de agosto de 2016, 23:07h
El Teatro Español programa en sus Naves del Español-Matadero la versión de Sergio Peris-Mencheta de La tempestad shakespereana, tras su éxito en el Festival Fringe de Madrid. Música en directo y proyecciones audiovisuales acompañan a una adaptación que pone su énfasis en el humor.
Tempestad, de William Shakespeare
Adaptación: Sergio Peris-Mencheta
Director de escena: Sergio Peris-Mencheta
Escenografía: Sergio Peris-Mencheta
Intérpretes: Víctor Duplá, Quique Fernández, Antonio Galeano, Pepe Lorente, Xabier Murúa, Eduardo Ruiz, Agustín Sasián, Javier Tolosa
Lugar de representación: Naves de El Español-Matadero. Madrid

Por RAFAEL FUENTES

PIE DE FOTO Comienza la tempestad y los marineros del buque alcanzado por un rayo y arrojado contra los acantilados, se protegen…con paraguas. Es el tipo de humor con el que Sergio Peris-Mencheta se ha aproximado a La tempestad, última obra de William Shakespeare considerada su testamento ideológico y su adiós al teatro. Se trata de un acercamiento deliberada y metódicamente irreverente. En ese desenfadado trato con un texto tan consagrado, Peris-Mencheta recurre a las ya acreditadas técnicas de distanciamiento y desidentificación de Bertold Brecht. Están prácticamente todas: el teatro dentro del teatro, donde los actores preparan y discuten sus papeles. Asimismo la ruptura y multiplicación de un solo personaje en varios, como Ariel convertido en tres Arieles que se reparten el texto como en un trío musical. También la disociación de un mismo actor que ejecuta varios personajes, como Quique Fernández alternando el rol de Gonzalo, y el de Miranda, o Javier Tolosa el del salvaje Calibán a la que vez que el del rey de Nápoles, Alonso. O bien el desdoblamiento de las escenas, que aquí se logra con una cámara que duplica la acción escénica con su simultánea proyección en una gran pantalla o ciclorama al fondo del escenario.

Como es sabido, el propósito de Brecht al crear estos recursos de distanciamiento era favorecer la meditación crítica del espectador, rompiendo el hechizo de la representación. El objetivo principal de Sergio Peris-Mencheta parece en esta Tempestad muy otro. Esas fórmulas de distanciamiento están dirigidas más bien a provocar la carcajada del público. Son técnicas de distanciamiento humorísticas, tan insistentemente explotadas por el director que, en la práctica, convierten esta Tempestad básicamente en una parodia satírica de La tempestad shakespereana.

PIE DE FOTOUn planteamiento de estas características tiene a su favor desacralizar una pieza crucial donde Shakespeare medita sobre la naturaleza de la creación teatral, rompiendo con cualquier herencia de las edulcoradas y solemnes versiones palaciegas o las más arraigadas interpretaciones románticas de este epílogo de la dramaturgia isabelina. En el arranque de la obra Peris-Mencheta provoca las carcajadas del auditorio con soltura a través de las disputas de los actores ensayando distintas formas de interpretar a sus personajes. Destaca el desconcierto cómico de Gonzalo, encarnado por Quique Fernández, al que el director, Próspero, le impide pronunciar su célebre discurso sobre su República ideal. Mutilación del texto original sin duda muy pertinente porque, aquí y ahora, el sueño de un futuro idealizado choca con el pesimismo sobre el curso de nuestra propia sociedad y encaja a la perfección con la intencionalidad del propio Shakespeare que colocó esa optimista utopía al principio de un drama donde se hacían evidentes unas pasiones humanas incompatibles con cualquier ilusión idealista.

No menos cómica es la interpretación del único personaje femenino, Miranda, por un actor –de nuevo, el impecable Quique Fernández, a quien ya vimos lucir recientemente sus jóvenes destrezas en No somos ángeles, de María Caudevilla- , realizando una desternillante parodia de la hija de Próspero, a través de la cual se parodia asimismo toda una galería de personajes femeninos shakespereanos, desde Julieta hasta la Cordelia de El rey Lear o la Mariana de Medida por medida.

PIE DE FOTOTras este brillante comienzo cómico, la parodia de Peris-Mencheta se desmigaja. El poeta W.H. Auden sostenía que William Shakespeare había cruzado apuestas con Ben Jonson sobre si lograría mantener las célebres unidades de espacio y tiempo en La tempestad. Las mantuvo, sin duda, comprimiendo en cuatro horas y una isla una complejísima acción de multitud de personajes cuyos movimientos se tejen y entrecruzan con una precisión casi algebraica donde el autor de Hamlet lleva a cabo un alarde constructivo prodigioso. Ese alambicado tejido –un auténtico reto de orquestación para cualquier director de escena- se va desvaneciendo en el montaje de Mencheta hasta el punto de que la acción sería irreconocible para cualquier espectador que no conozca de antemano el drama. Destacan el cromatismo, las intervenciones musicales, los aromas exóticos que llegan al olfato del público y todo tipo de gangs cómicos a propósito del texto de Shakespeare que oscilan desde el agudo sarcasmo hasta el chiste fácil. Los golpes de humor se imponen sobre una acción dramática completamente deslavazada y casi irreconocible.

Esa preeminencia del humorismo del detalle se realiza, sin duda, a costa de sacrificar otros aspectos sobradamente conocidos de esta gran obra: la personalidad singular de cada personaje, la tormenta interior desencadenada en esos protagonistas, cuya sacudida interna rompe sus falsas ilusiones para que del desencanto nazca un verdadero conocimiento de sí mismo, el buque como metáfora de la sociedad al borde de la quiebra, la teatralidad de Próspero como metáfora de la existencia humana, entendida como una representación tan furiosa como fugaz…

Cabe pensar si es mucho lo que se sacrifica y naufraga en esta tempestad. Una Tempestad, pues, hecha a medida de quienes deseen divertirse a carcajadas con esta parodia solo después de haber conocido a fondo, antes, esta última voluntad de Shakespeare.
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