Dedicó su tesis a la Edad del Hierro en el valle medio del Tajo. ¿Cómo le llegó la oportunidad de llevar a cabo expediciones arqueológicas en África?Pues como ocurre a menudo, de pura casualidad. En 2006, Víctor Manuel Fernández, uno de mis profesores de doctorado, me preguntó si quería ir a excavar a Etiopía con él. Parte del equipo con el que trabajaba habitualmente estaba ocupado con otras excavaciones y tenía un par de plazas libres para su nuevo proyecto. Aunque mi investigación no tenía nada que ver con la arqueología africana, la verdad es que no dudé ni un instante en aceptar. Siempre he pensado que es sorprendente cómo una conversación que duró menos de un minuto cambió completamente mi trayectoria profesional y en gran medida personal. Más adelante, mi directora de tesis, Marisa Ruiz-Gálvez, comenzó un proyecto en Marruecos al que me uní en 2009.
¿En qué consistieron los proyectos que llevó a cabo en Marruecos y Etiopía? El proyecto desarrollado en Etiopía, que aún sigue en vigor, estudia los edificios construidos por los jesuitas -portugueses principalmente, pero con una buena representación española- desde mediados del siglo XVI y, sobre todo, en las primeras décadas del siglo XVII en el norte del país. En un lapso muy breve de tiempo los jesuitas construyeron casi una veintena de edificios, algunos completamente desaparecidos y otros impresionantes como catedrales y residencias que aún se conservan total o parcialmente. Nuestro proyecto, además de documentar y estudiar estos restos prácticamente desconocidos, trata de comprender el papel de la arquitectura jesuita en el complejo mundo de relaciones entre los religiosos europeos, la aristocracia etíope y las comunidades indígenas donde se asentaron los misioneros. El proyecto de Marruecos está centrado en Oukaïmeden, un valle del Alto Atlas marroquí famoso por sus grabados de arte rupestre. Este valle se encuentra a más de 2.000 metros de altitud y ha sido utilizado desde la Prehistoria por pastores que todavía hoy suben durante el verano buscando pastos frescos para el ganado. Con la ayuda de un equipo integrado por arqueólogos, geólogos, topógrafos y palinólogos se ha tratado de reconstruir el clima y la ocupación del valle desde el Neolítico -unos 4.000 años a.C.- hasta la Protohistoria, que termina con la conquista musulmana. Se han combinado excavaciones arqueológicas, la documentación y el estudio de más de mil grabados de arte rupestre, la reconstrucción paleoclimática del valle y el análisis del paisaje para tratar de ofrecer una interpretación de cómo las sociedades prehistóricas ocuparon, marcaron y explotaron el valle durante milenios.
¿Qué instituciones los han financiado?Aunque los dos proyectos son muy diferentes, la base de la financiación ha sido el programa de Proyectos Arqueológicos en el exterior financiado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte a través del Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE). Este programa constituye la base de financiación de gran parte de los proyectos arqueológicos en el exterior, y desde su implantación en 1999 ha desarrollado un papel fundamental en la expansión de la arqueología española fuera de nuestras fronteras con un balance, en mi opinión, enormemente positivo. En el caso de Marruecos, hemos contado además con financiación a través de los Planes Nacionales de I+D+i del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, mientras que en el caso de Etiopía hemos recibido ayudas complementarias de la Agencia Española de Cooperación Española (AECID). Desde un punto de vista estrictamente científico y tecnológico, ambos proyectos han supuesto la colaboración de más de una docena de instituciones y universidades españolas y extranjeras, y han involucrado a más de una treintena de investigadores.
