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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

[i]Cuestión de altura[/i], de Sandra García Nieto: una cura de humildad

domingo 09 de febrero de 2014, 12:43h
La Sala pequeña del Teatro Español vuelve a dar la alternativa con acierto a una joven autora que ve reconocida su trayectoria con su primer estreno: “Cuestión de altura”. El coliseo madrileño retoma una labor crucial para nuestra escena subiendo a las tablas y ofreciendo al público producciones del teatro emergente en nuestro país. A fin de cuentas, una exitosa tarea con siglos de historia en esta institución.
Cuestión de altura, de Sandra García Nieto
Director de escena: Rubén Cano
Escenografía: Carmiña Valencia
Intérpretes: Tomás Pozzi y Martiño Rivas
Lugar de representación: Teatro Español. Madrid

Por RAFAEL FUENTES

Con varias piezas dramáticas en su haber, Sandra García Nieto estrena finalmente en un espacio privilegiado, el Teatro Español, que impulsa así un teatro emergente cada día más apreciado por nuestro público. Un respaldo sobradamente justificado para “Cuestión de altura”. Un joven triunfador según los parámetros de las sociedades postmodernas con mayor riqueza en el siglo XXI, refinadamente atractivo, alto, atlético, con dinero, un trabajo de éxito, sin escrúpulos, egocéntrico, excelentemente vestido y aquejado de un arrogante complejo de superioridad, llega una noche ebrio a su apartamento. Al despertar al día siguiente, en medio de una espantosa resaca, descubre ante el espejo que es bajito, feo, calvo, con michelines y que, en vez de un español impecablemente europeo, ahora habla como un latinoamericano. ¿Quién es él? ¿El primero o el segundo? ¿Es el deplorable segundo en plena resaca, que soñaba ser el elegante primero? ¿O es el elegante primero, castigado en una cruel metamorfosis a transformarse en el segundo?

Con este arranque, la autora puede clavar su bisturí analítico en nuestra sociedad sin dejar de provocar una continua carcajada en el espectador, amortiguando así el dolor de la exploración que lleva a cabo. El original planteamiento de Sandra García Nieto absorbe una larga tradición que podría remontarse al “sosias” de Terencio, al mito de Stevenson, a las metamorfosis de Kafka o a la dramaturgia de Unamuno, con cuyo Teatro desnudo y conflictos del “yo” no deja de tener grandes concomitancias, solo que en este caso sazonada con grandes dosis de humor antitrágicas e inscrita en el contexto del aquí y ahora más inmediatos. Que la versión grotesca del héroe tenga acento latinoamericano no debe tomarse, en modo alguno, como una actitud xenófoba o un mensaje despectivo. La propia autora utiliza la voz de su personaje para dejar claro que esa elección es producto de un juego de fantasía para acentuar el contraste cómico entre la doble identidad simbólica de su protagonista. A fin de cuentas, la imagen perfecta inicial acaba siendo la más grotesca que pudiéramos imaginar.

El culto a la apariencia, la creación de una falsa imagen pública, la codicia y el afán por coleccionar artículos de lujo, el puntuarse a sí mismo con arreglo a esos ególatras criterios, son duramente impugnados en “Cuestión de altura”, como males que crecieron desmesuradamente en nuestra sociedad durante las décadas pasadas y que persisten en sobrevivir en circunstancias tan adversas como las de hoy. Son todos los rasgos que definen a la “clase ociosa” en el célebre ensayo de Thorstein Veblen, en una ciudadanía que puede permitirse muchas cosas pero en modo alguno ser ociosa. Existe, de forma implícita, en la pieza de García Nieto, una línea subyacente de crítica política. De hecho, lo haya pensado de un modo deliberado o lo haya creado mediante una vía intuitiva, “Cuestión de altura” es una divertida y cruelmente veraz parábola de la peripecia política de la reciente historia de España. Un país que se embriaga creyéndose a la altura de las grandes potencias europeas, y que despierta al día siguiente devastado y empequeñecido, con la desesperación de preguntarse si es un mal sueño o una mutación diabólica. Una nación que durante la furia alcohólica de un crecimiento con los pies de barro se pensó en posesión del elixir del éxito, y que en la resaca de la borrachera se descubre con lacras tercermundistas.

Inevitable recordar la portada sarcástica de una revista argentina dedicada a la España de hoy: “Desempleo, corrupción y éxitos deportivos. ¡Bienvenidos al Tercer Mundo!” Un sarcasmo que hacía diana en una infundada vanidad. Parecía que todo rayaba a gran altura, y resulta que no está a la altura de las circunstancias. Sandra García Nieto receta una pragmática e inteligente cura de humildad.

En el montaje, Rubén Cano maneja con eficacia los sobrios recursos escénicos. En esto parece haber cosechado su experiencia como productor ejecutivo de obras de Mario Vargas Llosa o David Mamet donde la austeridad de la representación jugaba a favor de una más directa comunicación con el público. En su dirección de actores logra que Martiño Rivas construya un convincente proceso de una altanería que se desmorona, y saca el máximo partido a ese álter ego encarnado por Tomás Pozzi con asombrosa técnica gestual que lo acercan visualmente a un personaje de cómic o de dibujos animados, con trotes, rebotes, piruetas y cabriolas circenses de una destreza cómica impecable. La gran tortura de ambos es un inmenso espejo que recorre el fondo de la escena y que les devuelve una imagen de sí mismos que no querrían ver, pero que necesitan ver. Es el principal instrumento escenográfico, un cristal cuyas proporciones no solo reflejan la fisonomía de ambos protagonistas, sino también la de todos los espectadores que asisten a la función.
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