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Un gran duelo dialéctico

[i]El crítico[/i], de Juan Mayorga: la contabilidad B de la vida

domingo 10 de febrero de 2013, 08:27h
La crisis no es un obstáculo para el talento. Un ejemplo es el estreno de esta pieza de uno de nuestros mejores actuales dramaturgos. Soberbia interpretación de Juanjo Puigcorbé, que vuelve a los escenarios tras veinte años, en una obra que reclama un teatro contra toda clase de falsificaciones.
Si supiera cantar, me salvaría. El crítico, de Juan Mayorga
Director de escena: Juan José Afonso
Escenografía y vestuario: Elisa Sanz
Intérpretes: Juanjo Puigcorbé, Pere Ponce
Lugar de representación: Teatro Marquina. Madrid

Por RAFAEL FUENTES

Los libros de contabilidad están en boga. Especialmente los que constatan las cifras de la contabilidad B, la del dinero en negro, que es el auténtico. Ya es casualidad que el crítico teatral de la obra de Juan Mayorga escriba sus artículos en el reverso de los libros de contabilidad de su madre, haciendo que sus palabras sean el contrapunto a páginas llenas de números. Es posible que, en parte, se trate de una autoironía, pues es conocido que Mayorga se licenció en Matemáticas además de en Filosofía, disciplinas aparentemente contrapuestas al teatro, aunque ese contrapunto no sea absoluto pues la esfera de los números incluye grandes dosis de fantasía y el ámbito teatral puede acoger una enorme cuantía de precisión y verdad. Está última faceta es la que está en juego en Si supiera cantar, me salvaría. El crítico.

Cuando al comienzo de la obra un autor dramático abandona la fiesta donde se celebra el éxito del estreno de su última pieza para presentarse en la casa del crítico que le ha hostigado desde el principio de su trayectoria profesional, más de un espectador puede pensar en un ajuste de cuentas del dramaturgo frente a quienes se arrogan el derecho de juzgar y evaluar las creaciones ajenas. Nada más lejos de la actitud de Mayorga. Desde sus inicios, el autor de El chico de la última fila o La paz perpetua consideró que la verdadera crítica teatral era una imprescindible colaboradora para articular ese debate colectivo que el buen teatro desencadena en la sociedad. Ahora, a través de este frontal cara a cara entre el autor y su crítico, explora en profundidad los entresijos de la necesidad de la valoración, es decir, la discriminación de lo auténtico frente a lo falso. Algo que desborda los límites del teatro y resulta crucial para la vida.



Por ello, el combate inclemente entre el dramaturgo Scarpa y el crítico Volodia, no es estéril. Más allá de la mutua voluntad de dominar e imponerse al otro, ambos confluyen en detectar el valor de lo auténtico. Dejándonos llevar por la sugestión de los escándalos de actualidad, el libro de cuentas en el que escribe sus críticas Volodia representaría la contabilidad B de la existencia, los sentimientos, heridas, miedos y derrotas ocultos y astutamente camuflados por las apariencias falsificadas de la contabilidad A, la mentira oficial, ya sea colectiva o personal.

Todos llevamos una contabilidad B de experiencias en negro, escondida bajo la máscara de las pequeñas farsas de la vida cotidiana. De ahí la necesidad, paradójica, de un teatro que suba a escena la verdad encubierta, para reconocerla frente a frente, para desenmascararla y poder mirarla a la cara. Tras una dura metamorfosis durante su combate dialéctico, el autor Scarpa comenzará, por ello, a escribir en el mismo reverso de las páginas de contabilidad en que escribe su aparente contrincante, pasándose así a las filas de un teatro de la veracidad.