¿Es posible comparar a Marruecos y Etiopía en cuanto a potencias arqueológicas? Aunque el patrimonio arqueológico de ambos países es impresionante, lo cierto es que presenta situaciones muy diferentes como resultado de su posición geográfica, trayectoria histórica, influencias culturales o tradiciones académicas. Etiopía es uno de los países más interesantes arqueológicamente hablando por combinar influencias y tradiciones del mundo mediterráneo, de la Península arábiga, del Índico, del Valle del Nilo y del África subsahariana, que han dado lugar a culturas y sociedades originales con restos materiales muy emblemáticos como las iglesias excavadas en roca de Lalibela, los obeliscos de Aksum o los palacios de Gondar. Además, en su territorio se han hallado algunos de los restos más antiguos de la Humanidad como la famosísima Lucy. En Marruecos, por su parte, destaca una cultura protohistórica riquísima -denominada genéricamente cultura líbico-beréber- que se extiende por todo el Norte de África y el Sahel, y que ha dejado numerosos restos arqueológicos en el país. Además, su posición geográfica ha hecho que las influencias del mundo mediterráneo sean muy fuertes y, puesto que parte de su territorio formó parte del Imperio romano, hay numerosas ruinas de este periodo, incluidas ciudades muy bien conservadas como Volubilis. Otro de los grandes activos del patrimonio arqueológico marroquí es su interesante arte rupestre, menos conocido que el de Libia o Argelia, pero de un gran valor arqueológico y artístico. Aunque de cara al gran público puede resultar menos interesante, Marruecos presenta yacimientos paleolíticos muy interesantes para estudiar los movimientos de poblaciones en el Mediterráneo hace decenas de miles de años.
A excepción de Egipto, ¿el resto de países africanos tienen en consideración su patrimonio?Es un tema que ha sufrido una transformación radical en las últimas décadas a medida que ha crecido el interés por la arqueología africana y, sobre todo, desde que las poblaciones de este continente han ido tomando conciencia del potencial del patrimonio arqueológico como herramienta para atraer turismo, contribuir al desarrollo económico y mejorar el conocimiento de su pasado. Por supuesto, tratar de generalizar sobre todo un continente es muy difícil, pero sí es evidente el aumento del interés de las autoridades por documentar, conocer, preservar y proteger promocionar su patrimonio arqueológico. Dentro de esta tendencia general hay muchas amenazas para este patrimonio: guerras, vandalismo, robos, infraestructura o falta de recursos económicos que han afectado y, en ocasiones, destruido grandes yacimientos. Sin embargo, dejando a un lado estos episodios que podríamos denominar "traumáticos", la tendencia generalizada es positiva. El avance en la redacción de códigos legales que regulan la protección del patrimonio, la creación de museos nacionales, cuerpos de conservadores y arqueólogos profesionales, y la sensibilización de instituciones como la UNESCO, fundaciones, universidades y centros de investigación de fuera de África son iniciativas que han contribuido a concienciar a la opinión pública africana de la importancia de conocer y proteger su pasado. Sin embargo, creo que la verdadera clave para la conservación del patrimonio arqueológico africano reside en el trabajo con las comunidades locales donde se localizan los yacimientos, educando y explicando la importancia de estos restos para su propia identidad.
¿Cuál es su estado de conservación?En un continente como África, con zonas rurales donde a menudo la autoridad del gobierno es muy débil y el desconocimiento sobre conceptos como prehistoria o arqueología es absoluto, la única manera de proteger el patrimonio arqueológico es hacer que estas comunidades lo hagan suyo. En cuanto a la conservación del patrimonio arqueológico, de nuevo la situación varía mucho dependiendo del yacimiento, de la trayectoria histórica de cada región o país, o de factores como el clima. Sin embargo, la existencia de numerosas zonas rurales, la menor presencia de grandes infraestructura o el menor peso del turismo han hecho que la destrucción y presión sobre el patrimonio arqueológico haya sido históricamente menor que en continentes como Europa, y que haya aún enormes zonas del continente poco conocidas arqueológicamente. En este sentido, creo que la arqueología africana parte con una gran ventaja: la posibilidad de organizar su crecimiento económico de manera coherente y respetuosa con el patrimonio, aprendiendo de los errores y aciertos de otras regiones del mundo.
