CRÍTICA
José María Maravall: Las promesas políticas
domingo 04 de agosto de 2013, 14:39h
José María Maravall: Las promesas políticas. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2013. 224 páginas. 21 €
El profesor José María Maravall, fiel a la que ha sido su máxima durante la ingente trayectoria académica e investigadora desarrollada (Oxford, Universidad Complutense de Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas…), nos presenta su última obra, cuyo primer rasgo sobresaliente es el rigor científico. Al respecto, bien puede afirmarse que está más cerca de una tesis doctoral que del ensayo. En consecuencia, su lectura puede resultar compleja para el que no esté familiarizado con el mundo de la teoría del Estado, la estadística o la filosofía política. Sin embargo, quien esté cursando estudios en disciplinas como economía o sociología, encontrará en ella un referente de obligada consulta y cita.
La estructura de la obra cuenta con una introducción, tres capítulos, conclusiones y una parte destinada a anexos, sin olvidar la relativa a la bibliografía manejada, que es abundante. El lenguaje es claro y conciso, si bien como hemos señalado, exige tener nociones claras de conceptos politológicos para comprender algunas de las afirmaciones sustentadas.
Es destacable que Maravall no esconde en ningún momento sus preferencias políticas: la socialdemocracia a la que trata de defender y también actualizar, sin caer por ello en un sectarismo de cortas miras. En ese sentido, se declara seguidor de dos pioneros como son el británico Anthony Crossland y el alemán Willy Brandt. Ambos políticos hace más de 50 años fueron “revolucionarios” al negar el dogma que apostaba por las nacionalizaciones indiscriminadas o la titularidad pública de los medios de producción como bases indiscutibles del socialismo.
Maravall reconoce que la socialdemocracia ha cometido errores, algunos de los cuales ha subsanado. De la misma manera, defender posturas socialdemócratas no le hace descalificar otras doctrinas antagónicas, o cuando menos rivales, como el conservadurismo o el liberalismo. Las rebate siempre desde el punto de vista científico, lo cual no le impide reconocer que entre ideas socialistas y conservadoras se han producido interacciones y convergencias. Este fenómeno ha provocado que, en ciertas fases históricas, a determinados partidos de izquierda se les haya acusado de traicionar el socialismo.
Un buen ejemplo, en cuanto a la aproximación socialista a las tesis conservadoras, lo hallamos en el laborismo de Tony Blair, aunque el autor matiza que fue la excepción, ya que “en la oposición, los socialdemócratas creyeron que el regreso al poder dependía de una recuperación de lo que entendieron eran los principios auténticos de la izquierda” (pág. 85). Y, si dentro de esos principios, hay uno que ha mantenido intacto su protagonismo en el discurso socialdemócrata, es la igualdad.
Un aspecto que no puede pasar por alto de esta obra es su oportunidad. En efecto, llega en un instante muy apropiado (y necesario) puesto que movimientos de protesta como el 15-M o los indignados han cuestionado nada más y nada menos que la propia democracia (representativa). Maravall acepta que ésta tiene déficits, lo que no implica necesariamente que algunas de sus instituciones centrales, como los partidos políticos, deban desaparecer automáticamente. Más bien al contrario, y sin caer en una suerte de desagravio de los partidos y de los políticos, recalca el valor de los mismos y lo imposible (incluso utópico) que es establecer una democracia directa (sin intermediarios,) aunque sus partidarios se multiplican en momentos de crisis como el actual. En este sentido, extrae una lectura positiva: “Las protestas de ‘lo llaman democracia y no lo es’ o ‘no nos representan’ constituyen expresiones de descontento pero, a la vez, dan vida propia a la democracia” (pág. 68).
Cuando se detiene a analizar el rol de los partidos políticos, elimina, tras un pormenorizado análisis, otra falsa premisa que se ha asentado: que todos son iguales, por lo tanto, no tiene sentido votar a unos o a otros, pues el resultado será idéntico. Aunque es evidente lo ilógico de tal afirmación, ha logrado tener presencia en el actual discurso popular. Maravall es contundente cuando rechaza ese mantra: “De ser cierto que cualquier diferencia ideológica se hubiese desvanecido, las consecuencias serían graves para la democracia. Ésta se basa no sólo en el voto, sino en la posibilidad de elegir entre alternativas diferentes” (pág. 102).
De la misma manera, evita tentaciones que han irrumpido en los últimos tiempos, como la de equiparar los movimientos de protesta surgidos en Europa occidental con aquellos otros aparecidos en dictaduras como Túnez o Libia. Mientras los primeros tienen como escenario sociedades democráticas, los segundos acontecen en dictaduras. Siguiendo este hilo argumental, es muy interesante la diferenciación que hace entre democracia vs autocracia: “Bajo las autocracias los grupos de interés están resguardados de la incertidumbre de los resultados electorales. No lo están, sin embargo, respecto de riesgos políticos: carecen de protección respecto de decisiones discrecionales de los gobernante autócratas” (pág. 29).
Asimismo, descarta sofismas de mayor abolengo, como por ejemplo que la ausencia de democracia es necesaria para garantizar la estabilidad o el que indica que los gobiernos no elegidos están más capacitados para promover el desarrollo económico (con ejemplos tanto del pasado, Chile de Pinochet o la España de Franco, como del presente, China) o la igualdad (págs. 61-68). En todos esos regímenes dictatoriales, apostilla Maravall, los ciudadanos carecen de un elemento fundamental como es la información para poder evaluar las decisiones que toman los gobernantes, supuestamente en beneficio del pueblo. Tampoco hay razones para creer que una tecnocracia sea la receta mágica para sacar a los países de la crisis actual. Apostar por un gobierno de sabios, solo implica “defender un paternalismo benevolente que sustituya la voluntad del pueblo” (pág. 170).
En definitiva, una obra en la que hallamos un análisis científico de la política, que eleva la expresión “más democracia” a un nivel conceptual, eliminando tópicos que se han abierto camino en los últimos tiempos, pero que solo encierran demagogia y ausencia de autocrítica a partes iguales.
Por Alfredo Crespo Alcázar