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el profesor varela firmó ejemplares de su exitoso libro

Varela Ortega firmó su obra Los señores del poder en la Feria del Libro

sábado 01 de junio de 2013, 11:53h
El presidente de la Fundación Ortega-Marañón, editor de El Imparcial, y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Rey Juan Carlos, José Varela Ortega, ha firmado este sábado ejemplares de su última obra, que está obteniendo gran éxito de ventas, Los señores del poder, en la Feria del Libro de Madrid. Además, los lectores pudieron obtener la firma del Catedrático de Teoría Económica Carlos Sebastián, que acudió para dedicar ejemplares de su obra Subdesarrollo y esperanza en África. A continuación, reproducimos la crónica de la presentación del libro, la crítica de Antonio Morales, y la entrevista de Demetrio Castro:
La segunda jornada de la 72ª edición de la Feria del Libro de Madrid disfrutó con la destacada presencia del presidente de la Fundación Ortega-Marañón, editor de El Imparcial, y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Rey Juan Carlos, José Varela Ortega, que acudió este sábado a la popular fiesta de la lectura madrileña para firmar ejemplares de su última obra Los señores del poder. Numerosos lectores acudieron a la caseta 308 para obtener la dedicatoria del profesor Varela Ortega, que está obteniendo gran éxito de ventas con el libro mencionado. El presidente de la Fundación Ortega-Marañón ofreció su firma a los ciudadanos que se acercaron a su localización durante dos horas.

Además, el editor de El Imparcial gozó de la compañía del prestigioso Catedrático de Teoría Económica Carlos Sebastián, con el que compartió caseta. El profesor Sebastián acudió a la Feria del Libro de Madrid para firmar ejemplares de Subdesarrollo y esperanza en África, una obra que reflexiona sobre la relevancia de los mandatarios africanos en la escasa generación de rentas en las naciones del continente.

A continuación, reproducimos la crónica de la presentación del libro, la crítica de Antonio Morales, y la entrevista de Demetrio Castro:

El pasado abril, el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales acogió la presentación del último libro del profesor José Varela Ortega, presidente de la Fundación Ortega-Marañón y editor de El Imparcial. [i]'Los señores del poder'[/i], editado por Galaxia Gutenberg, es un análisis y una meditación profunda y pausada de la profesión política española, desde los años convulsos de la II República hasta la trepidante Transición que dio paso a la democracia que hoy disfrutamos pasando por la Restauración o la Guerra Civil.

El profesor José Varela Ortega presentó en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales de Madrid (CEPC) su último libro, Los señores del poder (Galaxia Gutenberg), un ensayo histórico de los últimos siglos de nuestro país desde una perspectiva analítica, inteligente y minuciosa.



El acto contó con la presencia, además de la del propio autor, de dos ilustres nombres como Benigno Pendás, director del CEPC, y de Shlomo Ben Ami, ex embajador de Israel en nuestro país y vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz.

Fue el propio Ben Ami el primero en tomar la palabra. El diplomático hebreo comenzó puntualizando que, "aunque el título puede llevar a equivocación, lo cierto es que el libro es un estudio histórico", al tiempo que señaló que la obra "no elude ningún tema ni ningún frente, los aborda todos con mucha erudición".


También resaltó que "hoy en día es difícil defender el que digan que los políticos son los únicos señores del poder, puesto que se ha ido cambiando el foco gracias a elementos como son Internet o los medios de comunicación y los primeros se encuentran mucho más limitados".

En este sentido, Ben Ami señaló que "si bien antes empresas como Ford o General Motors tenían mucha más influencia, ahora compiten con jóvenes al frente de startups cuya influencia es enorme".

Sobre el libro de Varela Ortega, Ben Ami quiso destacar el perfecto uso del relativismo moral como parte del análisis histórico, además de rechazar la idea de que la obra sea una historia narrativa. "Es, sobre todo, un ensayo interpretativo de lo sucedido en este país sin caer en partidismos", apuntó el ex embajador, quien ha querido destacar el buen uso de las comparaciones con otros estados, en especial con Francia y su III República, que salpican todo el libro.

