La última novela de Donna Tartt asombra por su extensión: casi 1200 páginas recogidas bajo un título paradójico, El jilguero, evocador de un animal caracterizado por su pequeño tamaño, su cría en cautividad y su delicado aspecto. El volumen imponente de la novela y el tiempo que en su escritura ha empleado la autora -más de diez años- son dos cuestiones que pueden condicionar, para bien o para mal, la percepción de la novela antes de su lectura. La obra viene además precedida por el éxito de los dos títulos anteriores de Tartt, especialmente el primero de ellos, El secreto, novela escrita a principios de los años 90. El jilguero ha recibido el Premio Pulitzer de novela en 2014, dato que completa el bosquejo inicial de informaciones y apreciaciones sobre la novela que seguramente acompañe a muchos lectores antes de pasar la primera página.
La novela se inicia con una escena inquietante: un joven permanece encerrado en una habitación de un hotel de Ámsterdam por un motivo que desconocemos. Sabemos que huye de algo, que es buscado y perseguido y que esa situación le causa una fuerte angustia. Tiene frío, tiene miedo, tiene pesadillas y tiene recuerdos. Con la primera de sus evocaciones del pasado arranca la justificación de su extraña situación, un testimonio que se extiende a lo largo de las siguientes mil páginas y que constituye la trama de El jilguero.
“Me habrían ido mejor las cosas si ella hubiera vivido”: con esta afirmación comienza el protagonista, Theo Decker, la narración del periodo de su vida comprendido entre los trece y los veintinueve años. Un atentado en el Metropolitan Museum de Nueva York causa un gran número de víctimas. Theo y su madre se encontraban esa mañana visitando una exposición, casi por casualidad, para hacer tiempo mientras esperaban a que cesara la incómoda lluvia que convierte la ciudad en un auténtico caos. La madre de Theo muere en el museo, pero él consigue escapar llevando consigo un anillo y un cuadro, El jilguero, de Carel Fabritius, uno de los lienzos favoritos de su madre.
A partir de entonces, la apacible existencia del protagonista, en la que abundaban los paseos por la ciudad con su madre y las salidas al cine o a cenar, cambia radicalmente. Ya no hay un hogar al que regresar, la desubicación y la ausencia de arraigo emocional serán una constante en la vida del joven. La culpabilidad por la muerte de su madre, unida a la necesidad de un verdadero consuelo alejado de fórmulas tópicas se instalan en su día a día de forma permanente. El cuadro de Fabritius actúa en este contexto como un bálsamo y un veneno simultáneamente: supone un doloroso recuerdo del atentado y la tarea de ocultarlo le genera grandes dosis de ansiedad, pero también constituye una suerte de vínculo con su madre, con sus gustos tan distintos a los de su padre, con su delicada belleza, tan atípica como el lienzo del pintor holandés.
El jilguero es el título de un enigmático cuadro que Carel Fabritius pintó en 1654, el mismo año en el que murió accidentalmente a causa de una explosión. Ese lienzo, que impactó vivamente a la escritora norteamericana Donna Tartt cuando lo contempló por primera vez, supone un elemento fundamental en la trama de la novela: uno de los objetivos de Theo -y en muchos momentos de su vida casi el único- es ocultar y proteger el cuadro. A medida que transcurre el tiempo se da cuenta del peligro que entraña esconder una obra de arte cuyo valor apenas es capaz de concebir.
Theo pasa una parte de su juventud en Las Vegas con su padre, un actor secundario fracasado y adicto al alcohol, al juego y al lujo, y su novia, la excéntrica Xandra, opuesta en todo a su madre. Allí conoce a un personaje determinante en la trama, Boris, un peculiar joven de orígenes rusos. El protagonista descubre durante su estancia en el desierto un mundo en el que todo parece estar dominado por las apariencias y el vicio. El alcohol y las drogas que comparte con Boris le permiten alterar su percepción de un entorno extremadamente hostil y asfixiante. La autora indaga en la distorsión de la percepción de sus personajes a través del recurso al sueño, a la enfermedad o al consumo de sustancias estupefacientes. Buena parte de la narración del periodo que el protagonista pasa en Las Vegas se dedica a indagar en sus experiencias y sensaciones con las drogas, como muestra de la soledad y ausencia de control que domina la vida del personaje. En los escasos momentos de lucidez del protagonista, éste se pregunta cómo ha podido acabar abandonado y descuidado en medio del desierto de Las Vegas.
Tanto Las Vegas como la ciudad de Nueva York, los dos principales espacios en los que transcurre la acción, se recrean con acierto y permiten al lector acompañar a Theo en sus andanzas por el desierto o por las concurridas calles de la Gran Manzana. Menor maestría, sin embargo, demuestra la autora al abordar el peregrino enamoramiento del protagonista por una joven pelirroja que conoció el día del accidente del museo. Aunque en ocasiones se describe a Theo como víctima de un amor arrollador, no asistimos a la forja de ese sentimiento ni se ofrece la imagen de un personaje enamorado, lo que resta credibilidad a la emoción.
Parte de la crítica ha señalado la deuda de la autora en esta novela con Dickens o Dostoievski. El jilguero contiene muchos de los ingredientes que caracterizan a las novelas de formación y la misma autora ha admitido ser una gran lectora de las obras de Dickens. Curiosamente, la joven con la que Theo sueña desde que la vio por primera vez en el museo se llama Pippa y puede interpretarse como un trasunto de la Estela de Grandes esperanzas. Otros personajes también permiten una lectura en clave dickensiana. La productora Warner Bross ha comprado los derechos de la obra, por lo que será posible asistir al desenlace del periplo de Theo Decker -cautivo, pequeño y delicado, como un jilguero- en la gran pantalla.