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crítica de cine

Diana: Naomi Watts aprueba por los pelos

domingo 15 de diciembre de 2013, 11:59h
Se ha estrenado este fin de semana en nuestro país el esperado biopic Diana, en el que la actriz Naomi Watts interpreta a una de las mujeres más famosas del mundo en los dos últimos años de su vida.
La acción del filme dirigido por Oliver Hirschbeigel arranca por el final, es decir, en los últimos momentos de vida de la princesa de Gales. Acompañada de Dodi Al Fayed, su conductor y un guardaespaldas, Diana se sube a un ascensor del hotel Ritz de París para abandonar el mismo lo más discretamente posible y refugiarse en algún lugar menos accesible a la prensa. Pero así como el final todos lo sabemos, la cinta nos descubre o, al menos, esa es su pretensión, lo que vivió de verdad la princesa – en lo referente al amor – durante los dos años anteriores a la trágica noche en la que perdió la vida. Por aquel entonces, su divorcio del príncipe Carlos era ya casi un hecho y la famosa entrevista que le hizo Martin Bashir para televisión, en la que acusaba a su real esposo de haber seguido manteniendo una relación con Camilla, acaba, por el momento, con cualquier tipo de negociación amistosa con los Windsor. Diana vuelve a sentirse sola y, desde luego, una de las cosas que más llaman la atención del polémico filme que no ha gustado en Gran Bretaña es la ausencia casi absoluta de los hijos en la historia, con quienes podemos verla en una única y brevísima escena.

Sin embargo, según el guión escrito por el londinense Stephen Jeffreys, Diana había vuelto a enamorarse y no era de Dodi Al Fayed. El cirujano pakistaní Hasnat Khan, a quien interpreta Naveen Andrews, fue quien logró enamorar a la princesa de un flechazo, de acuerdo con esta nueva versión que reescribe o aclara lo que fue, al parecer, la última oportunidad sentimental de la mediática princesa. Aunque, también de acuerdo con lo que refleja el filme del director alemán, la misma no tuviera un final feliz a causa del rechazo de la religiosa familia del médico, que no veía con buenos ojos la relación. Y esto último, ha sido el propio Khan - quien puede sentirse orgulloso de no haber comerciado nunca con sus declaraciones - el primero en negarlo. Según el médico pakistaní, no fue él quien puso fin a la relación como cuenta un filme que, según sus propias palabras, está únicamente basado en chismes y especulaciones.

En la cinta protagonizada por Watts, a quien también se le echa en cara su evidente falta de parecido físico con Lady Di, la única razón por la que la princesa se encuentra de vacaciones con Al Fayed, primero en su espectacular yate en la costa de Cerdeña y luego en París, es la de intentar dar celos a Khan. Por eso, la vemos “provocando”, a través de una llamada a un periodista “de confianza”, las famosas fotos “robadas” de ella y el millonario hijo del propietario de los almacenes Harrods en la cubierta del barco. Lo que más tarde provocó la avalancha de paparazzi a las puertas del hotel parisino, dispuestos a seguir su coche hasta, literalmente, las últimas consecuencias. No aparecen en el filme esas teorías conspiradoras que aún circulan basadas en una carta que Diana escribió a su mayordomo Paul Burrell – que ha vuelto a primera línea por su personaje en el filme – confesándole que estaba segura de que planeaban matarla fingiendo un fallo en los frenos de su automóvil. Tampoco hay mención alguna a aquel rumor de que estaba embarazada. Lo que hay es una desgraciada historia de amor llena de dificultades más que evidentes, que la princesa trataba de superar con trucos como el de ponerse una peluca morena de pelo largo, que le queda a Watts mucho mejor que el clásico peinado de Diana - en todo caso, increíblemente irrepetible por parte de los responsables de peluquería de esta producción cinematográfica -, cambiar su coche por el del mayordomo o introducir a su amado en palacio dentro del maletero.

No logra la actriz australiana aquella media sonrisa entre ingenua y provocadora que caracterizaba a Diana de Gales, pero consigue representar a una mujer a quien, a pesar de los abandonos, aún parecían quedarle fuerzas para volver a ilusionarse e intentar salir adelante. Incluso, con planes para marcharse a vivir fuera del país. Hasta que el rechazo de Khan a vivir una estresante existencia expuesta a las cámaras que no le iba a permitir centrarse únicamente en su profesión de cirujano, vuelve a sumirla en la depresión. Pero Watts no se convierte en Diana - algo imposible, por otra parte -, y en Gran Bretaña, donde todos conocían sus gestos y su forma de hablar, la película ha fracasado. Porque, a pesar del evidente esfuerzo de la actriz, no sólo falla la mirada, también su forma de hablar melódica y casi susurrante – a pesar de las clases de dicción que recibió para perder su acento australiano - o aquella famosa manera que tenía la princesa de ladear la cabeza ligeramente hacia un lado.

Por eso, la película parece tener, a priori, más posibilidades en otros lugares del mundo en los que ya ha empezado a estrenarse y donde quizá resultará más fácil empezar a ver a Lady Di con la cara de Naomi Watts y su nariz postiza, para acabar pensando que es, simplemente, la historia de un amor imposible, otro más, en el que lo de menos son sus protagonistas. Y con un final trágico que ya conocemos. Lo único que no se puede cambiar.
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