El Centro Dramático Nacional (CDN) continúa con su estrategia de potenciar a los autores españoles contemporáneos con puestas en escena espectaculares. En este caso, el texto de Domingo Miras, “La monja alférez”, donde se recupera la vida de Catalina de Erauso, tan célebre en su época como injustamente desatendida después. Una existencia dramática que nos permite conocer nuestro pasado y, a la vez, reflexionar sobre desafíos del presente.
La monja alférez, de Domingo MirasDirector de escena: Juan Carlos Rubio
Escenografía: Eduardo Moreno
Iluminación: José Manuel Guerra
Intérpretes: Carmen Conesa, Nuria González, Mar del Hoyo, Cristina Marcos, José Luis Martínez, Daniel Muriel, Martiño Rivas, Ángel Ruiz y Ramón Barea, entre otros
Lugar de representación: Teatro María Guerrero. Madrid
Por RAFAEL FUENTESDomingo Miras viene escribiendo en los últimos treinta años piezas dramáticas que abordan conflictos actuales inspirándose en sucesos de nuestra historia nacional, persuadido de que el presente de un país debe conocerse a través de los personajes que han singularizado su trayectoria histórica. No de las personalidades del poder, sino de las que han sufrido las consecuencias del poder. El ejemplo más logrado es
“La monja alférez”, basada en la biografía de Catalina de Erauso, nacida a finales del siglo XVI en San Sebastián y protagonista de uno de los episodios personales más asombrosos de su época. Enclaustrada de niña en una orden religiosa de su ciudad, huyó en su adolescencia de los muros del convento disfrazada de muchacho y pasó de novicia a pícaro al servicio de diversos amos, grumete en los barcos que viajaban hacia el Nuevo Mundo y, sin abandonar el atuendo masculino, se convirtió en uno de los más arrojados oficiales de los ejércitos que conquistaban para la Corona española el continente americano.

Quizá una
peripecia tan inaudita, marcada por lances insólitos, no habría sido tan célebre si no se hubiera descubierto de forma espectacular la naturaleza femenina de aquel feroz soldado. Involucrada en pendencias, duelos y homicidios, la antigua novicia fue sentenciada a muerte y antes de subir al cadalso, para evitar su ejecución, desveló a la justicia su condición de mujer. Examinada y certificada incluso su virginidad, logró el indulto y una meteórica celebridad que la llevó a entrevistarse con el Monarca, quien la ratificó en su grado de “alférez”, y con el propio Papa Urbano VIII, que la autorizó a llevar ropa de hombre. Su fama cayó después en un larguísimo olvido.
Domingo Miras cree que
una heroína de vida tan dramática merecía un grado mayor de atención. Acontecimientos de índole similar convirtieron a Juana de Arco en un mito de la cultura francesa. En realidad, aunque el dramaturgo del Siglo de Oro Juan Pérez de Montalbán le dedicó una pieza, los episodios aventureros de Catalina de Erauso fueron rescatados por el romanticismo español y la edición de su biografía estimuló la fabulosa imaginación de autores como Thomas de Quincey, que la recreó en su novela “La monja alférez”. Pero Domingo Miras no está interesado por el cariz romántico de aquella fugitiva, sino por su heterodoxia y su enfrentamiento al orden establecido. La considera una feminista antes de la aparición del feminismo, en cuanto rompe los roles pasivos a los que estaba destinada y realiza su vocación militar por encima de los formidables obstáculos que el poder le ponía en su camino. También Miras explora su
dramatismo interior, indagando en los profundos conflictos de su personalidad donde entran en liza lo religioso (monja) y lo militar (alférez), lo femenino y lo masculino, el orden y la trasgresión, el honor y el delito. Uno de los grandes aciertos del montaje de Juan Carlos Rubio consiste en expresar esa confrontación de principios antagónicos haciendo que la protagonista no sea interpretada solo por una actriz sino que sea encarnada por diversas actrices y actores, lo que subraya la índole transgresora de su existencia.
No menos hábil se muestra el director de escena al conseguir que el público sepa en cada instante quien es la protagonista –a pesar de ese peregrinaje por múltiples actores y actrices- y no se desvincule en ningún momento de los
acontecimientos que se suceden velozmente. Las actrices Carmen Conesa, Nuria González, Mar del Hoyo y Cristina Marcos logran imprimir una gran riqueza de matices emocionales a la heroína, que no tiene cuando son los intérpretes masculinos quienes la representan en su lado más agresivo y mecánico.

La vinculación que Domingo Miras establece entre los problemas del presente –la ruptura de roles de la mujer- y del pasado –el orden social de la España barroca y contrarreformista-, está
excelentemente expresado en la estética de la puesta en escena. Juan Carlos Rubio le ha dado un cariz cinematográfico, recalcado por el diseño de sonido de Sandra Vicente y la música compuesta por Miguel Linares, que evoca la banda sonora de un filme de acción. El desplazamiento de los actores, la lucha escénica, la conjunción de palabra y acción corporal poseen un ritmo perfectamente sincronizado y un dinamismo análogo a una producción audiovisual. Todo sucede como en un continuo flash-back cinematográfico con rápidas secuencias encadenadas. Lo que, a su vez, coincide con aquella revolución del teatro del Siglo de Oro caracterizada por cambios de espacio y tiempo que absorbían la atención del público sin concederle momento alguno de respiro.
Acción espectacular, revisión de nuestra historia nacional y reflexión sobre los
retos actuales divertidamente enlazados en una solo montaje teatral.