Obama en Tierra Santa (I)
lunes 25 de marzo de 2013, 18:58h
Acaba de terminar una semana espectacular en el escenario de Israel, tal y como adelantábamos en esta columna de El Imparcial hace algunos días.
Lo que ha ido sucediendo durante la visita de Estado cursada por Barack Obama ha desbordado, sin embargo, las previsiones que se anticiparon a la realización del viaje de un presidente que, por el momento, es el estadista más poderoso que habita en el planeta Tierra.
Cuando se reconstruye la escenificación de la visita de Obama a Israel en sus tres días de duración -entonces, y, solo, entonces- se pone de relieve la prefabricación del acto en su totalidad; lo que no excluye de ninguna manera la eclosión de algunos incidentes repentinos en la región, como el supuesto recurso a las armas químicas por parte de las tropas del régimen de Assad, o bien por parte de las milicias que integran el frente nacional de resistencia al gobierno de Damasco. La espontaneidad y lo imprevisible también forman parte de la Historia.
Recuérdese que Obama solo había visitado Tierra Santa en 2008, cuando se fraguaba su candidatura a la cabeza del partido demócrata. Una vez elegido presidente, es bien conocida su reticencia sistemática hacia el gobierno de coalición likudí (o centro-derecha, como diríamos en nuestros pagos hispanos) encabezado por Benjamín Netanyahu. La orientación expansionista que Netanyahu imprimió a la política israelí en el flanco occidental del río Jordán, y el ostracismo simultáneo a que sometió el territorio y la población de Gaza no hicieron sino socavar el horizonte de un ideal justiciero (dos Estados en un solo país) diseminado por amplios sectores de la opinión internacional, con el respaldo -no se olvide- de las resoluciones emitidas por Naciones Unidas a partir de 1967.
Hemos comentado en alguna que otra ocasión que, no obstante la voluntad de distanciamiento que la administración de Obama ha practicado en ciertos conflictos que se han producido en el norte de África (Túnez), en un país bisagra por excelencia (Egipto) y en Siria desde hace dos años, esa voluntad no le ha hecho impermeable a las turbulencias que vienen vapuleando tanto el Magreb como el Oriente musulmán.
Ahora bien, el ejercicio diplomático que ejecuta el presidente en la región tiene un precio: no poder contentar todo el tiempo, simultánea o sucesivamente, a un bando y a su contrario. Así ha ocurrido, de nuevo, en la visita de Estado que acaba de concluir el presidente de Estados Unidos, que ha disgustado más a los palestinos. A título generoso y compensatorio, Obama ha concluido su incursión en Oriente Próximo en el vecino reino de Jordania, para complacer precisamente a los sectores árabes dialogantes.
Desde el aterrizaje de Obama en el aeropuerto internacional Ben Gurión el 20 de marzo, hasta su regreso a Estados Unidos cuatro días más tarde, lo que podría haber pasado a engrosar las calendas políticas y protocolarias del presidente con carácter trivial, de oficio al menos, ha constituido, sin embargo, un acontecimiento mayor en el círculo de tiza diplomático. Piénsese, si no, en la fecha del 20 de marzo. Fue entonces, y hace diez años, cuando las cancillerías de Washington y Londres desataron la guerra contra un Iraq que presidía Sadam Hussein. Se trató de una guerra que en cinco semanas dio al traste con el régimen de Bagdad, aunque la celeridad con que se ejecutó la operación bélica se viese contrarrestada por un aforismo muy difundido desde la Antigüedad: ocupar un país extranjero no es tan arriesgado como controlarlo una vez invadido. A esto procede apostillar que la más empecinada de las pruebas, en caso de entrar, reside en lograr salir del país invadido con un mínimo de costes materiales y pérdidas humanas.
Veamos. Ha circulado recientemente en varios medios de alcance internacional la noticia de que Stephen J. Hadley, asesor de peso cerca del gabinete de George Bush (II) durante la primavera de 2003, ha reconocido en público el planteamiento torpe que condujo a los Aliados a emprender la guerra contra Iraq hace diez años ahora. Ninguno de ellos previó, en suma, las consecuencias a medio plazo de una victoria militar que se ha demostrado realmente pírrica, al cabo del tiempo. De ahí que la belicosa decisión anglosajona de hace una década contraste ahora con la cautela que, si no en Afganistán, sí viene marcando, por el momento, la conducta estadounidense en Libia y Siria. Este último viaje del presidente americano se desplegó con una carga simbólica premeditada, que pasamos a evocar. Si se escrutan todos los detalles de la visita de marras, da la impresión final de que se proyectó realzar la inveterada amistad norteamericano-israelí, pero contrarrestada con frecuencia. No hay balanza de poderes sin equilibrio diplomático. Véase como exponente de ello el discurso a los jóvenes israelíes que Obama pronunció en Jerusalén; aunque sin dejar de visitar, previamente, Ramala de la mano de Mahmud Abbas, presidente de la maltrecha Autoridad Nacional Palestina -o lo que queda de ella en el flanco occidental del río Jordán colonizado por impostura de Tel Aviv-.
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Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
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