Tras repasar algunos de los episodios más importantes de la historia reciente de España, como la Restauración, la I y II República o el golpe de Estado del 23-F, Ben Ami, ya en clave de actualidad, defendió que España es uno de los pocos países de Europa, "por no decir el único", que no cuenta con una derecha radical y violenta. "Eso es gracias a que los partidos y sus grandes figuras han logrado domesticar estos movimientos e incluirlos en una derecha democrática y dialogante", sostuvo.


Un amplio grupo de personalidades de la cultura se dio cita en la presentación.

Por último, Ben Ami señaló dos de los grandes problemas que sufre nuestro país a día de hoy y que a su juicio se han venido repitiendo en las distintas etapas históricas de los últimos dos siglos: el Estado social y el de las Autonomías.

A continuación ha sido el turno de Benigno Pendás, quien comenzó su intervención alabando la obra. "Es un libro deslumbrante, inteligente, brillante y, por momentos, complejo y disperso, aunque sólo en apariencia ya que en el fondo está muy bien hilado", ha declarado.

El director del CEPC quiso señalar, con el actual panorama sociopolítico que vive nuestro país, "que la sociedad española es mucho más madura de lo que pueda parecer y lo ha demostrado en años de mayor dificultad como fue el final de la década de los 70".


J. Terceiro asistió al acto en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

Pendás quiso matizar que, hoy en día, tanto en política como en lo social, "ser centrista y reformista no significa ser necesariamente uno de derechas acomplejado o uno de izquierdas camuflado", al tiempo que identificó dos grandes cuestiones a abordar en la actualidad y que tienen su desarrollo histórico: el permanente desprecio por la cultura de la ley ya desde la época de la invasión napoleónica y la victoria de la política de la exclusión frente a la de la integración, "una variante castiza con 1978 como única excepción".

A continuación tomó la palabra el verdadero protagonista de la velada, el propio Varela Ortega, quien, tras agradecer a la editorial Galaxia Gutenberg su colaboración y a los presentes su asistencia, ha admitido que fue Santos Juliá el inspirador original de su libro.


Eduardo Serra, Zarazalejos y Marcelino Oreja.

Asimismo, el presidente de la Fundación Ortega-Marañón, tras compartir con el público varias de las anécdotas que esconden las casi 600 páginas de la obra, quiso destacar lo curioso que le parece la forma de pensar de determinados nacionalismos "que siempre se preguntan quién fue el que llegó primero a un territorio pero nunca quién llegó el último".

Además, Varela Ortega señaló que "la memoria histórica es del todo individual y, por tanto, heterogénea". También ha apuntado que la democracia es un pacto de derecho que ya quedó establecido en época de Solón, "quien no quiso ser un tirano y prefirió pactar".

Por último, el presidente de la Fundación Ortega-Marañón comentó que su libro "no pretende ser una historia del poder o una historia puramente lineal, sino que quiere reflexionar sobre algunas de las grandes preguntas de mis colegas, algunos de los cuales han ayudado a que esta obra sea realidad".


Rafael y Miguel Spottorno, Manuel Gasset y Santos Julià.

Entre los asistentes al acto figuraban personalidades tan relevantes como Alfredo Pérez de Armiñán, Jesús Sánchez Lambás, Fernando Vallespín, Antonio López Vega, Santos Juliá, Margarita Márquez, Andrés Ortega Klein, Joaquín Vila, José Antonio Sentis, Javier Zamora, Concha D’Olhaberriague, Eduardo Serra, Juan José Solozábal, Francisco Rubio Llorente, Rafael y Miguel Spottorno, Emilio Gilolmo, Luis Maria Diez-Picazo, Antonio Morales, Emilio Lamo de Espinosa, Juan Pablo Fusi, Jaime Terceiro, Marcelino Oreja, Manuel Gasset, María Cano y Carmen de la Vega.

