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Unión Europea y Norte de África: una segunda oportunidad

Víctor Morales Lezcano
domingo 14 de julio de 2013, 19:41h
Paul Kennedy, director del Instituto de Estudios Internacionales en la Universidad de Yale, ha confesado recientemente haber tenido una inspiración estival que lo ha conducido a la mesa de su escritorio para emborronar unas cuartillas tituladas “Descontentos de verano, ¿es que habrá más en el futuro?”.

Comenta Kennedy que la oleada de descontentos sociales, de alcance popular imprevisible hace meramente tres años, está llegando a la cresta de su ola en este verano de 2013. No solo en espacios públicos cargados de simbolismo histórico poderoso, sino en la superficie entera de países que, como Turquía y Brasil, fueron catalogados como naciones emergentes, dotadas de índices heterogéneos, pero prometedoras de un sentido de marcha histórico hacia su instalación en un lugar bajo el sol.

El ilustre Kennedy, historiador británico, asentado de antiguo en prestigiosos microuniversos académicos de los Estados Unidos, ha venido finalmente a contemplar un futuro internacional -¿a corto plazo?- diferente del que fue pergeñado al final de la segunda guerra mundial, y que todavía pervive, aunque renqueando.

¿Hasta cuándo resistirá aquel orden internacional de posguerra los embates de rebeliones sociales encarnadas, por ejemplo, en la primavera árabe? Hablamos de rebeliones internas, pero de alcance mundial y que presagian un incremento exponencial rebus sic stantibus.

Es público y evidente que si existe una frontera notoria entre dos mundos geográficos próximos, aunque distanciados en lo político, económico y cultural, es precisamente la que se establece entre los territorios de las dos riberas del Mediterráneo. Mucho se ha escrito sobre este asunto desde que la Unión Europea realizó la botadura de la Conferencia de Barcelona en 1995, hará pronto veinte años. No obstante el tiempo transcurrido desde entonces, los campos de actuación privilegiados por el tándem euro-americano en general, pero muy especialmente por el “espíritu” y el aparato institucional de la Unión Europea en el Mediterráneo, fueron el fomento del desarrollo, la garantía de seguridad mutua y el establecimiento de la ruta hacia la democracia en los países del norte de África.

El balance de los logros cosechados no parece haber sido tan suficiente como para “echar campanas al vuelo” y entonar beatíficos gaudeamus. Ello es evidencia flagrante de que se ha hipertrofiado la fijación con la seguridad y el flujo inversionista y mercantil entre las dos riberas del Mediterráneo, en detrimento del apoyo al ideal de la democracia que fue, y sigue siendo actualmente, la primavera árabe que estalló en enero de 2011. Esta primavera yace en un lecho de Procusto que muestra su perfil más inquietante en Egipto y, en menor medida, en Túnez. Siria es caso aparte por la duración del conflicto interno, las interferencias internacionales que allí convergen y el encono sectario de todos los beligerantes en acción.

Las rebeliones sociales de 2011 y las opciones políticas que de estas rebeliones se derivaron a partir de aquella fecha, en los países de la región norteafricana, no fueron previstas, ni siquiera tímidamente avizoradas por los oráculos oficiales de la Unión Europea. Incluso, algunos miembros oficiales de la Unión continuaron respaldando hasta su final los regímenes de Túnez y Egipto, a pesar de que el autoritarismo sultaní de estos países era un secreto a voces en los corredores y pasillos de Bruselas. Ahora, suena, en cambio, una campanada de la eurocracia que convoca a movilización serena y debidamente financiada (no obstante los malos tiempos que abaten los presupuestos comunitarios), encauzada a ejecutar gradualmente una política europea en la ribera sur del Mediterráneo, esta vez podada de retórica biempensante y granjería encubierta. Política paladinamente orientada hacia la alteridad democrática, practicable con discreción a través de una planificación coordinada desde Bruselas, sí, pero activada desde los eslabones geopolíticos y estratégicos de cada país miembro de la Unión. Así, España -y ello se encuentra ya inscrito en la cartografía de los clásicos romanos y medievales (cristianos y musulmanes)- se verá siempre inclinada a volcarse en las tres dimensiones consabidas (Marruecos, Argelia y Mauritania), mientras que Italia gravitará más hacia el tándem libio-tunecino.

La tarea de replantear y reconducir la política comunitaria en el norte de África es ardua y costosa. Reconózcase, empero, que jamás fue fácil y cómoda la materia de las relaciones entre vecinos de tradiciones y pabellones diferentes.

En esta era de revueltas masivas que evocaba Paul Kennedy en sus cuartillas, cualquier dilación política sobre cooperación euro-norteafricana puede demostrarse fatal, en especial para los dos flancos del Mediterráneo.

Para el lector que desee adentrarse técnicamente en este capítulo euro-norteafricano, remitimos a un documento de consulta imprescindible: Europa y la democracia en el norte de África. Una segunda oportunidad. Se trata de un texto alentado por el Consejo Europeo para las Relaciones Exteriores, y elaborado por investigadores españoles de la UNED y del CIDOB barcelonés, entre otras firmas y entidades universitarias.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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