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crítica de cine

[i]Blue Jasmine[/i]: Woody Allen saca brillo a Cate Blanchett

domingo 17 de noviembre de 2013, 08:44h
Woody Allen vuelve en su último trabajo a explorar la piscología femenina, aunque en esta ocasión ha dado mayor profundidad al personaje femenino protagonista, y tiene más peso la tragedia que la comedia.
El director neoyorquino tuvo claro desde el principio que quería contar con Cate Blanchett para que diera vida a Jasmine, su desgraciada protagonista, una mujer que lo tiene todo y que, de un día para otro, se queda sin nada. Ni marido, ni casa, ni dinero en las cuentas bancarias. Peor aún, Jasmine se va dejando la dignidad por las esquinas y, con ella, también la salud mental. Allen ha declarado que tuvo suerte de que Blanchett hubiera terminado hacía poco una obra de Chèjov y estuviera libre cuando él la llamó para ofrecerle el papel de Jasmine. Y visto el filme, con diálogos cargados de esa inteligente ironía que por lo general destila el famoso realizador, la suerte la hemos tenido también los demás. Porque la actriz australiana saca petróleo de esos diálogos y brilla como nunca ha llegado a hacer ninguna de las protagonistas de Allen, y son muchas. Blanchett es capaz de conferirle al personaje una cuidada e intensa mezcla de emociones que sirven para profundizar al máximo en la psicología de una mujer que se ha convertido en un despojo, pero que aún piensa que sigue siendo la mejor. Desde luego, infinitamente mejor que su hermana Ginger, interpretada por Sally Hawkins, en cuyo cochambroso apartamento se refugia Jasmine cuando su castillo de arena sucumbe a las implacables olas de los malos tiempos.

Es a su llegada a San Francisco, donde vive su hermana – ambas son adoptadas –, que está divorciada con dos niños y a punto de compartir casa con un nuevo novio, cuando Allen nos presenta a Jasmine. Histérica, caprichosa, acostumbrada a mandar y a mirar por encima del hombro. Personaje “muy Allen” que, sin embargo, irá dejando sus aires de mujer tocada por la estrella de la fortuna para asemejar, cada vez más, a una chica almodovariana abandonada, pero que no está al borde de un ataque de nervios porque, en realidad, ya ha sucumbido a varios. Y si en algo acierta de pleno esta última cinta de Woody Allen es en el hecho de no quedarse solo en la anécdota, ni siquiera en el perfil psicológico – o psiquiátrico – de la protagonista. En esta ocasión, la tragedia, el patetismo del personaje, puede mucho más que la pretendida comedia, aunque ya sabemos que muchas veces hay situaciones que provocan risa a pesar de que el afectado esté revolcado en el mismísimo fango.

Y Blanchett esto lo borda: hace reír y llorar, inspira compasión y, al mismo tiempo, un enorme rechazo. Está a punto de volverse loca, pero hay momentos en los que el espectador piensa que se merece todo lo malo que le ocurra. A medida que avanza la acción, los flashbacks en los que Jasmine - o Janet, su verdadero nombre hasta que renunció a él porque tenía poca categoría para su estatus de élite neoyorquina -, se queda ensimismada nos permitirán verla en todo su falso esplendor, en su otra vida, la vida de rica mimada que se cree siempre por encima de los demás, por supuesto, como decíamos, de Ginger, la única que ahora la acoge en su casa. Allen aprovecha, además, para retratar a esa especie, afortunadamente en vías de extinción o simplemente a la baja, de poderosos hombres sin escrúpulos que durante años se jugaron el dinero de los demás, infringiendo en muchos casos la ley, hasta que la pelota se hizo demasiado grande y provocó que algunos de ellos acabaran, incluso, en la cárcel.

Es el caso del marido de Jasmine, a quien da vida Alec Baldwin, y de sus socios, quienes hablan tranquilamente de sus negocios delante de sus despreocupadas esposas, que, luego, alegarán ante un juez no saber nada de nada aunque su firma aparezca en documentos varios. Pero, al final, no serán los tejemanejes estafadores los que den al traste con la plácida y privilegiada vida del matrimonio. Lo que plantea el genial Allen en su filme ya lo hemos visto en la vida real: la esposa calla hasta que el marido se enamora de una mujer más joven y pone sobre la mesa el divorcio. Que tiemble ese hombre que se atreva subestimar el dolor y la capacidad de venganza de una mujer despechada. Aunque ella se hunda con él.
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