[i]Los señores del poder'[/i], de José Varela Ortega
Editado por Galaxia Gutenberg
ISBN: 9788415472346
Número de páginas: 576

Crítica de la obra, por Antonio Morales

Antonio Morales Moya firmaba en estas mismas páginas una crítica de la obra de Varela Ortega, que reproducimos a continuación:

Los amigos políticos: partidos, elecciones y caciquismo en la Restauración (1875-1900), en su origen una tesis doctoral, dirigida en la Universidad de Oxford por Raymond Carr, fue la primera gran obra –hoy clásica- de Varela Ortega. La Restauración, más allá de su condena lapidaria, “oligarquía y caciquismo”, que, por supuesto, los hubo, se nos mostraba en su real complejidad, como un régimen liberal estable, aunque no democrático, semejante a otros de la Europa de entonces, en el que “el fraude electoral se combinaba sabiamente para integrar intereses e influencias locales”. Se trató de poner fin a la intervención del ejército en la política y sus principales beneficiarios – empresarios del poder –serían un conjunto de políticos liberales. Al final, este esfuerzo por civilizar la vida pública española concluirá con el golpe de Estado de Primo de Rivera, que pondría también fin a cualquier posibilidad de que el régimen evolucionara –y no era improbable-, hacia una solución democrática. El éxito del libro, en el que se incluía una excelente descripción de la vida rural castellana, se basó en la capacidad de su autor, sin la que un historiador, nos dice Isaiah Berlin, no puede realizar su tarea, de pensar, sí, en términos generales, mas también de asociar, de percibir, la relación de las partes con el todo, “de sonidos o colores particulares con las múltiples melodías o cuadros posibles de los que podrían formar parte”. En términos hegelianos, la “razón sintetizadora, con su lógica propia, predominando sobre el “entendimiento analítico”. Años después, en el 2001, completando Los amigos políticos, Varela dirige El poder de la influencia .Geografía del caciquismo en España (1875-1923). La Restauración, mediante un conjunto de estudios regionales, adquiere así profundidad al incorporar “las variantes de un tiempo y las complejidades de un espacio”.

Los señores del poder y la democracia en España: entre la exclusión y la integración (2013), culmina, ampliándola, la continuada meditación de Varela, sobre la política y los políticos, mediante una descripción comprensiva de la historia contemporánea española, desde la guerra de la Independencia hasta nuestros días. La mirada del autor es realista, atenta a lo que “realmente” ocurrió. Un realismo democrático, con la política en primer término, como ámbito de gestión de la sociedad global, que contempla la capacidad o incapacidad de un régimen para integrar a sus ciudadanos y la medida en que los políticos –los señores del poder- contribuyen a una u otra. La posición del historiador es irreductible a la cómoda definición “de izquierdas o de derechas”, pues el realismo como ha escrito Sartori, es un ingrediente de cualquier posición política en cuanto es su presupuesto informativo: “cualquier propuesta descriptiva (si es exacta) es de hecho una proposición realista”.

Desde esta actitud –compresión, más que juicio, de los hechos- de Varela, Los señores del poder, escrito en un lenguaje brillante, atento al detalle significativo y, permanentemente, a la comparación con países diferentes en épocas distintas, resulta un libro altamente original, expresión de un pensamiento libre de lo que venimos llamando “corrección política”. Nos fijaremos en dos momentos especialmente controvertidos de nuestra historia reciente. Se nos presenta una visión descarnada de la II República. Radical, incapaz de “centrarse”; con una Constitución, no consensuada, de izquierdas; con gobiernos débiles, inseguros, erráticos. Y unos políticos, cuyas figuras excepcionales son escasamente representativas al predominar personas “carentes de una formación y actividad profesional ordenada, normalizada y exigente”. Honestas y bien intencionadas, de moralidad rigurosa, “casi tan implacables con el descuido económico como relajadas con el principio de legalidad y comprensivas con la violencia política”. La “fiesta republicana” concluirá con el estallido de la Guerra Civil: si “los padres putativos […] fueron Franco y los oficiales rebeldes, Largo Caballero fue su comadrona, al precipitar con el fórceps de las armas, el alumbramiento de la diabólica criatura”. El conflicto bélico sumergió España en una “orgía de sangre” que continuará hasta los años cincuenta: “el exterminio como versión patológica del exclusivismo político” titulará el historiador.

