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RESEÑA

Tzvetan Todorov: Elogio de lo cotidiano. Ensayo sobre la pintura holandesa del siglo XVII

domingo 07 de abril de 2013, 13:35h
Tzvetan Todorov: Elogio de lo cotidiano. Ensayo sobre la pintura holandesa del siglo XVII. Traducción de Noemí Sobregués. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Barcelona, 2013. 128 páginas. 22 €
Galaxia Gutenberg ha adquirido la agradable costumbre de publicar todos los años un ensayo de Tzvetan Todorov. Viene siendo así, que yo sepa, desde el año 2006, fecha de lanzamiento del Elogio del individuo. Recuerdo con nostalgia el placer que me proporcionó aquel libro, un análisis amenísimo del retrato en la pintura flamenca del siglo XV. Tomando como punto de partida varios de esos retratos, Todorov mostraba la revolución en la concepción del individuo que se produjo durante el Renacimiento y por cuya causa dejó de ser cierto aquello de que “el mundo y los hombres sólo existen porque Dios los mira”.

La obra recién publicada es también un elogio, Elogio de lo cotidiano. Volvemos a encontrarnos en los Países Bajos, pero esta vez no en el siglo XV, sino en el XVII. Una nueva revolución se está produciendo en Europa y sus efectos se dejan sentir en la pintura. Mientras que el arte de tipo italiano se caracterizaba por someterse a las exigencias de la belleza, el arte flamenco y, en particular, la pintura holandesa del XVII mostró una preocupación creciente por representar lo real tal y como lo experimentamos en la vida cotidiana. El resultado fue una producción muy notable (el más destacado de esos creadores fue, sin duda, Vermeer) que constituye, además, un rico testimonio de cómo era entonces la existencia de los hombres.

Frans Hals, Judith Leyster, Gerard Ter Borch, Jan Steen, Gabriel Metsu, Pieter de Hooch, y, por supuesto, Rembrandt o Vermeer, creían que la belleza puede hallarse en el objeto o el gesto más insignificante. Basta para descubrirla con abrir los ojos. Todorov demuestra que esa apertura depende en gran medida de que el artista sepa situarse ante las cosas sin pretensiones morales. “La pintura holandesa –escribe- no niega las virtudes y los vicios, pero los trasciende en alegría ante la existencia del mundo”. Esto no significa que no haya también en ella cierto espíritu crítico -la reivindicación de Metsu de la mujer en cuanto víctima de maquinaciones masculinas, la denuncia de la miseria en los cuadros de Ter Borch, etc.,- pero siempre en un tono irónico, sin patetismos de ninguna clase.

Todorov es un cicerone estupendo. Sabe penetrar en un cuadro con un breve comentario. La fontanería de las obras no le interesa en absoluto y, por eso, prescinde completamente de la jerga académica. En cambio, jamás se resiste a explicarnos cuál es el significado alegórico de una zapatilla suelta, un perro ladrando o acostado en un cojín o la pintura dentro de la pintura de una tempestad en el mar. Muchos de estos detalles tienen la virtud de deshacer prejuicios arraigados, ofreciéndonos una imagen de la sociedad de la época muy diferente de la que circula en las revistillas. El resultado es que el libro se lee de un tirón, gozosamente, y que es difícil impugnar la tesis del autor según la cual hay momentos afortunados en los que la humanidad se enriquece con una nueva visión de sí misma, momentos que “se reconocen desde fuera porque en ellos hasta los pintores de mediano talento hacen obras maestras”.

Por José María Herrera
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