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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

El lector de Romeo y Julieta, de José Luis Sáiz y Magda Labarga: Shakespeare en nuestro salón

domingo 12 de mayo de 2013, 15:13h
El lector de Romeo y Julieta, de José Luis Sáiz y Magda Labarga
Directora de escena: Magda Labarga
Intérprete: José Luis Sáiz
Iluminación: Alejandro de Torres
Lugar de representación: Sexto Derecha. Madrid

Por RAFAEL FUENTES


La fiscalidad del Gobierno está causando auténticos estragos en la vida teatral, que comienza a retirarse a ámbitos privados, cuando la actividad escénica es por esencia pública al mostrar a la colectividad conflictos radicales que la ciudadanía debe conocer y valorar. El espacio escénico de “El lector de Romeo y Julieta” es un ejemplo prototípico de ese retiro forzado, al representarse en el domicilio privado del actor que la protagoniza, José Luis Sáiz, cuyo apartamento se transforma durante una hora al día, por efecto de la magia teatral, en una sala pública.

Es cierto que su emplazamiento no puede encarnar de forma más emblemática la nueva situación del arte escénico en España. Situado en el Madrid de los Austrias, a escasa distancia del antiguo Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, donde estudiaron o dieron clase, entre otros, Calderón de la Barca, Moratín, Alberto Lista, Víctor Hugo, Mariano José de Larra, Echegaray, Jacinto Benavente, o los hermanos Machado, desde el apartamento teatral del “Sexto Derecha” se vislumbra, a la vez, el contiguo Rastro, con su escombrera de objetos desechados y arrojados a un mercado insólito. Ese territorio, el Rastro, que Ramón Gómez de la Serna calificase como “un sitio en el que poder tirar todo”. La realidad con frecuencia nos ofrece las metáforas más contundentes: pareciera que el teatro en nuestro país hubiera iniciado un melancólico paseo desde uno al otro lugar.



Al hablar de este inicio de repliegue a lo privado, no debemos entenderlo en esa dialéctica política entre el teatro producido con inversión pública o mediante capital privado, sino simplemente como una retirada a la subsistencia más elemental que correrá el riesgo en los próximos años – si no se reacciona-, de sumergir gran parte de nuestro arte dramático en un aislamiento inaceptable. Son muchas las iniciativas teatrales que recurren a esta fórmula domiciliaria. En su socorro moral se menciona el ejemplo del dramaturgo y director argentino Claudio Tolcachir que en tiempos del “corralito” puso en marcha en Buenos Aires su compañía Timbre 4 en un apartamento vecino a su casa.

En verdad, el Barrio de los Austrias ya conoció desde la época romántica recursos similares en épocas de parecida adversidad. En su novela “Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox”, Pío Baroja nos da un retrato vivaz de la degradación popular de estos domicilios-teatro, al mismo tiempo que su domicilio familiar de la calle Mendizábal ofreció, en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, una versión egregia de este modo de resistencia con su célebre teatro “El Mirlo Blanco”, donde se estrenaron dramas tan capitales como “Adiós a la bohemia”, del propio Baroja, o “Los cuernos de don Friolera”, de Ramón del Valle-Inclán. Otro tanto sucedería en la casa granadina de Federico García Lorca a comienzos de la misma década, con obras de guiñol donde García Lorca colaboraba con Manuel de Falla. Pero son ejemplos en los que finalmente el teatro de ámbito familiar acabaría conquistando la gran escena.

“El lector de Romeo y Julieta” es una pieza que se interroga sobre un personaje secundario en esta primera tragedia de Shakespeare para acercarla a los conflictos políticos experimentados en el más inmediato presente. En este texto, creado por José Luis Sáiz y Magda Labarga, todo se aproxima a la idea de “teatro fronterizo” propuesta por José Sanchis Sinisterra, incluyendo la elección como protagonista de ese oscuro fray Lorenzo que en la Verona shakespereana casa en secreto a Romeo con Julieta y proporciona a ésta el bebedizo que la hará pasar por muerta tras sus esponsales. Un personaje accesorio, instrumental, inadvertido para millones de espectadores tras siglos de representaciones de la obra de Shakespeare, que se extrae como un fantasma de la noche de los tiempos para someterlo al juicio de una conciencia moderna.



Verona estaba dividida en dos partidos político-familiares –primer toque de atención a la analogía con el bipartidismo del presente-, cuyo odio trasnochado se remonta a épocas e intereses que todos han comenzado a olvidar. El amor juvenil de Romeo y Julieta puede ser la energía renovadora que conjure de una vez por todas esa inquina política anacrónica. El lector acorrala al franciscano fray Lorenzo para interpelarle sobre su responsabilidad criminal en que esa reconciliación se malogre y desemboque en una tragedia que alimenta aún más la ira entre los partidos rivales.

Por momentos, parece que el drama se desliza hacia un anticlerical ataque contra la vigorosa voluntad de poder eclesiástico escondida bajo un hábito franciscano. Sin embargo, finalmente, su desenlace se encauza hacia conclusiones análogas a las que señalase el poeta W. H. Auden en una de sus agudas conferencias sobre Shakespeare: “Fray Lorenzo y el Ama –nos dice- guardan relación entre sí, pues ambos son responsables de la tragedia final. El fraile cree conocer la voluntad de Dios y prepara la boda secreta; quiere interpretar el papel de Dios entre bastidores. Pero es cobarde, tiene miedo de lo que pueda pasar y acaba huyendo.”



El drama de José Luis Sáiz y Magda Labarga saca, en efecto, a fray Lorenzo de entre bambalinas para iluminarlo a la luz de su responsabilidad y su culpa embozada. La conjunción de soberbia y de miedo puede frustrar el acuerdo y la comprensión que cicatricen viejos rencores, parecen decirnos sin quitar la mirada de las peripecias del ámbito político de hoy. Inversamente, las soluciones solo llegarán cuando la vieja política se despoje con humildad de su secreto horror a las trasformaciones.

Sáiz trabaja como el clásico bululú, que interpreta en una sola persona a los innumerables personajes de la tragedia isabelina, incluyendo al lector-juez que desembocará en un final aleccionador. Un trabajo riguroso, difícil, bien resuelto, cuyo hechizo invoca durante una apasionada hora el tiempo mítico de Shakespeare en el salón de un apartamento en el Madrid de los Austrias. Un sortilegio gratificante, una llamada a la reflexión crítica. Cuando se acorrala al arte, es capaz de desprender estos brillantes destellos. Pero cuidémosnos de que esa encerrona no concluya en asedio o simple estrangulamiento.
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