Volodia, a su vez, es mucho más que la encarnación de una idea abstracta del crítico ecuánime: Mayorga ha creado con él un gran personaje, mucho más concreto en su individualidad y mucho más poliédrico en sus ilusiones y miedos, en sus destrezas y carencias. Desde niño le ha acompañado un excepcional olfato para intuir lo falso, lo que siembra el rencor en su entorno. Significativamente, su biblioteca no está organizada por orden alfabético, temático o cronológico. Su orden es jerárquico, el orden del valor y la excelencia de las obras, presididas por un pequeño retrato de Stendhal, añadido por el escenógrafo cuyo único reparo podría ser que quizá debería tener un tamaño mucho más grande. La cúspide de ese orden jerárquico la ocupa Shakespeare con su Rey Lear, seguido por La vida es sueño de Calderón. Detrás Antígona y Woyzeck. No son piezas colocadas siguiendo solo un canon, sino implicadas con la historia que se representa. En algún momento, señalan las cuatro esquinas de un ring donde boxean los dos púgiles emocionales del drama. Volodia es a su modo un misantrópico Segismundo encerrado en su torre, ahora tapizada de estanterías y libros, condenado como el héroe de La vida es sueño a discriminar perpetuamente entre la ilusión y la verdad. Lear, con su desengaño y desvalimiento ante la traición, sería una referencia tan valiosa como el espíritu de protesta encarnado por Woyzeck y Antígona. Lear, Segismundo, Antígona, Woyzeck son puñetazos emocionales que golpean en el interior: el sueño, el miedo, la mentira, la resistencia.

El rostro de Stendhal nos recuerda sus alegatos en defensa de la autenticidad en el teatro, frente a los dramas edulcorados que halagan los gustos preconcebidos del público. ¿Cómo olvidar sus ataques a las piezas pomposas y su propósito de “hablar con el severo lenguaje de la verdad”? El mismo que emplea Volodia, la misma impresión que nos llega del texto de Mayorga.



Dos antagonistas de ese calibre requieren dos intérpretes extraordinarios. En este sentido, el retorno de Juanjo Puigcorbé a las tablas después de un largo periplo audiovisual no ha podido ser más afortunado. Nunca un personaje tan grande le supera, insuflándole las dosis exactas de misantropía y pasión, silencio y furia, bajo la fría inteligencia y las ilusiones perdidas. Juan Mayorga ha arriesgado con una obra donde los diálogos se transforman en monólogos en los que la réplica no se realiza al instante. Juanjo Puigcorbé salva el reto con una técnica que no se trasparenta, escuchando a su contendiente, aguardando en escena sin borrarse en sus silencios con una naturalidad magistral. Pere Ponce resuelve con acierto el desafío, por más que las tensiones corporales le impidan a veces esa rotundidad y contundencia con la que Puigcorbé domina la escena.

La dirección de Juan José Afonso ha orquestado un movimiento escénico que transforma la refinada biblioteca de Volodia en un cuadrilátero donde tienen cabida los golpes y las pasiones primarias. Acierta cuando trunca los muros de esa torre-biblioteca claustrofóbica dejándola al cielo abierto, pues Volodia necesita desplegar las alas. La propia raíz de su nombre parece sugerírnoslo: volo: preferir, seleccionar, desear, pero, sobre todo, volar.

Indirectamente, Juan Mayorga ha ejercido de crítico teatral con su propia obra, denunciando en ella el teatro basado en “una ensalada de frases hechas”, confeccionada para enmascarar la realidad, a veces mediante la autocomplacencia, otras a través de un sermón preestablecido –fórmula de nuevo en auge-, que transforma el escenario en una arenga o en un púlpito. En este sentido, el teatro de Mayorga nunca defrauda pues es revelador y sorprende sin recursos estrafalarios, explora los conflictos sin traducirlos en una homilía. En el caso de Si supiera cantar, me salvaría. El crítico, la pugna más honda no procede de la lucha entre los dos protagonistas, sino del combate consigo mismos para detectar la frustración entre deseos irreales y el miedo al fracaso, lo que les inclina a hacerse trampas a sí mismos, autoengañarse y estafar a su propia existencia. Una estela de experiencias interiores por lo general relegadas a la oculta contabilidad B.

Cuando una veracidad así se pone ante los ojos del espectador, el teatro se convierte en un arte imprescindible y se impone a nuestra imaginación con una fuerza irresistible. Aquello que Stendhal denominaba como “esos deliciosos instantes de ilusión perfecta.”

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