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Por una formación profesional sin complejos

domingo 30 de junio de 2013, 16:48h
Actualizado el: 05 de septiembre de 2014, 21:43h
Que Selina, dieciséis años, lleve las uñas pintadas cada día de un color diferente no quiere decir que no sea capaz de pagar las facturas del departamento, hacer reservas en hoteles para los participantes de una conferencia sobre cyber-terrorismo y repartir la correspondencia el Centro de Estudios Internacionales donde ambas trabajamos, en Zúrich, Suiza. Cuando su primer año de formación termine, el nuevo aprendiz será un tal Marlon, diecisiete años, que ya ha sido reclutado con el visto bueno de su escuela de formación profesional (rama comercial-administrativo). Dentro de unos días hará su primera visita para conocer las dependencias y familiarizarse con las actividades que desempeñará en alternancia con sus horas de clase y exámenes.

La estudiante que tuvimos el curso pasado, Leoni, ocupa en la actualidad un puesto de contabilidad y finanzas: diecinueve años, su primer empleo verdadero, con un sueldo y un contrato que a partir de ahora no pueden sino aumentar, suficiente para vivir con su novio en un modesto apartamento que han amueblado con el entusiasmo de su juventud y con los chollos que se subastan por internet. Antes de terminar su formación Leoni, una chica muy madura para su edad, eficiente, rigurosa, puntual y competente ya tenía asegurado el puesto, sin transición, sin espera, sin agonía… Al contrario que la masa juvenil española en paro o sin estudios, Suiza cuenta con la menor tasa de desempleo entre los jóvenes, un récord del 3%, sin precedentes en el resto del mundo y no digamos en Europa, donde la media ronda el 25% con ejemplos desoladores como España o Grecia (50% para el grupo de edad de 18 a 25 años). Más de dos tercios de los estudiantes helvéticos, como Selina, Leoni o Marlon se benefician de un modelo de educación post-secundaria basado en la inmersión en la vida laboral y en la profesionalización de todos los oficios (que son los que nutren el tejido económico e industrial del país). La población estudiantil universitaria sólo alcanza el 15%.

Los estudios de formación profesional duran tres o cuatro años, dependiendo de los sectores, y combinan la teoría con el trabajo remunerado en empresas. Los sueldos oscilan entre los 400 y los 800 francos mensuales según el año y la filial. Desde especialistas de parqué, a agentes de seguros, floristas, carniceros o panaderos, pasando por guardas forestales, podólogos, secretarios, mecánicos, delineantes o asistentes de farmacia, Suiza ha sabido adaptar el sistema de formación a la doble realidad del mercado y de una economía alto-proteccionista y bajo-subvencionista, a fuerza de desacomplejar a la población no-universitaria proponiendo una formación alternativa de calidad, bien estructurada y evaluada, que desemboca en salarios y pensiones igualmente dignos. La Confederación ha asumido que no todos tienen el genio de Einstein (quien por cierto pasó por estas aulas) ni, lo más importante, no todos quieren ser Einstein. Sin embargo todos aspiran a una calidad de vida, a una tranquilidad y una paz social que son un referente máximo y envidiable de su unidad y estabilidad. Cuando yo era una de tantas estudiantes complutenses en los años 90, lo peor que le podía pasar a una chica como yo era que se echara un noviete de la tan mal afamada ‘FP’.

Aquello sonaba entonces fatal. Allí estudiaban los tarumba, los fracasados, los bala-perdida, los vagos… en definitiva, los considerados intelectualmente inferiores. La sociedad española, tan alegre, simpática y fiestera nunca ha reconocido esta especie de racismo civil patológico y clasista entre los universitarios y el resto. El sociólogo suizo y especialista de encuestas de población Karl Haltiner declaraba hace poco a la cadena de información ‘Swissinfo’ que la principal diferencia entre Suiza y el resto de Europa es el concepto de ‘prestigio’ que va adosado a las carreras universitarias, y la desproporción entre el número de titulados y la cantidad real de puestos a los que éstos pueden acceder. En otras palabras, sobran universitarios. Visto desde este lado de los Alpes, regatear con la nota mínima exigida para las becas universitarias traduce un inmovilismo total por parte de unos (PSOE) como de otros (PP).

Mejor harían ambos partidos en proponer medidas serias y a largo lazo para revalorizar desde la escuela misma la formación profesional, en lugar de aumentar el cupo de estudiantes universitarios. El otro punto de inflexión, según él, radica en la poca flexibilidad existente en el mercado laboral de los países que, como España, presentan las peores cifras de paro juvenil. ‘La legislación de estos países hace que quien encuentra un trabajo es considerado como un ‘insider’ y está protegido del despido por sus sindicatos; mientras que el que quiere conseguir un primer empleo, los jóvenes especialmente, se consideran ‘outsiders’ y solo les queda la opción de realizar, como mucho, unas prácticas mal remuneradas’. Realmente estos suizos viven en una burbuja… ¿quién habla hoy de prácticas remuneradas en España?. ¡Ya ni eso tienen, Herr Haltiner!

Pepa Echanove

Periodista

PEPA ECHANOVE es periodista y miembro de la Asociación-Red de Mujeres Españolas en Suiza.

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