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Memorias y franquismo

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 22 de febrero de 2013, 21:22h
La segunda mitad de los años cuarenta asistió a la primera gran oleada de la literatura memorialística de índole política del siglo XX español. En el lustro l945-50, asentado definitivamente el franquismo, aparecieron, en efecto, los recuerdos de Alejandro Lerroux, Dámaso Berenguer, la segunda entrega de los de Romanones y la primera del otrora “Cuñadísimo”. Precisamente respecto de éstas afirmó, rotundo e injusto, D. Eugenio D ´Ors: “Las únicas Memorias personales de hombre político que se leen con interés son, entre los contemporáneos, las de Serrano Suñer. Todo lo demás nos resulta, cuando no aburrido, infecto”.

Es muy probable que en esta ya no oleada sino avalancha incontenible de textos de remembranzas y evocaciones salidos de la pluma de los gobernantes de finales de la pasada centuria casi todos recibieran la misma áspera calificación de Xenius. Desde luego, el recién publicado de D. José Bono no se incluiría entre sus posibles excepciones. Sin embargo, entre sus pasajes más interesantes –que libro tan extenso tiene, indiscutiblemente- figura uno relacionado con el propio D. Ramón muy revelador del personaje y su época –murió valetudinario, conforme se sabe. “Regreso (de Barcelona, 23-XI-1996) en el mismo avión en que viajan Adolfo Suárez y los escritores Pedro Laín Entralgo y Julián Marías. Pregunto a Laín si ha leído el libro del cuñado de Franco, Ramón Serrano Súñer, Política de España, 1936-1975, y contesta “No lo he leído, conozco bien al autor y no me interesa lo que haya escrito.” (Les voy a contar. Diarios, I. Barcelona, 2012, p. 553).

Sabido es a tal propósito cómo Serrano Suñer y Laín se disputaron ahíncadamente la primacía en su amistad incondicional con Dionisio Ridruejo. En tan reñido y cordial duelo quizá saliera victorioso el poderoso valedor de ambos en la Salamanca y el Burgos de la guerra civil. Después, en la larga dictadura, el estrecho contacto con Ridruejo continuó adunando la vinculación del autor de Entre Hendaya y Gibraltar y el de Descargo de conciencia, en el que se insertan varios testimonios de lo indicado. Muerto el poeta y político soriano –junio 1975-, la relación debió decaer y aflojarse, aunque lentamente. Poco antes de verificarse la entrevista de Bono con el egregio humanista turolense, en uno de los más concurridos seminarios de los Cursos de la Universidad de Verano de El Escorial, Serrano se hizo acompañar en su intervención-estrella –inteligente apología pro domo sua- sobre la contienda civil por Laín y algunos de los supérstites del aparato de propaganda franquista de aquel tiempo, con renitencia bien expresiva de algunos de ellos, entre los que se contó el propio autor de Medicina e Historia. De ahí, tal vez, arrancara el distanciamiento tan elocuentemente manifestado en el texto del antiguo dirigente de Castilla-La Mancha, ministro de Defensa y presidente de las Cortes españolas.

Tal página de la primera entrega de sus Memorias desborda con todo la lección o mensaje de dicho episodio para adentrarse en una parcela más sustantiva historiográfica y doctrinalmente. Aparte de señalar muy nítidamente algunas de las muchas limitaciones de la llamada “historia inmediata o del tiempo presente”, hace ver con igual patencia el carácter eminentemente destructor de las relaciones de poder en días de extrema tensión ideológica y de los clanes tejidos a su sombra. En concreto, las líneas trascritas de uno de los libros colocados en puestos elevados del ranking bibliográfico de los meses iniciales del 2013 descubren, por último, que aún son numerosos e importantes los temas concernientes al conflicto fratricida de 1936 necesitados de esclarecimiento o profundización.
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