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Maestros en la picota

José María Herrera
sábado 23 de marzo de 2013, 19:21h
No sé quién fue el primero que tuvo la ocurrencia de reunir en un libro las meteduras de pata de los alumnos en los exámenes, pero reconozcamos que fue una buena idea. Las antologías del disparate no fallan nunca. “Los cuatro evangelistas eran tres: San Pedro y San Pablo”, “Machado fue un poeta granadino que nació en Sevilla”, “Quevedo era cojo, pero de un solo pie”, “el flamenco es un ave que vive en aguas fandangosas”, “la soberbia es un apetito desordenado de comer y beber que se corrige practicando la lujuria”, etc. Aunque el género se ha extendido a todos los ámbitos y hay antologías basadas en las declaraciones de políticos, famosos o periodistas, creo que nunca hasta ahora se había publicado una cuya fuente fueran los patinazos de los maestros.

El autor del trabajo es la inspección educativa de la comunidad de Madrid y el material procede de los ejercicios de la oposición convocada en 2011. El ochenta y seis por ciento de los aspirantes (más de catorce mil personas) suspendieron la llamada “prueba de conocimiento”. Los conocimientos en cuestión son los mismos que muchos imparten ya en su condición de interinos y otros, los aspirantes, impartirían caso de aprobar la oposición. Se trata del bagaje normal de un niño de doce años. Los sindicatos de clase han puesto el grito en el cielo. Por lo visto es indignante que se descubra que los maestros carecen de la cultura general exigida en cualquier examen a policía o bombero. Que sólo el treinta y ocho por ciento de los candidatos sitúe Ávila y Pamplona en el mapa, que sólo el siete logre completar una tabla de equivalencias en el sistema métrico decimal, que el sesenta y ocho por ciento no pueda definir escrúpulo o pronóstico, no es, según aquellos, para abochornarse. Lejos de preocuparse de que miles de jóvenes maestros hayan caído en una rutina alucinante de falta de exigencia intelectual, los portavoces sindicales aseguran con la misma retórica de aparato de siempre que la noticia se ha filtrado para acabar alevosamente con los interinos. Los lectores no deben olvidar que esta gente presume al mismo tiempo de defender la escuela pública y de encabezar las protestas contra los recortes en investigación.

Los españoles de a pie hemos leído los disparates de los maestros aspirantes entre estremecimientos espasmódicos y ganas de salir corriendo. El punto más bajo ha llegado con la respuesta a un problema en el que hay que calcular el montante de las fundas de unas gafas restando del total de una factura el precio de éstas. Con el desenfado de alguien que no lleva nada bajo la gabardina, un opositor ha contestado que las fundas se regalan siempre. “A mí me van a pillar”, parece que pensó el tipo demostrando una gran presencia de ánimo. A uno no le extraña que alguien pueda fallar una pregunta como esa, sino que tenga cabida en un examen para maestro vitalicio. Naturalmente, las expectativas de los ciudadanos sobre lo que saben hacer estos han caído por debajo del ibex y la maniobra de distracción sindical según la cual detrás de la filtración de la noticia hay una mano negra interesada en destruir la enseñanza pública no ha convencido a nadie. Como con Bárcenas, los chanchullos nacionalistas o los eres andaluces, importa el hecho bruto y el hecho bruto es que los candidatos a educar a nuestros hijos están pegadísimos. No es que carezcan de habilidades pedagógicas, como proclaman con la indecencia que les caracteriza los pedagogos encargados de instruirlos (repasen mi artículo “Cuestión de educación” http://www.elimparcial.es//cuestion-de-educacion-finlandia-y-espana-118379.html), es que la mayoría de ellos tampoco parece que tengan nada que enseñar. ¿Qué se aprende entonces en las escuelas de magisterio?, ¿confirma todo esto la sospecha de que la pedagogía es un saber cuyos efectos son parecidos a los de recibir un golpe en la cabeza o ser objeto de una liposucción cerebral?

Llevamos veinte años oyendo hablar a los progresistas de que hay que abolir el sistema de oposiciones (un sistema que hace sufrir a la gente), pero resulta que a ellas se presentan miles de personas que creen que el pollo es un mamífero y que extasiar es agobiar a alguien o dejarlo sin aliento. ¿Podemos entregar la educación de nuestros hijos a gente que desconoce este tipo de cosas? Según los sindicatos y la izquierda más casposa parece que sí. La defensa de los sagrados derechos de los interinos se antepone a todo igual que el derecho del banco se antepone a los del cliente que contrata una hipoteca o el derecho a una jubilación millonaria de los ejecutivos de las cajas de ahorro se antepuso a la viabilidad económica de estas. Tal y como han denunciado reiterada e inútilmente los sindicatos profesionales de profesores de instituto, el giro pedagógico de la enseñanza ha degradado nuestro sistema educativo público hasta el punto de que no es necesario que los que tienen que enseñar sepan nada. Prueba de lo que se ha avanzado en este sentido es que, a efectos económicos y de categoría, entre un maestro que no sabe pasar de kilos a gramos y un catedrático de matemáticas de instituto ya no existe apenas diferencia. Lo que a mí todavía me asombra es que la gente no haya caído en la cuenta de que los mismos mediocres que han llevado el país a la bancarrota política, moral y económica son los que han organizado nefastamente todo lo demás.
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