www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Un testimonio muy curioso acerca de Felipe VI

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 05 de septiembre de 2014, 20:11h

Ni siquiera sus mayores adversarios y enemigos -de los que no estuvo, ni mucho menos, falto- negaron a D. Ramón Carande una y acusada personalidad. La fuerza, el vivo y recio carácter y la poderosa inteligencia del gran palentino afincado en Sevilla hasta ser uno de sus más entrañados vecinos se expresaban en cualesquiera de sus gestos y palabras, trasmitiendo a sus colocutores una impresión imborrable de singularidad y genio. Quizá más prototípico de la figura de “viejo profesor” que el catedrático madrileño que la encarnara de modo insuperable mediática e imperialmente en la aurora y consolidamiento de la democracia –el alcalde de Madrid D. Enrique Tierno Galván-, atuendo, gustos, conversación y hasta tics provocaban en su interlocutor la imagen y comportamiento de los docentes universitarios salidos del gran y fecundo vivero de la Institución Libre de Enseñanza. La ostensible huella inglesa de ésta y los hábitos más generalizados en el profesorado de la Alemania de Guillermo II (1890-1918) en la que tan provechosamente trascurriera su etapa de preparación para la cátedra, proporcionaron a sus costumbres y actividad un talante nítidamente englobado en las pautas y cánones más clásicos del catedrático del hoy tan denostado antiguo régimen de nuestra Alma Mater.

Liberal, pues, y siempre en los aledaños por convicción, ambiente y amistades, de la “niña bonita”, su inclinación por un sistema que pudiese establecer en su país el tan admirable a sus ojos como el de la República de Weimar –que tanto encandilase a numerosos de sus colegas- le haría militar en el arranque de la española de 1931 en el pequeño partido liderado por D. Manuel Azaña, reclutador de un alto número de notables y en cuyas elitistas filas, conforme se recordará, abundaban los cuadros docentes de Instituto y Universidad. Fue tal su predicamento en la influyente formación, que su propio líder le designó in pectore para regiduría de un ministerio muy “andaluz” por su alumbramiento y desempeño: el de Comunicaciones. Los acelerados avatares de la vida política de la época impedirían por muy poco que el antiguo Rector de la Hispalense se hiciera cargo de tan alta responsabilidad gubernamental, sin que tal hecho restase un ápice a su prestigio y autoridad en las esferas dirigentes de la nación, conforme lo demuestran, entre otros de igual relevancia, el puesto que ocupase en el rumbo de los destinos del Banco Urquijo. Situación mantenida incluso en los días del primer franquismo, merced en especial a la devoción que por él sintiera uno de los prohombres de la nueva España: el ministro y financiero Pedro del Castillo. Símbolo viviente en la Sevilla de los cincuenta y sesenta del mejor patrimonio de la España de los treinta, el advenimiento de la democracia trajo consigo, si ello era posible, una revalorización y, desde luego, un revival de su figura y antiguas actividades, debido en parte considerable a la admiración de que fuera objeto del lado de Alfonso Guerra, en otro tiempo proveedor acucioso, junto con D. Lorenzo Blanco -¿no hay ningún doctorando sevillano que se embarque en la reconstrucción de su impar librería?- de las novedades bibliográficas que en el terreno de su especialidad y, de manera muy particular, de re políticademandaba incesablemente D. Ramón.

Pese a los mil azares y explicables condicionamientos a que, como los de toda su naturaleza, está sometida la concesión de los Premios Príncipes de Asturias, la designación del mayor de nuestros historiadores de la economía moderna y aún de varios capítulos de la contemporánea resultaba de todo punto obligada. En la convocatoria de los de 1985 se materializó dicha deuda, contándose como dato no menor de la circunstanciada rememoración que el propio autor de Carlos V y sus banqueros hiciese en su delicioso Libro de Viajes (Badajoz, 1993), con introducción y notas de su primogénito Bernardo Víctor Carande: “… y a continuación la marcha real, que escuchó todo el público en pie así como SSMM en un palco precisamente frontero del nuestro (diremos también para que no falte nada que cuando se conoció mi nombre y me acerqué a la mesa presidencial para recoger el diploma retuve la mano del Príncipe y le dije algo así parecido a esto: “Señor, doy las gracias a VA y a la fundación Príncipe de Asturias en la que parte tan principal ocupa su presidente don Pedro Masaveu hombre opulentísimo” añadí que auguraba para el Príncipe un largo principado en el que tendría ocasión de seguir aprendiendo cerca de su padre hasta el día remoto en que continuase en el trono la tarea que inspiraba y oportunísima siempre e incansable. Sonreía el príncipe cuando lo escuchaba y parece ser que también sonreían sus Majestades ante lo insólito de aquella intervención no programada (…) Pasamos después a cumplimentarlos y tuve ocasión de saludar al Rey, a la Reina y al Príncipe y expliqué a la Reina que como muchos españoles lleva al Príncipe en mi corazón. Le pedí retratos que dijeron me mandarían y no creo llegase a despedirme con más palabras”. Pp. 256-57.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios