El Museo del Prado expone en la sala 57 A hasta el 25 de mayo La Virgen con el Niño y ángeles, una obra maestra de Jean Fouquet, artista francés del primer Renacimiento. Se trata del panel derecho del conocido como ‘díptico de Melun’, uno de los escasos ejemplos de pintura francesa del siglo XV en el mundo. Pilar Silva, conservadora del museo, ha explicado esta semana en una conferencia las claves de esta pintura.
Procedente del
Real Museo de Bellas Artes de Amberes, que se encuentra en obras desde 2009,
La Virgen con el Niño y los ángeles, del artista francés del primer Renacimiento Jean Fouquet, puede contemplarse hasta el 25 de mayo en la sala 57 A del
Museo del Prado.
Se trata del panel derecho del conocido como
'díptico de Melun', uno de los escasos ejemplos de pintura francesa del siglo XV en el mundo, encargado por
Etienne Chevalier, tesorero de los reyes de Francia Carlos VII y Luis XI, para formar parte de la iglesia colegial de Nôtre Dame de Melun hasta que a finales del siglo XVIII fue dividido.
Según explica el Prado, el panel izquierdo, perteneciente a la Gemäldegalerie de Berlín, muestra a Chevalier arrodillado, acompañado por San Esteban, mientras que el panel derecho representa a María “como una
Virgen del futuro más que como una Virgen del pasado”, según ha explicado esta semana la conservadora
Pilar Silva en una conferencia celebrada en el museo.
“El Prado no tenía
pintura francesa del siglo XV hasta el año pasado, cuando fue adquirida la tabla
Oración en el huerto con el donante Luis I de Orleans”, explica Silva, quien destaca la oportunidad de acoger una obra de Fouquet para dar a conocer al pintor y miniaturista de Tours, cuya técnica y estilo define como una “síntesis” entre el gótico internacional, la miniatura francesa y la pintura flamenca, aunque también se tiene constancia de que viajó a Italia.
A partir de la "geometrización y simplificación de formas, y el estudio de la
luz y de las sombras”, Fouquet llevó a cabo una producción artística, gracias a la que logró una fama que disfrutó en vida.
Según Silva, varias fuentes señalan que el
díptico debió ser un tríptico por la aparente escasa coherencia entre las dos obras que lo forman, mientras que otros consideran que eran dos piezas diferentes o que, incluso, fueron ejecutadas por artistas distintos.
“Tenía un
marco metálico de unos nueve centímetros de ancho con unos esmaltes con imágenes en camafeo”, comenta Silva al tiempo que detalla que se conserva una en la que Fouquet se autorretrató; un gesto a través del que el pintor parece querer reivindicarse "como algo más que un artesano".

Otros detalles explicados por la responsable del departamento de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte (1400-1600) y Pintura Española (1100-1500) tienen que ver con que el díptico estaba cubierto con un
terciopelo azul, por lo que su visión debió estar sujeta a ocasiones señaladas. Esa circunstancia ha hecho posible que su estado de conservación sea muy bueno y que no haya necesitado más restauración que la llevada a cabo en 1995 en Amberes.
La
“Mona Lisa francesa”, como recuerda Silva que ha sido llamada, no había salido de la ciudad belga desde 1904. Considerada por esta experta como un “mito de la belleza francesa”, sus rasgos han sido relacionados con
Agnes Sorel, amante de Carlos VII y de la que Chevalier fue testamentario.
Aunque a juicio de Silva la nariz no coincide demasiado con los retratos que se conservan de Sorel, comparte con esta Virgen de la leche la ausencia de cejas y el nacimiento del
cabello depilado, si bien estas características eran propias de la moda de la época.

La descripción detallada del lienzo lleva a Silva a destacar el espacio celestial en el que transcurre la escena, en la que los ángeles parecen hacer el gesto de elevar a la Virgen entronizada y coronada como “reina de los cielos”. El
estudio geométrico de la pintura está dominado por “formas circulares” además de una base triangular “marcada por la línea que dibuja el velo y el manto”.
Sobre los
ángeles, la iconografía elegida para representarlos remite a la tradición de la miniatura y el pincel precedente, lo que invita a esta experta a vincularlos con serafines –
rojos- y querubines –
azules-, pintados con un efecto de “cerámica vidriada” muy logrado. Esos colores sumados al blanco eran, además, “los de Carlos VII”; quizá como un guiño del artista a su rey.
Se trata, pues, de “una obra singular en la obra de
Fouquet, que no se parece a ninguna otra”, aunque en ella condense todo su bagaje, como demuestra que ponga en práctica, en una de las bolas que decoran el trono, el recurso del reflejo en el espejo que había hecho Van Eyck en
El matrimonio Arnolfini.