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ESCRITO AL RASO

Bacall se reúne con Bogart: adiós, Flaca

David Felipe Arranz
lunes 08 de septiembre de 2014, 20:21h

Se convirtió en una sofisticada seductora y pasó de niña a mujer en unos meses, de la mano del matrimonio Hawks. Hizo su debut en los teatros de Broadway en 1942, con 17 años, como Betty Bacall en Johnny 2x4. Lauren Bacall es una de esas mujeres que van tomando la forma de nuestra vida, de las que vuelven lo frío cálido con solo entrar por la puerta y a la vez son tan lejanas en la habitación del hotel.

Bogart y Bacall se casaron en 1945, dieciocho meses después de conocerse en el rodaje de Tener y no tener: ella tenía 19 años muy maduros y él 44 bien fogueados en el noir: ambos valientes, saltándose la hipocresía social, encontraron la felicidad y fueron la envidia de todos. Fue descubierta por la mujer de Hawks en la célebre portada de Harper’s Bazaar. Aconsejado por su esposa, el director puso su nombre en la lista de candidatas para su siguiente filme y la secretaria de rodaje llamó a Nueva York a la, por entonces, jovencísima modelo publicitaria, con el fin de hacerle una prueba.

De aquel fortuito encuentro visual de la esposa de Hawks se sucedió la inclusión de Bacall en El sueño eterno (1946), basada en la novela de Raymond Chandler y con guión de William Faulkner, Jules Furthman y Leigh Douglass Brackett ya la que la crítica tachó en su día de inmoral y violenta. Le siguieron varias maravillas: La senda tenebrosa (1947), Cayo Largo (1948) –variante clásica de La jungla de cristal–, El trompetista (1950) –con su amigo Kirk Douglas–, El rey del tabaco (1950) –su frescura fagocita la sexualidad volcánica de Patricia Neal– y la sobrevalorada revista musical Cómo casarse con un millonario (1953).

La Bacall era una muy otra mujer, de raza y temple maduro, muy Ava Gardner. Uno se atrevía a amar a Bacall cuando se sentía Bogart y se cruzaba con ella esa mirada cínica y dulce, propia de una personalidad con mucho estilo. Porque no nos equivoquemos: Bogart se convirtió en semidiós en gran medida porque lo amaba Bacall. Y no hay Bogart sin Bacall, por cuanto ella daba toda la temperatura a la escena, toda la atmósfera de la que era capaz –que era mucha–. De esbeltez cálida, transmitía una tímida lucidez, demasiado para un hombre cobarde: su habla era vividera, grave y reclamaba a su lado a un hombre: primero Bogart y, a su muerte, el gran Jason Robards, el bandido Cheyenne de Hasta que llegó su hora. Cuando se separó de él, vivió sola muchos años: prefería la soledad a no estar con el hombre adecuado, ya en los tirones lejanos de su vida. En los brazos de Bogart emitía ese maullido grave y sonriente tan de cine negro y los espectadores incorporábamos esa memoria a nuestra vida no vivida, como un efluvio de la memoria eterna de aquella Flaca que nos arrulló con su mucha y secreta biografía.

También la Bacall es un gesto político. Apoyó abiertamente a los diez de Hollywood a través del Comité para la Primera Enmienda cuando el senador McCarthy “disparaba” contra la “amenaza” comunista. Ni corta ni perezosa Bacall dijo a la prensa que “cualquier investigación sobre las creencias políticas de un individuo es contraria a los principios básicos de nuestra democracia”, aunque luego Boggie se echó para atrás de izquierdoso en Photoplay porque había que comer: él estaba, según sus propias palabras, “tan cerca del comunismo como J. Edgar Hoover”.

Bautizó al clan de Sinatra como el Rat Pack y a medida que fue cumpliendo años se fue pareciendo a la belleza serena y a la vez volcánica de Charlotte Rampling. Porque ella, con la cotidianidad, jamás perdió misterio ante nuestros ojos. Seguimos creyéndonos que ella nos mira, hecha cuerpo mitológico del celuloide, en los cafetines californianos bañados por la luz sucia que enturbia el humo del cigarrillo. Hemos soñado con ella, poniendo su cabeza en nuestro hombro mientras nos contempla divertida con esa mezcla de cinismo y complicidad para siempre, apartando ligeramente su pelo para vernos mejor. Sus ojos se clareaban con las sombras de la noche y los escasos haces de luz de los luminosos de las grandes avenidas que filtraban los visillos licuaban el mineral de sus pupilas, tan verde.

Lauren Bacall se ha hecho así luz en la luz del cine. Una luz osada y maravillosa fotografiada en blanco y negro pero que recordamos con el color de sus ojos.

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