Tras los largos años de dictadura, llegó la democracia, fundada en una transacción, en un pacto, como casi todos los regímenes democráticos estables desde sus orígenes, en el que “las cesiones no se tradujeron en claudicaciones”. Gestionada desde la moderación –en realidad, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial todas las democratizaciones han sido realizadas por partidos moderados- se intentó en nuestra Transición rectificar los errores de un pasado inmediato en el que, fruto de una doble alucinación, como dijo Américo Castro, se impuso el sectarismo. Varela concluye su libro desazonado por la deriva reciente de nuestro sistema político, consecuencia de una “memoria histórica”, entendida como “instrumento del presente”, fundada en una “idea anacrónica de la II República”.

Parece retornar la “filosofía de la exclusión”, representada por el presidente Rodríguez Zapatero, con la expulsión del adversario del marco político, al pactar con unos nacionalismos periféricos, localistas, arcaicos, orientados a recuperar identidades preexistentes, más o menos inventadas. Al concluir el trayecto descrito por el profesor Varela, volvemos, nos parece, y retomando expresiones acuñadas por Américo Castro, a algo que creíamos superado, a la permanente sensación de “inseguridad” sobre nuestro pasado y nuestro futuro, al “vivir desviviéndonos”, desde el momento en que rechazamos, o no queremos ver, nuestro pasado en su integridad. Y una vez más, solo la vuelta a los acuerdos, a los pactos, a la concordia, se nos ofrece como ideal, como único horizonte de salida.

Algunas consideraciones más para cerrar este breve comentario a un libro tan lleno de contenidos y sugerencias, polémico sin duda, provocador si se quiere. En primer lugar, junto a la concepción empírica y pragmática de la democracia, indispensable, parece necesario dotarla de una dimensión valorativa y normativa que mantenga los ideales frente a la presión, ineludible, de lo real. Admitido lo imprescindible de una concepción realista de la política, cabría escribir nuestra historia desde los esfuerzos por alcanzar la libertad, la igualdad, la justicia, en suma, los valores característicos de la democracia liberal. En gran medida –y menos mal- todavía seguimos viviendo de lo mejor de nuestro liberalismo histórico: derechos del hombre, libertades públicas, tradiciones administrativas, constitucionales y parlamentarias… En segundo término, el concepto de civilización, formulado por Jover, en la huella de Altamira, creemos que tiene una dimensión prescriptiva y moral, capaz de dar sentido a una historia abierta al futuro. Y, para concluir, ante la incertidumbre del presente no cabe -y éste es el gran riesgo para la democracia- intentar destruir el presente desde un afán de perfeccionismo insensato, por mucho que haya de perseguirse el primado del Derecho y el imperio de la Ley. Volvamos a Hölderlin “Lo que ha hecho siempre del Estado un infierno en la tierra es precisamente la tentativa del hombre de convertirlo en su paraíso”.

