El discurso sin método
domingo 10 de febrero de 2013, 19:26h
El acto de comunicar, de transmitir conocimientos, opiniones o sentimientos a un grupo más o menos numeroso de personas es uno de los milagros más maravillosos producidos gracias esa capacidad única de la especie humana que es el lenguaje. Así, la oratoria y el teatro son dos de las más excelsas plasmaciones del genio humano. Asistir a una interpretación de Macbeth o releer la Oración fúnebre de Pericles en la prosa de Tucídides son claros testimonios de lo acabado de referir. Sin necesidad de acudir o aspirar a tales cotas, no cabe duda de que hablar bien en público es una cualidad que todo hombre, toda sociedad en definitiva, debe potenciar y cultivar.
En este último aspecto, ha de constarse que en nuestro país parece lejos de cumplirse el desiderátum señalado. Así, el panorama español al respecto es francamente desolador. Comenzando por el ámbito público –campo propicio para la realización de los más altos logros oratorios- desde hace ya tiempo asistimos a un empobrecimiento del discurso y del lenguaje en algunos extremos preocupante, si bien no faltan, con todo, honrosas excepciones. El empleo masivo del texto leído–por lo demás, no exento con demasiada frecuencia de errores- es sin duda alguna la lacra más extendida en nuestra res publica, un texto –no notas- utilizado, si se permite la licencia, hasta para dar los buenos días. La tónica cultural en la sociedad española bien puede explicar este fenómeno, aunque como factor propiamente político no cabe olvidar la disciplina de partido, alzaprimada en nuestro sistema, como principal causante del miedo escénico que asola a muchos miembros de la clase política cuando han de tomar la palabra. Ello unido a una prensa cada vez más despreocupada del fondo, atenta casi en exclusiva a los aspectos más sensacionalistas del discurso político, y presta, por tanto, a hacer objeto de crítica todo aquello que se aparte, siquiera mínimamente, de los estrechos cauces de lo políticamente correcto.
Pero, frente a lo que pudiera creerse, el sector profesional privado no es inmune a la enfermedad descrita, sino que, por el contrario, los efectos de ésta aparecen agudizados cuando nos referimos a aquél. Así, con mejor envoltorio –como suele suceder en muchos otros aspectos en su comparación con el ámbito público- un sucedáneo del discurso leído es empleado hasta la saciedad. Nos referimos, claro es, al celebérrimo power point. Acudir a una a priori interesante conferencia para contemplar cómo el supuesto conferenciante aprieta cadencialmente un botón y lee lo que ya puede leer uno mismo en pantalla es un espectáculo que –les confieso- nunca dejará de asombrarme. La explotación de las infinitas posibilidades de las nuevas tecnologías no ha de hacerse a costa de empobrecer aún más el maltrecho lenguaje expositivo.
La cuestión, como no podía ser de otro modo, tiene una base cultural y educativa evidente. La vertiginosa expansión de las comunicaciones telemáticas en nuestros días es un factor explicativo de primer orden. WhatsApp, sms, twitter, facebook tienen como envés de su formidable capacidad de intercomunicación el deterioro, la cretinización de la expresión escrita y oral hasta hacer sencillamente irreconocible el castellano. Por otra parte, y en relación con ello, el déficit lector, apabullante en España, es otra de las causas principales de la pobreza del lenguaje hablado. Se lee poco y lo que se lee se lee mal. Es sorprendente encontrar numerosos alumnos universitarios que no obtienen los resultados académicos deseables sencillamente porque no saben leer correctamente y, por tanto, la comprensión de una materia ya de por sí compleja, se les hace difícil, cuando no imposible.
Calificar lo aquí abordado como una cuestión de emergencia nacional es seguramente algo exagerado, pero no es menos cierto que las perspectivas futuras no son nada halagüeñas. Se hace necesario un auténtico golpe de timón en este asunto. Un factor que ayuda a explicar el fenómeno descrito y nuestra peor posición respecto a otros países de nuestro entorno es la absoluta desatención que el mismo tiene en el sistema educativo español. Ello contrasta con países como Gran Bretaña o Estados Unidos en donde desde pequeños los alumnos son invitados –compelidos académicamente hablando- a hablar en público y en los que la interpretación teatral es una parte de la formación educativa así como la preparación e intervención en debates sobre las más variadas cuestiones.
Se habla mejor cuanto mejor se piensa y se piensa mejor cuanto mejor se habla. Razón más que suficiente para que en España se comience a tomar en serio esta cuestión.