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PASADO Y PRESENTE DE KAFKA

[i]Kafka enamorado[/i], de Luis Araújo: las entrañas de una leyenda

domingo 21 de abril de 2013, 08:06h
Dentro del ciclo “De la novela al teatro”, que se propone en la última etapa del Centro Dramático Nacional (CDN), su director Ernesto Caballero ha tenido el incontrovertible acierto de hacer trabajar juntos al dramaturgo Luis Araújo y al director de escena José Pascual, en torno a la figura de Franz Kafka en un espectáculo que habla tanto del pasado como nos estremece por su conexión con el presente.
Kafka enamorado, de Luis Araújo
Director de escena: José Pascual
Escenografía: Alicia Blas Brunel
Iluminación: Pilar Velasco
Intérpretes: Beatriz Argüello, Jesús Noguero y Chema Ruiz
Lugar de representación: Teatro María Guerrero Madrid

Por RAFAEL FUENTES



Con Kafka enamorado la ya larga trayectoria del dramaturgo Luis Araújo alcanza un nuevo grado de madurez donde la complejidad de nuestro mundo se expresa de un modo sencillo sin simplificarse. Porque Kafka enamorado se refiere, obviamente, a un episodio central en la biografía del atormentado y genial novelista de Praga, pero también –a través de él- a nuestro más inmediato presente. La obra de Araújo se inscribe dentro del ciclo De la novela al teatro, auspiciado por Ernesto Caballero en el Centro Dramático Nacional (CDN), y cabría por ello objetar que no se trata de un drama inspirado estrictamente en una novela llevada a escena –solo hay alusiones a los relatos kafkianos-, sino de una pieza sustentada en la vida del propio Kafka, guiándose por su copiosa correspondencia con Felice Bauer, mediante la cual somos testigos del nacimiento de su pasión amorosa, su tortuoso y lacerante desarrollo y su estremecedor colapso. No es una novela, sin duda, su punto de partida. Pero el enigmático Kafka ha pasado a estar por encima de su propia biografía. En sí mismo ha alcanzado la categoría de un personaje emblemático, una leyenda occidental, uno de los grandes mitos profanos contemporáneos que nos interpela desde lo más profundo de nosotros mismos. Y Luis Araújo ha sabido entrar en el laberinto de ese relato protagonizado por ese personaje mítico que ya es Kafka para ilustrar un pulso perfectamente vivo en el instante que atravesamos hoy.

Al conocerse en la casa de Max Brod, en agosto de 1912, Franz y Felice pertenecen a un mundo que se tambalea y se resquebraja, que ya está condenado a desmoronarse trágicamente aunque se vivan las últimas esperanzas inútiles para mantenerlo en pie. Quedan dos años para el comienzo de la Primera Guerra Mundial, poco más de un lustro para el derrumbe del imperio austrohúngaro donde se inserta Praga, etapa incierta donde la ilusión por evitar la hecatombe se entrecruza con los presentimientos más siniestros. A Felice Bauer y Franz Kafka les une la cultura judía, la esperanza sionista, el espejismo de un viaje conjunto a Palestina, y, también, la atracción de los contrarios. Ante ese universo sentenciado en que ambos se encuentran, Felice simboliza la reacción técnica y comercial, la fe en la voluntad práctica, el trabajo como directiva en una firma comercial de Berlín, los negocios y la salvación por la actividad económica. Su historia, por cierto, ha sobrevivido gracias a esas cualidades que la hicieron incompatible con el amor de Kafka: pocos años antes de morir, Felice Bauer vendió, en 1955, la copiosa correspondencia que había recibido del autor de La metamorfosis, arrojando así una insospechada luz sobre la oscura historia privada entre ellos.



En ese mismo universo político condenado a la extinción histórica, Kafka encarna, por el contrario, una expiación. Dos actitudes que volvemos a hallar hoy mismo, aquí y ahora. El encuentro de Kafka con Felice causa en él una extraordinaria agitación, le escribe cartas a diario, al mismo tiempo que su obra recibe un latigazo creativo formidable. Acaba de publicar Contemplación, trabajosamente compuesto entre grandes dudas, pero ahora escribe de un solo vigoroso tirón El proceso, donde instaura su propio estilo, avanza en América, y en un breve alto, compone La metamorfosis. Estremecedoras pesadillas que trascienden la órbita personal para ser una grotesca y saturnal profecía del destino colectivo, muy lejos de la fe en la actividad enérgica de Felice.

Luis Araújo ha orquestado con soberbia destreza este material, recreando en una vertiginosa hora el pulso entre el amor y el choque de la legendaria pareja, el frustrado intento de imponer las contrapuestas ilusiones del uno hacia el otro, los recursos solapados de dominio mutuo, el desencuentro y la ceguera última del uno respecto al otro. Un texto de ritmo implacable, al que el director de escena José Pascual –ya logró recientemente algo similar con La anarquista, de David Mamet- imprime un dinamismo cuya velocidad no cae en la precipitación, ya que su dirección de actores evita cualquier automatismo y hace que los personajes se escuchen verdaderamente en escena. El excelente minimalismo abstracto de la escenografía de Alicia Blas Brunel logra que cualquier escenario donde se encuentren los protagonistas nos evoque el recinto de una cárcel –quizá, incluso, un metafórico campo de exterminio-, con unos esperanzadores ventanales en el trasfondo que ellos nunca llegan a alcanzar, quedándose siempre en el claustrofóbico espacio que los apresa entre los barrotes y el público.



Beatriz Argüello, en el papel de Felice, dota a su personaje de una luminosa vitalidad, un optimismo difícil de derrotar y una energía desde la que le resulta imposible, pese al amor, entender el abismo cada vez más profundo que representa Kafka. Jesús Noguero interpreta con brillantez la tortuosa duplicidad del mítico autor: su desvalimiento y su dureza, su patológico aislamiento, y su visionaria comprensión de la vida, su despiadado amor.

Conviene recordar siempre, a propósito de estas íntimas confrontaciones, el entomológico análisis que Vladimir Nabokov realizó sobre La metamorfosis. Una lectura popular tiende a ver en este relato a una sociedad que desprecia a alguien valioso que acaba viéndose a sí mismo como una cucaracha. Nabokov, especialista en la materia, demostró que no se trataba de una cucaracha sino de un escarabajo. Al lector puede producirle una repulsión similar, pero no es lo mismo. Franz Kafka se documentó minuciosamente sobre la fisiología del escarabajo y también sobre su carácter sagrado vinculado con el sol. Sin explorar esa dimensión sagrada, Nabokov concluía con admirable precisión: “La familia Samsa alrededor del fantástico insecto no es otra cosa que la mediocridad alrededor del genio.” Las creencias religiosas más primitivas lo confirman. En Egipto, el adorado escarabajo significaba: “metamorfosis”, y recogía la convicción mítica de que no necesitaba hembra para reproducirse. Su semen sobre la pelota de estiércol le permitía reproducirse desde la nada, convirtiéndolo en sagrado.

Al elegirlo, Kafka muestra una enorme dureza contra sí mismo y, a la vez, un encumbramiento idólatra. Desea a la mujer, pero como aquellos que considera sus hermanos de sangre, Gustave Flaubert y Heinrich von Kliest , juzgaba sagrado no ceder un ápice de su autosuficiencia como creador. Felice Bauer no podía atisbar apenas un milímetro de esa sima mental. Luis Araújo la expone de un modo trepidante ante nuestros asombrados ojos.
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