Entrevista con el autor, por Demetrio Castro

Reproducimos a continuación la entrevista que Demetrio Castro realizó al autor y que fue publicada en estas mismas páginas:

En España se publican al año muchos libros de historia, lo que es muy de celebrar. De ellos algunos son triviales y hasta excusables, varios francamente buenos, unos pocos verdaderamente notables. Como Los señores del poder y la democracia en España: entre la exclusión y la integración, de José Varela Ortega (Galaxia Gutemberg, Madrid, 2013) Su autor lo llama ensayo por las muchas cuestiones que en él se abordan y la amplitud cronológica en que se abarcan. Tal vez sea ése uno de los pocos puntos en los que cuesta coincidir con él. Porque todo lo que se trata viene sustentado en una amplia y muy solvente base bibliográfica y si es el caso documental, de forma que nada tiene que ver con la tendencia divagadora que es propia del ensayismo, y se ajusta, en cambio, a los requisitos técnicos de la investigación académica, aunque sin ser por ello un libro para especialistas. Aunque éstos encontrarán mucho sobre lo que reflexionar, son páginas no menos útiles para otros públicos.

“Los señores del poder” son, claro, los políticos; los profesionales de la política dedicados a maximizar sus oportunidades y dominar mediante el control de las instituciones de gobierno. Y lo que sobre ellos se trata se centra en sus estrategias para asegurarse la efectividad en su función y las concepciones sobre su propia actividad que dictan sus decisiones y tienen repercusión colectiva a veces muy trágica. Por ello, el libro se adentra en capas profundas de la cultura política española de los dos últimos siglos, aquellas en las que se localizan ciertas fallas que han hecho tan inestable durante largos períodos el orden liberal en nuestro país. En ese análisis se parte, entre otras cosas, de la certidumbre de que la historia española contemporánea no es de una excepcionalidad trágica, una anomalía incomprensible en los procesos de modernización política. Al revés; entre lo mejor del libro está, sin duda, su continua inserción de los procesos españoles en un marco comparativos respecto a otras sociedades, europeas o hispanoamericanas, y cómo ilustra las vicisitudes del caso español con la adecuada referencia al análisis politológico y a la teoría política, partiendo de los clásicos. Muchas y diferentes cuestiones que se prestan al comentario con el autor.


P.- Sería correcto resumir la tesis, o una de las tesis principales, del libro así: el régimen de la Restauración articuló un orden institucional y una práctica política que conjuró la violencia, o la amenaza de la violencia, en la lucha por el poder, algo por medio de lo cual el Ejército había tenido un papel preponderante en los decenios centrales del siglo XIX. La clave de esa transformación estuvo en la aceptación del contrario, en admitir su legitimidad y su derecho a ocupar el gobierno y facilitar su acceso regular por medio del Turno. La República, en cambio, abandonó esos principios y esas prácticas y volvió a la concepción del poder como patrimonio exclusivo e instrumento para la eliminación del contrario. Si esto fue así, ¿en qué medida aquella solución restauracionista puede verse como un planteamiento excepcional en la historia política de la España contemporánea? ¿No han primado más las tendencias de exclusión?

R.- Lo que ocurre en España al empezar el último cuarto del siglo XIX, dentro de las condiciones propias, es reflejo de una tendencia presente en otras partes de Europa, y en especial Francia. La Comuna de Paris, con su violencia política desbordada, cierra un ciclo revolucionario y de actividad militar que arrancó con la Revolución de 1789. Lo que se busca, y eso es lo que prima en el caso español, es asentar un orden político estable con la aceptación del rival. Eso implica pactar los resultados de las elecciones para que los partidos representantes de las dos grandes tendencias liberales, ocupen alternativamente el ejecutivo. La clave para que eso funcione es el fraude masivo y tolerado, no tanto coaccionando a los electores como manteniéndolos desmovilizados. Los profesionales del poder, que querían eliminar la violencia como recurso y mantener a los generales alejados de la escena política, advirtieron lo que de economía de esfuerzo y de conveniente, acumulando más poder, con más seguridad y durante más tiempo, tenía la fórmula de monopolizarlo desde el ejecutivo en lugar de competir en un mercado electoral abierto y competitivo.

La Segunda República, por su parte, contempla la democracia como un sistema de resultados inciertos, sin alternancia ni turno, porque entiende que eso es corrupción. Más aun; el pacto como tal es corrupción, algo que en cierta medida hemos visto resucitar en España desde hace unos pocos años. Es una visión que supone que hay quien no tiene derecho a gobernar e interpreta la elección como rito de confirmación de una prerrogativa propia, de forma que si el resultado no es favorable se considera erróneo y soslayable.

