El espacio Vitra de Madrid acoge este miércoles la inauguración de una exposición en la que se ha propuesto poner en evidencia que piezas de mobiliario también pueden ser consideradas obras de arte mediante una exhibición de algunas de las obras de Ignacio Alcázar, artista obsesionado con el trato particular de los materiales y el uso insólito de conceptos tradicionalmente concebidos para otro marco. Tornillos, cronómetros, huellas de pasos, graffitis, glaciares, lava volcánica o pizarras conviven en armonía entre sus retratos desnarigados.
Este miércoles,
Ignacio Alcázar expone en el
espacio Vitra de Madrid (Marqués de Villamejor 5), en una muestra que podrá verse hasta el 31 de marzo con el propósito de demostrar que las piezas de mobiliario también pueden ser consideradas obras de arte. Alcánzar se presenta como un artista obsesionado con el trato particular de los materiales y el uso insólito de conceptos tradicionalmente concebidos para otro marco. Tornillos, cronómetros, huellas de pasos, graffitis, glaciares, lava volcánica o pizarras, conviven en armonía entre sus retratos desnarigados.
Vitra informa en una nota de prensa de que, aunque Alcánzar es arquitecto de formación, su interés por el arte le viene de su madre, la galerista Carmen Gamarra, una de las fundadoras de ARCO. Así, su obra se ve influida por Arroyo, Criado, Lamazares, Herrero, Nash o Caro.

Alcázar recorre un camino inverso. El punto de partida es el de llegada. La obra realizada por el artista nace del ambiente al que luego va a dotar de vida propia. Las piezas, que se inspiran en los
diseños industriales de los grandes maestros, van rodeando el mobiliario. Obra y muebles se funden en un concepto global y entran en fluida conversación.
El autor vuelve del revés su proceso de creación para conseguir lo desacostumbrado. La obra enmarca los
muebles y los ambientes se prolongan en la obra. La idea es remover la manera de pensar de quienes paseen por los espacios de Vitra, firma de muebles maestros.
Alcázar plasma una versión del Bosón de Higgs, la partícula que explica la presencia de la materia, en un
comedor de ambiente oriental, buscando una conexión con el universo. En un salón de línea urbana coloca un paseo fantasmal en el otoño de la ciudad. Huellas marcadas sobre las hojas invitan a seguir el camino de un cuadro sorprendente, en un formato desacostumbrado por su radical horizontalidad.

En otro de los espacios, dedicado a
zona de lectura, la lava de los volcanes convive con el deshielo de los glaciares en un brutal contraste. Se trata de cuatro ligeras estructuras móviles, colgadas directamente de la escayola, y que otorgan cierta sensación de suave movimiento que comparten con los Gran Repos de Antonio Citterio.
Los
tornillos, uno de los símbolos recurrentes en la obra de este artista, esta vez quedan plasmados sobre zinc. Y desde esa posición, charlan con las sillas en acero de la sala de juntas. Mientras, sobrevuelan moscas metálicas, otro tema muy español que Alcázar toma prestado de Arroyo.
Otro asunto de inspiración habitual para este artista es el del funambulista. La versión tridimensional cuelga del techo y dialoga con un reloj de Nelson sobre el espacio y el tiempo. En el salón, Alcázar cuelga una galería de sus retratos desnarigados.