Crítica de cine
Séptimo: Ricardo Darín y Belén Rueda pierden a sus hijos
domingo 10 de noviembre de 2013, 11:27h
Protagonizado por Belén Rueda y Ricardo Darín, el filme dirigido por Patxi Amezcua es un drama de intriga cuya acción se desarrolla casi por completo en el interior de un edificio. Por Alicia Huerta
Las imágenes aéreas que inician la cinta dirigida por Patxi Amezcua sitúan al espectador en la ciudad de Buenos Aires. Sebastián, un abogado con clientes en el mundo de la mafia, se dirige en coche a buscar a sus hijos a la casa de su ex mujer, Delia, para llevarlos al colegio. Llega con prisas, como parece ser habitual en él, y después tiene que dirigirse al tribunal donde ya le están esperando otro compañero del despacho y el cliente, una especie de arrepentido que esa mañana va a declarar contra su jefe. Ricardo Darín ya nos tiene acostumbrados a bordar esos personajes que, como el de Sebastián, tienen la cabeza en mil sitios y son capaces de sobrellevar las tensiones inherentes a su complicada vida sin perder la calma, ni la sonrisa. Hasta que estalla un imprevisto, que, en este caso, es de esos que borran de un plumazo el resto de preocupaciones. Y eso que son muchas, no sólo por lo que se refiere a su trabajo. Su ex mujer, a quien da vida una Belén Rueda algo descafeinada, le pide una vez más que firme los documentos para que pueda volver a España llevándose a los niños, pero Sebastián no puede ni quiere imaginar cómo será su vida sin ver cada día a sus hijos con los que es evidente que tiene una relación muy estrecha. Lo que tampoco puede imaginar en ningún caso y, por eso, el principio de la historia es de los que impactan – al mismo tiempo de los que luego resultan tan difíciles de mantener con la intensidad necesaria– es que en un minuto va a perder a los críos sin salir siquiera a la calle.
El director navarro, que escribió el guión junto al argentino Alejo Flah, explica que la idea de la historia se le ocurrió, precisamente, jugando con sus dos hijos a echarles una carrera para llegar al portal: él bajaba en ascensor desde el séptimo piso y sus hijos por las escaleras. Evidentemente, él siempre ganaba y tenía que esperarles en el portal. Un día, mientras aguardaba, le surgió la duda ¿Y si no bajan? Así comienza su segundo largometraje y resulta obvio que es la parte más intensa de una trama que, de manera paulatina, va perdiendo su batalla contra la intriga e, incluso, contra el mismo interés. Los niños no han salido a la calle, porque el portero no se ha movido de su sitio y por allí no han pasado, pero no están en ningún rellano y, al parecer, tampoco les ha visto ninguno de los vecinos cuyas puertas empieza a aporrear el desesperado padre, al principio, incrédulo, convencido de que tiene que tratarse de una broma de los chavales. Después, preocupado y, por último, obviamente, presa de ese pánico absoluto que te deja a merced de la desesperación, es decir, en ese peligroso estado de hacer cualquier cosa por recuperar a tus hijos. Es con lo que cuenta la persona que se los ha llevado.
¿Secuestro por dinero, un vecino trastornado que pretende hacerlos daño o extorsión para que el abogado no llegue a tiempo de asistir a su cliente en el juzgado? Las distintas posibilidades van tomando forma, mientras Darín, pone a prueba su estado físico subiendo y bajando escaleras, allanando domicilios ajenos y desconfiando de todos pero, por desgracia, dejándose en cada carrera la credibilidad de su personaje. También la tensión, a medida que avanza un guión que parece tener tan claro hacia donde se dirige que olvida detenerse un poco más en los personajes. Y lo peor es que, por el contrario, parece no tener tan claro que el espectador – ya curtido por los numerosos thriller que lleva a sus espaldas – vaya a sospechar del verdadero responsable y se estrella dándole, demasiado pronto, las claves para adivinarlo.
Esta coproducción hispano-argentina se rodó en distintas localizaciones de Buenos Aires y alrededores durante seis semanas, aunque lo más original es la utilización como escenario casi absoluto de ese edificio donde desaparecen los niños, con dos escaleras a modo de imposible laberinto y un montón de puertas cerradas detrás de las cuales nunca sabemos, en realidad, qué pueden ocultar nuestros vecinos, a quienes en la mayoría de los casos – y esto lo refleja muy bien la historia – ni siquiera conocemos de vista. Junto a los dos protagonistas estrella, Ricardo Darín y Belén Rueda, conforman el reparto importantes actores argentinos que, sin embargo, no son demasiado conocidos en España, como Jorge D’Elia, Osvaldo Santoro y Luis Ziembrowski.