No sería fácil decir si los planteamientos excluyentes han predominado. Intentos de transacción y consenso hubo bastantes, como la constitución de 1837, aunque quizá fuesen más continuados los de signo contrario. Es algo que también pasó en Francia hasta la Tercera República. Nada, pues excepcional.

P- El título del libro parece orientar hacia una interpretación de la dinámica política más centrada en elementos de orden personal, la acción de los “señores del poder”, que estructural, las circunstancias de orden social, económico o de otra índole que la condicionan. Aun así, ¿Qué factores determinaron la solución del sistema de la Restauración? ¿La experiencia y capacidad de sus artífices principales? ¿Su temor escarmentado a lo ocurrido en España en los decenios precedentes y en especial desde 1868? ¿Algún estímulo exterior? ¿La disposición de la opinión pública si puede hablarse de tal cosa en el último tercio del XIX?


R- Sí, creo que hay bastante de esa dimensión personal. Algo procedente de la libido dominandi que explica tantas cosas en la historia del poder, como se ve leyendo a Bertrand de Jouvenel. Pero se advierte ya desde Pisístrato. En el caso de la Restauración intervienen, en efecto, todos esos factores. Pero sobre todo reflexionan sobre el fracaso de las fórmulas de los decenios anteriores y conciben como los griegos, salvadas todas las distancias respecto a lo que significa para unos y otros, la democracia como un sistema de conciliación. Lo favoreció sin duda un clima social que, hasta donde podemos saber, respondió a lo que el conde de Toreno definió como “hambre de paz”. No es casualidad que a Alfonso XII se le llamase “el Pacificador”


P.- Aunque sea una cuestión recurrente entre especialistas y difícil de dilucidar, el golpe de Primo de Rivera en 1923 ¿obstruyó una evolución presumible hacia situaciones más plenamente democráticas, de modernización política y de saneamiento del sistema o fue la única alternativa posible a algo agotado e inservible para ir en aquella dirección?

R- Es un contrafatual, “qué habría pasado si no…”, pero si la Corona hubiese mantenido su papel no se ve cómo hubiera podido haber otra salida que la democrática. Naturalmente, cambiando la ley electoral y haciendo otras reformas políticas y soportando un período de volatilidad política. Realmente, en aquel sistema de hidráulica política no es posible ver cómo podrían las aguas discurrir de otra manera que no fuese evolucionando hacia la democracia con gobiernos dependientes efectivamente del voto. El número de distritos liberados, aquellos en los que los resultados respondían ya a tendencias genuinas del electorado, estaba creciendo. Las amenazas al margen del sistema se encontraban faltas de toda posibilidad, con un republicanismo que Azaña describía como “una tertulia de rebotica” y un Partido Socialista débil y sindicalmente radicalizado, un lastre con el que llegará a la República. Cosas como la guerra de Marruecos fueron los verdaderos condicionantes.

P- Pero, en ese contexto, ¿qué peso pudo tener la crítica al parlamentarismo que cundió por aquellos años, las actitudes caudillistas?

R- Ese clima existió, pero por una mala lectura de la realidad. El sistema descansaba en el “gran elector”, el ejecutivo, no en los distritos en propiedad de un cacique. No era un país arrasado por un parlamento corrupto sino un país arbitrario, con poca base representativa y eso es lo que estaba cambiando hacia 1920. Era un país más urbano, con una sociedad civil más densa, con más voces, Y hasta Costa con sus invocaciones a “cirujanos de hierro” y sus campañas en pro de un ejecutivo fuerte tenía claro que el poder venía de la Corona. Por eso su estrategia era amenazarla, para lograr el decreto de disolución. Insisto, es difícil pensar en que las cosas hubieran podido dejar de encauzarse hacia una democracia efectiva. Claro que hay otras cosas, el ejemplo mussoliniano de orden y eficacia, la devoción a la acción directa, la idea de que saltándose la ley, tirando por la calle de en medio, las cosas se arreglan. Algo que advierte Ortega en España invertebrada. El propio Alfonso XIII, Primo, son eslabones en esa cadena, acólitos de esa religión.

