La exhibición de intensidad, solidaridad de esfuerzos y humidad individual del Atlético ante el Milan y el Real Madrid ha otorgado, al fin, un realce continental al proyecto del Atlético, generando un cambio en la relación de fuerzas del balompié que rompe, de manera definitiva, los prejuicios colchoneros desterrados por el proyecto de Simeone.

El calendario emocional del
A.C. Milan marcaba que veinticuatro horas después del partido de ida de los octavos de final de la presente Champions League, que enfrentaba al pomposo club lombardo contra el Atlético de Madrid, se celebraría una efeméride de festejo inexcusable: se cumplían
28 años del desembarco en San Siro del mesías sui generis que iba a lanzar el club
rossonero a la leyenda futbolística a golpe de talonario -Van Basten, Gullit y Rijkaard mediante-. Sin embargo, Silvio "
primero de Italia", el protagonista de la fiesta -frase ésta extrapolable a su manejo de la política transalpina en el último par de décadas- decidió romper la férrea tradición de un evento de tal magnitud y adelantar su encuentro con la plantilla y el cuerpo técnico dos días. En concreto, a la
víspera del partido ante el Atlético.Berlusconi buscaba entonces contaminar de entusiasmo a su Milan, el club que optó por desatender cuando el personaje ganó al ser humano y hubo de dedicar buena parte de su energía cerebral a eludir a la
Guardia di Finanza y, por ende, al calabozo. Se desencadenó, como consecuencia lógica, un
vacío de poder ante el adiós no verbalizado de una personalidad tan icónica en el palco de San Siro y, con ello, quedó abandonado a su suerte el club, que todavía paga sobre el césped y en la nefasta planificación de la plantilla la
guerra por la herencia de la institución milanista entre Adriano Galliani y la hija del capo, Bárbara Berlusconi. Sin embargo, Silvio visitó Milanello para recordar a los suyos el peso de los colores de esa camiseta en Europa. El Milan, en Champions, debe “
ganar sin bajarse del autobús”, como diría Helenio Herrera con respecto a su memorable Inter de los 60.
Buscaba, en vano, recuperar el prístino lustre aristócrata que ideó para el club cuando solo era un empresario resplandeciente, allá, en 1986. No comprendía Silvio que cualquier intento de apelar a la grandeza de un club para pasar de ronda en el balompié actual sin argumentos técnico-tácticos resulta tan anacrónico y fútil como
combatir para domesticar la anarquía en la que se ha acostumbrado a vivir los rossoneri con un discurso de virilidad y gracejos oxidados, aunque se ejecute delante del mejor vino toscano. No entendía que, en base a un guiño retorcido de la fortuna, iba a ceder el testigo dentro de la aristocracia del viejo continente al vecino rebelde del Real Madrid.

El
Atlético de Madrid degustó, entonces, de la
ocasión idílica para coronar la bacanal de gloria transitoria de las últimas temporadas de crecimiento con un
traspaso de poderes soñado por la tribuna colchonera y escenificado en el momento justo. Una eliminatoria con un valor simbólico que excedía con creces lo estricto de la estadística. El
simbolismo de arrodillar a siete Copas de Europa en una eliminatoria con todos los focos representaba, además, saludar con aplomo a los gigantes tradicionales, tan celosos de acoger y reconocer como un miembro más a los recién llegados. Arrollar al dinosaurio milanista granjeaba un aroma a nobleza recién adquirida. Un brindis con la élite a modo de presentación. La exigencia de consideración y respeto que la estabilidad rojiblanca de estas dos últimas temporadas desgarraba la garganta del Atlético se ha convertido, tras dicha exhibición continental, en una sonrisa con mirada firme.
Se presenta ahora, en cuartos de final, el huésped de la ribera del Manzanares con una hoja de servicio que ahoga el celo de los paganos que todavía se cuestionan cuándo bajará el nivel físico colchonero: comparte con el Madrid el lustre de la
imbatibilidad en la competencia europea; iguala al club que, presuntamente, está por encima del bien y del mal en estos meses y apunta a dinastía, el Bayern de Pep, como
segundo equipo más venenoso en el apartado atacante, con 20 tantos en la mochila; y resplandece como el
bloque que en menos ocasiones se ha visto obligado a recoger la pelota de su red, con solo cuatro goles encajados en los que va de calendario. Sin embargo, es en al apartado intangible dónde se percibe con nitidez los argumentos que han perforado una oquedad de respeto absoluto y extendido a miembros de cualquier estirpe del fútbol internacional.
Queda retratado el paisaje colchonero con mayor precisión, pobre Silvio, en contraposición con el Milan en los octavos recién completados. La
anarquía rossonera quedó al descubierto ante la intensa concepción comunista del balompié que despliega el Atlético.

