Cuando se cumplen cien años de la inauguración del Teatro Cervantes de Tánger, considerado el centro cultural de referencia de África durante la primera mitad del siglo XX, un grupo de escritores y artistas encabezados por la pintora Consuelo Hernández claman a las autoridades españolas y marroquíes por su rehabilitación, que ha sido valorada en seis millones de euros.
La pintora realista
Consuelo Hernández -en la imagen superior dos de sus obras- se ha embarcado junto a otros intelectuales españoles y marroquíes en la
defensa del Teatro Cervantes de Tánger. Considerado el principal teatro de África de principios del siglo XX, fue abandonado en los años 70 y desde entonces se encuentra en un estado de ruina que amenaza su estructura.
En colaboración con Jesús Carazo, Santiago Martín Guerrero y Mezouar El Idrissi, y coincidiendo con el centenario del teatro, que fue inaugurado en 1913, Hernández ha editado el libro
Un escenario en ruinas. Llamamiento artístico-literario por la recuperación del Gran Teatro Cervantes de Tánger, en el que solicita la implicación de las autoridades españolas y marroquíes al tiempo que apela al mundo de la cultura de ambos países y a cualquier iniciativa privada interesada para lograr la conservación de
“un símbolo de la vida mediterránea”.

Estado actual en el que se encuentra el Teatro Cervantes de Tánger. Foto: Consuelo Hernández.
Los intelectuales españoles y marroquíes implicados en la causa defienden su rehabilitación aludiendo a la importancia que tuvo este edificio en los años 30, 40 y 50, cuando era considerado como un
centro artístico cosmopolita de referencia que acogió representaciones teatrales, así como proyecciones de cine, combates de boxeo o bailes de carnaval.
Según explica Hernández, el teatro pertenece al Estado español por donación de quienes fueron sus promotores, Manuel Peña y Esperanza Orellana, aunque su propietario actual es el
Estado marroquí “por un alquiler simbólico de 1 dírham”.
Pese a que ambos países tienen vínculos con el edificio, “no han llegado a ningún acuerdo para su
restauración”, afirma Hernández al tiempo que matiza que solo en 2007, durante la etapa en la que Miguel Ángel Moratinos era ministro de Asuntos Exteriores, se aprobó una partida de
197.046,58 euros en concepto de “obras de adecuación de consolidación”, que consistieron en el apuntalamiento de las vigas.
Entre modernismo y tradiciónDiego Giménez Armstrong, tangerino nacido en 1884, se encargó del proyecto arquitectónico, para el que se inspiró en los teatros neoclásicos del siglo XIX, aunque incorporó
decoración modernista propia de la época. “Con una capacidad de
1.400 espectadores, su espacio se repartía en un patio de butacas, palcos, platea y anfiteatro”, cuenta Hernández, quien añade que para su construcción se utilizaron “los mejores materiales” como muestran las columnas de mármol que sostienen el gran techo pintado con frescos de
Federico Ribera.

Otras figuras destacadas del momento también participaron en la construcción del insigne edificio, que fue considerado el espacio artístico más importante de África, utilizado incluso por otras colonias. Así, el veneciano
Giorgio Busato, “que había trabajado en el taller del escenógrafo Domenico Ferri – contratado para realizar la escenografía del Teatro Real-", se encargo de los decorados y de las cortinas de boca del escenario.
La
fachada principal, en la que está escrito el nombre del teatro sobre azulejo, un guiño quizá a la tradición de azulejería andaluza, se debe al escultor sevillano
Cándido Mata, quien la decoró con un friso que responde a principios clásicos y que incluye una alegoría de la música y ángeles.
La
rehabilitación del edificio ha sido valorada en unos
seis millones de euros, según explica Hernández, quien afirma que existen iniciativas para reutilizarlo como espacio para albergar recitales, conciertos, teatro o conferencias, es decir, la misma función que tenía hace cien años.