P- La República llegó, entre otras cosas, a impulsos de una interpretación de la política que era negación del fundamento de la Restauración, es decir, abominando del pacto como método, de la disposición a aceptar al rival como agente político legítimo ¿Por qué? ¿por la misma subcultura política de los republicanos? ¿por los aliados con los que tuvieron que contar? ¿porque también aquellos rivales habían abandonado la voluntad de entendimiento?

R- Es que como he dicho ya confunden acuerdo con corrupción. Pero pesa sobre todo la idea demiúrgica de un legado autoritario, el gobierno es un agente de transformación para imponer un programa o un objetivo y por ello el pacto es claudicación. Y no hay que olvidar que al menos desde 1914 la violencia en política tiene prestigio, no está desaprobada. Lo paramilitar, la militarización está a la orden del día. Hasta las revistas culturales llevaban título como “Frente literario”.

P.- Algo relacionado con esa militarización del léxico y los recursos políticos que introdujo el leninismo, con “frentes”, “secciones”, “ofensivas”, avances”…

R- Lenin y Trotsky parten de la idea del fracaso de las estrategias de huelgas y acción política de masas. Propugnan otra de guerra civil con un ejército de revolucionarios. Eso es lo que encandila a los Largo Caballero y los Araquistain, la idea de que el agente político sea un agente armado. Y Sorel con “Reflexiones sobre la violencia” es la biblia para toda una generación de activistas políticos de distinto signo. Una estrategia que recuerda mucho a Blanqui y que a Marx no le hubiera gustado.

P ¿Y a Azaña le gustaba?

R- La pregunta es ¿cómo Azaña y otros como él se alían con eso, con un Partido Socialistas bolchevizado? ¿Cómo no pensó en encarnar lo contrario, ponerse al frente y dirigir a la sociedad de clases medias atemorizadas? Un Azaña con tantas dotes políticas podría haber encabezado un partido de centro, que se quedó Lerroux, y haber articulado un esquema como el que Ortega apuntaba: el Partido Socialista a la izquierda y un republicanismo de centro y centro-derecha. La última ocasión pudo haber sido el asesinato de Calvo Sotelo, pero habría que ejercer una represión a la que no se atrevieron porque habría roto el Frente Popular. Incluso con la rebelión militar pudo haber una ventana de oportunidad, con una doble represión desde el gobierno. En aquellas circunstancias habría sido factible lo que Portela insinuó, declarar el estado de guerra y ejercer una dictadura republicana. Una parte, quizá mayoritaria, de los militares se hubiese puesto a las órdenes del gobierno, hubiera tenido apoyo militar. Pero el reparto de armas y la sindicalización de la resistencia lo hizo inviable. Y fue Azaña, contra el parecer de Casares quien cedió ante Largo Caballero y se abrieron los arsenales a las milicias.

P¿Azaña no entendió que eso era dar paso a la revolución y al fin de la República?

R. Claro que lo vio, por eso diría aquello de que “si ganamos la guerra tendremos que irnos los republicanos”. Las decisiones que se tomaron fueron las peores. La rebelión desencadenó la revolución y la represión convirtió a la rebelión en referente de orden.

PIE DE FOTOP.- ¿Sería posible hacer una prosopopeya de los señores del poder que ejercieron en España desde la Restauración a la Guerra civil que arrojase un patrón común? El retrato que de los políticos republicano se encuentra en el libro es poco halagüeño (temerarios, limitadamente cultos, mal informados) y sin duda certero, pero ¿no es predicable mucho de eso de otros señores del poder de otros momentos, incluidos los del presente?

R- Sí, es aplicable a otros muchos, antes y después. Los que precedieron a la República tenían al menos experiencia. Y a los de hoy día, sin duda. Es un misterio cómo alguien como Zapatero, ignorante y con visión aldeana, alguien que no pasaría un proceso de selección en una empresa para un puesto de mediana responsabilidad, acaba al frente de un partido centenario y presidiendo el gobierno del país con la décima o décimo segunda economía más grande del mundo. También a la mayor parte de los políticos de la República les llegó el poder sin un mínimo cursus honorum que actuase de filtro.

P- Entre lo mejor del libro está su constante recurso al análisis comparado, al contraste con otras experiencias, en especial con la Francia coetánea. Más interesante, y sorprendente dados los usos de positivismo trivial dominante en el comtemporaneismo en España, es la remisión a la historia antigua, la de Grecia y Roma, y a los clásicos de la filosofía política. ¿Qué papel tienen esas referencias en la estructura argumental del libro?

R.- Esas referencias ponen las cosas en perspectiva. No es asemejar, sino situarse para ver. Algo así como el paisaje en las tablas flamencas, que sirve para dar realce y centrar los temas. Por ejemplo, hasta alguien tan radical como Gambetta entendió que el arraigo de la Tercera República tenía que hacerse en “la provincia”, afianzando la lealtad de boticarios y veterinarios. Y eso ilustra respecto a lo que supuso que aquí se entendiera la República como instrumento para operaciones quirúrgicas. Y respecto a los clásicos, en ellos ya se ve con claridad que hay un espécimen de hombre de poder con parámetros occidentales, que trasciende épocas y sociedades, hechas todas las salvedades; el hombre que maximiza el poder. Y además, en Grecia se inventa la democracia como sistema de inclusión. El hallazgo de Roma es el Imperio que solventa las querellas oligárquicas con el príncipe, En Atenas, por la vía de inclusión que hace posible la democracia. Y entendiéndolo interpretamos mucho de la democracia moderna. Aunque aquélla y la nuestra sean democracias tan diferentes, una y otra en la búsqueda de la libertad y el respeto a lo diverso tratan de resolver la dialéctica stasis/ tiranía mediante mecanismos para encauzar las diferencias.

P.- El libro tiene unas páginas brillantes en las que se discute el invento de la “memoria histórica” sugiriendo que eso no es ni real ni conveniente, ¿por qué?

R- He oído a Umberto Eco sorprenderse de alguien suponga que la memoria pueda no ser histórica, es decir referida al pasado. Lo que así se viene llamando es una coartada para excluir. Es un rasgo autoritario que pretender ignorar que cualquier memoria sólo es personal. De lo que se trata realmente es de atribuir a una parte de espectro político un pecado original que ilegitime a sus representantes.

En el fondo, responde a una estrategia política del socialismo para excluir a la derecha como interlocutor y valerse de los nacionalismos. Algo que no carece de lógica pragmática, pues una ley electoral que prima esas candidaturas y un proceso de descentralización sin parangón en Europa les ha hecho poderosos. Pero supone una inversión de la lógica con la que se ha identificado la izquierda española desde las Cortes de Cádiz, la de que los derechos son del ciudadano, no de los territorios. Tal vez eso tenga alguna justificación doctrinal, aunque cueste aceptarlo, pero no es de recibo que algo así se haga sin una adecuada discusión, en alguna suerte de “concilio” que valide el abandono del dogma tradicional y la adopción de algo contradictorio para un socialdemócrata como es que las balanzas fiscales se atribuyan a territorios en vez de a ciudadanos libres e iguales con distintas rentas. Para la tradición de la izquierda española es un desastre sin paliativos, algo que desde sus propias concepciones no puede dejar de producirle un destrozo difícilmente reparable. Un ejemplo de cómo los señores del poder yerran en sus cálculos y dañan su propio interés.
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