¿Qué conocimiento hay en la comunidad científica sobre la arqueología africana?En la comunidad arqueológica española, escasísimo. Dejando de lado todo lo relacionado con el origen de la Humanidad, algunos aspectos del arte rupestre sudafricano o norteafricano y los temas que tengan que ver con el Mediterráneo y Egipto, el desconocimiento no sólo arqueológico sino de la geografía, historia o cultura africanas es enorme. Además sigue prevaleciendo esa imagen de África como un lugar inhóspito y peligroso, en el que investigar tiene aún un gran componente de aventura. Esta situación obedece a la confluencia de varios factores históricos. Por una parte, la arqueología española estuvo bastante aislada durante la dictadura franquista, lo que provocó un cierto conservadurismo a la hora de elegir los temas de investigación, que en su inmensa mayoría se centraron en España. Más adelante, el interés dedicado a la arqueología regional como consecuencia de la creación de las autonomías ha dirigido la mayoría de los proyectos de investigación hacia una arqueología de ámbito local o regional. Por otra parte, hay que tener en cuenta que desde un punto de vista histórico, la ausencia de colonias españolas de relevancia en África limitó el desarrollo de una arqueología colonial que luego pudiera ser reconducida hacia proyectos de colaboración tras la descolonización, como ocurrió con países como Francia o el Reino Unido. Tampoco hemos tenido como prioridad la creación de escuelas arqueológicas en otros países, como las sedes del Instituto Arqueológico Alemán o la British School of Athens. La única excepción es la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma, con más de cien años de historia. Tampoco ha existido hasta época reciente una preocupación en las instituciones públicas españolas por financiar de manera regular y suficiente este tipo de proyectos.
¿Son muchos los expertos dedicados a esta especialidad? ¿Hay suficiente obra publicada al respecto?Todas las circunstancias que acabo de describir han hecho que históricamente el interés de los investigadores españoles por la arqueología africana haya sido muy escaso, aunque también ha habido excepciones como las excavaciones en Egipto y Sudán desde los años 60 o excavaciones en el Norte de Marruecos, el Sáhara Occidental o Guinea Ecuatorial mientras fueron colonias españolas. Sin embargo, estos proyectos fueron en general iniciativas aisladas y no sentaron las bases de una verdadera escuela de arqueología africana en España. A mediados de los años 80 los arqueólogos que excavaban en África podían contarse con los dedos de la mano. Actualmente, la situación ha cambiado radicalmente. La llegada de nuevas generaciones de arqueólogos españoles, con intereses más globales y cada vez más integrados en las corrientes investigadoras europeas y norteamericanas, ha hecho que se superen muchas de las reticencias tradicionales hacia la investigación en África. Sea siguiendo a los investigadores ya veteranos o desarrollando nuevos proyectos, lo cierto es que en las últimas dos décadas la arqueología española en África está viviendo un momento dorado. En lo últimos años se ha producido una verdadera expansión de proyectos arqueológicos, no sólo en países donde ha habido investigación española previa, como Marruecos o Egipto, sino que por primera vez se ha comenzado a investigar en países del África subsahariana como Etiopía, Tanzania o Ghana. En algunos casos, como el proyecto dirigido por el profesor de la Universidad Complutense Manuel Fernández Domíguez, en yacimientos tan famosos como Olduvay (Tanzania), uno de los lugares clave para estudiar el origen y la evolución del ser humano. El aumento del interés por África en la arqueología española también se ve en otros indicadores: la creación en la Universidad Complutense de Madrid de un grupo específico de arqueología africana y la incorporación de asignaturas sobre este tema en los temarios, la defensa de tesis doctorales y la incorporación de investigadores españoles a proyectos internacionales centrados en el continente africano, como es mi caso. Aunque aún tiene un carácter modesto, si se compara con la desarrollada por otros países como Francia, Reino Unido, Estados Unidos e incluso Italia o Alemania, la arqueología española en África tiene un futuro prometedor a largo plazo.
Ahora mismo trabaja en un proyecto del Museo Británico sobre arte rupestre africano. ¿En qué consiste?En enero de este año me he incorporado al Museo Británico para trabajar en un
proyecto de catalogación de una colección de 25.000 fotografías de arte rupestre africano donadas por la Trust for African Rock Art (TARA), una institución que durante las tres últimas décadas ha fotografiado y documentado arte rupestre de todo el continente. El proyecto está financiado por Arcadia, una fundación comprometida especialmente con la protección de patrimonio natural y cultural amenazado en todo el mundo. Esta colección no sólo será accesible íntegra y gratuitamente a través del catálogo online del Museo Británico, sino que se difundirá a través de redes sociales y se facilitará su acceso desde teléfonos móviles, algo fundamental en poblaciones como la africana, donde cada vez más gente tiene acceso a Internet a través de dispositivos móviles. El proyecto de imágenes de arte africano supone, por tanto, poner a disposición del mundo un conjunto excepcional de imágenes que pueden ser aprovechadas con fines educativos, investigadores, de difusión o de protección del patrimonio. En regiones donde el acceso a libros científicos es caro y complicado, el proyecto en el que participo puede suponer un paso de gigante en la democratización del conocimiento del pasado, el patrimonio y la arqueología africanas. Como es comprensible, este proyecto representa también un reto enorme. No se trata simplemente de subir 25.000 imágenes a Internet, sino que como objetos de la colección del Museo Británico cada fotografía tiene que ser descrita, contextualizada y catalogada de manera exhaustiva. Teniendo en cuenta la increíble diversidad geográfica y cronológica de la colección -que abarca una veintena de países y cronologías que van desde aproximadamente el 10.000 a.C. hasta el siglo XIX-, el proceso de catalogación exige un gran esfuerzo de estudio y documentación para su correcta contextualización. Se trata de uno de los aspectos más bonitos del proyecto, es decir, la posibilidad de estudiar y conocer un fenómeno tan interesante como el arte rupestre a una escala continental, algo impensable en otro tipo de proyectos geográficamente mucho más concretos.
El hecho de que sea un museo británico el encargado de poner en marcha esta iniciativa invita a pensar en el Reino Unido como el país, o al menos uno de los países, más interesados por la arqueología africana. ¿Es correcto?Efectivamente, el Reino Unido es sin duda uno de los países punteros en la investigación africana por muchos factores. En las áreas de la arqueología, la antropología y la historia destacan algunas de las instituciones más importantes del mundo, como la School of Oriental and African Studies (SOAS), con sede en Londres, el grupo de arqueología africana del McDonald's Institute de Cambridge o la sección de África del Departamento de África, Oceanía y las Américas del museo Británico, donde trabajo actualmente, junto a decenas de grupos de investigación, instituciones y bibliotecas especializadas. Esto hace del Reino Unido -y más concretamente, Londres- uno de los sitios privilegiados para trabajar en este tema. Otros países punteros son Francia y Estados Unidos. Desde un punto de vista más modesto hay países que han desarrollado líneas de investigación y colaboración muy fecundas con la arqueología africana. Es el caso de Italia con Etiopía y Libia, o de Alemania, con instituciones muy prestigiosas como el Centro de Estudios Etíopes Hiob Ludolf. Incluso países como Suecia o Polonia, con una escasísima relación histórica con África, han participado en este proceso. La Universidad de Uppsala, por ejemplo, ha realizado un ejemplar trabajo de investigación y promoción de la arqueología en África oriental. En el caso de Polonia, el Centro polaco de arqueología mediterránea ha coordinado la investigación polaca en Egipto y Sudán, y se ha convertido en un centro de referencia internacional. Quizá estos últimos ejemplos son los que mejor podrían marcar el camino para la arqueología española en África, ya que demuestran con una buena organización y unos recursos modestos se pueden obtener unos resultados notables, tanto en su vertiente académica como en aspectos más relacionados con la colaboración internacional y la protección del patrimonio arqueológico. Aunque la arqueología española en África, como conjunto, todavía se encuentra un paso por detrás de los países citados, lo cierto es que el futuro es prometedor si se asegura una financiación mínima y la entrada de nuevas generaciones de investigadores en las instituciones científicas.