La expectativa pasiva y relegada a la improvisación de los estandartes dotados de calidad de un equipo que se sabe superior en lo técnico queda sonrojada y ahogada ante la meritocracia impuesta por Simeone. El “Cholo” provee a su plantilla de líneas estandarizadas de actuación -desde desenvolverse en un resultado desfavorable hasta el mensaje que lanzar a través de la prensa-, cauces sobre los que hacer discurrir la individualidad de cada componente con el fin de provocar su confluencia en pos del bien común, con automatismos que, si bien
excluyen los excesos artísticos, mantienen con alimento motivacional y ocupacional a cada pieza de su ajedrez.
No hay nombres propios, hay equipo. Los
intereses individuales quedan gratificados desde lo general, desde lo colectivo. Las estridencias y el desarrollo del ego quedan arrinconados bajo la legitimidad que el excelente rendimiento ha granjeado al argumentario de Simeone.
Diego Pablo, además, sale del despacho y su jurisdicción deportiva para proporcionar el acervo ideológico a todo el que se asoma a la entidad rojiblanca. Desde los estamentos del club que comparten estadio con él hasta los hinchas que abarrotan las tribunas sistemáticamente se manejan de manera casi inconsciente bajo la imagen construida por el “Cholo” y una concepción de lo deportivo que excede el césped. Hasta el “partido a partido”, repetido como un mantra, parece contar con una aplicación a la vida diaria del socio colchonero, ajustada a la realidad a gusto del acólito. “
Creo que somos una esperanza para la sociedad porque con nuestras herramientas hemos podido dar pelea a los grandes y esto debe ser una referencia para la gente que trabaja y no le salen las cosas.
Con trabajo y sacrificio, las oportunidades aparecen. Hoy tuvimos una y volvimos a ganar”, explicó tras homenajear a su escudo tumbando al Madrid en la final de Copa del pasado mayo, en el coliseo de la Castellana. De cara al sorteo del día 21, Simeone, que llegada a la sala de prensa de Calderón después de deshilachar la nobleza del Milan, subrayó que "
en el sorteo de cuartos habrá siete equipos extraordinarios y uno que tiene mucha ilusión y mucha humildad y que va a molestar un poco”. Completa, de este modo, la ruptura de las fronteras y los complejos psicológicos que arrastraba el Atlético de Madrid en un proceso histórico para la entidad colchonera. Solo el tiempo señalará si la justicia poética ha premiado con un número adecuado de títulos a tan maña revolución. Pues bien, en este punto temporal, el sarcástico capricho del azar ha dispuesto que el siguiente gigante que debe enfrentar a uno de los bloques continentales más eficientes en la competencia sea el
Barcelona de Leo Messi, uno de los favoritos y, quizá, el idóneo para continuar en este proceso de transmisión de galones de la vieja guardia a la nueva.
Al ejemplo milanista, extrapolable a un plano general, se une la imposibilidad de Barça y Madrid de tumbar al Atlético en Liga y guarda como resultado la construcción paciente de un proyecto que acerque al imaginario colectivo la bien parecida auto percepción actual, otrora utópica en el Calderón. Estirar la apoteosis en el tiempo para otorgar autoridad real a la ensoñación -anunciada como tal por los paganos- que esbozaban los primigenios brotes de belleza competitiva del recién nacido Atlético del “Cholo”.
Cada vez dispone de menos espacio para no enfrentarse al ridículo todo aquel planteamiento que les descarte de la posibilidad de optar a la competición más elevada que conoce este deporte por motivos de billetera o mentalidad. Simeone ha entendido con celeridad lo que el fútbol actual prioriza: intensidad, orden, sacrificio colectivo y hambre; más tarde llegan calidad y veneno goleador. Con una receta que desentraña la dimensión y relevancia de un manager futbolístico en el siglo XXI,
su equipo mira ya de tú a tú a cualquier aristócrata recalcitrante. Ya no resulta necesario exigir respeto.