Regreso a España. Dos años fuera y todo sigue igual. El tiempo no existe. Una joven con acento argentino da un discurso, en Madrid, sobre la igualdad y la libertad de los españoles, mientras que miles de personas, en Barcelona, se manifiestan porque odian a España, no quieren ser españoles. Gentes sensatas, incluidos algunos políticos, escuchan en silencio a la parlamentaria. Termina el acto y resuenan aún los ecos de las palabras. La melancolía inunda el ambiente de la vieja checa del Bellas Artes. La gente se saluda y otros se miran de reojo. Muchos son los que se alzan de hombros sin saber qué decir. Acaba el acto político y los asistentes hablan de cosas menudas, comentan con agrado la puesta en escena de los organizadores. Se respira un aire raro, aunque todo me parece limpio. Junto a los que no se pierden este tipo de actos, asisten miembros del Gobierno y mucha personas de la Fundación FAES. También hay militantes de otros partidos, incluidos los socialistas, que se han dejado ver por el viejo edificio de Palacios.
Saludo a unos y otros. Y escucho. Todo lo que oigo es efímero. Pareciera que nadie quiere hablar de verdad. La elusión de los discursos cede el paso a los silencios absolutos. El ruido y el silencio van de la mano. Al fin, acierto a oír las palabras de un famoso escritor con acento peruano: “España está en peligro, se rompe, porque muchos no quisieron tomarse en serio a los nacionalistas”. Estoy de acuerdo. Es un titular excelente para el periódico que no sólo aloja sus artículos, críticos con el nacionalismo, sino que a la par ayuda al fomento del nacionalismo catalán. Dicho sea de paso, no ha sido el único periódico que se ha sentado entre dos sillas. Se diría que todos siguen en su lugar. Todos saben muy bien lo que quieren. Pocas son las novedades, pero una merece destacarse: Los medios, definitivamente, se han convertido en fines. España es la de siempre.
Salgo a la calle y aún alcanzo a ver por unos minutos el alto cielo de azul radiante. Mi vida. Mi luz. Mi patria. Breve es la visión. Empieza el ocaso. El murmullo de la calle me protege de la nostalgia. Enfilo hacia Sol, pero un Guardia Civil me detiene, junto a otros viandantes, a la altura del Ministerio de Educación. Tenemos que dejar paso a que salga una autoridad. Al instante, un cochazo con los cristales ahumados cruza la acera y gira por la calzada camino de Cibeles. Dejo la sede del Ministerio a la izquierda y me pregunto:¿Quién irá adentro? ¿Quién sabe? Me da igual, pero creo que todos los que han habitado ese recinto, desde 1978 hasta hoy, son responsables directos de que yo haya vuelto a visitar el Bellas Artes para escuchar algo decente con acento argentino y peruano. Maldigo a todos los que me han hecho asistir al acto del Bellas Artes, porque yo sólo quería pasear por Madrid. Por el Retiro.