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CRÍTICA DE TEATRO

El loco de los balcones, de Vargas Llosa

domingo 12 de octubre de 2014, 11:00h
El loco de los balcones, de Vargas Llosa
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Acertado montaje de Gustavo Tambascio, donde brilla la interpretación de José Sacristán.
El Teatro Español prosigue con su encomiable iniciativa de subir a las tablas la obra teatral del Premio Nobel de Literatura. Ahora en un acertado montaje de Gustavo Tambascio, donde brilla la interpretación de José Sacristán y se revela como más que prometedora actriz la joven Candela Serrat.

El loco de los balcones, de Mario Vargas Llosa
Director de escena: Gustavo Tambascio
Escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda
Intérpretes: José Sacristán, Candela Serrat, Fernando Soto, Javier Godino, Alberto Frías, Emilio Gavira, Carlos Serrano y Juan Antonio Lumbreras
Lugar de representación: Teatro Español (Madrid)

Por RAFAEL FUENTES

Mario Vargas Llosa sabe distinguir con perspicacia las diferencias entre la novela, el género que le proporcionó fama mundial, y las exigencias del teatro, pero no renuncia a utilizar hábilmente eficaces recursos comunes a ambos. En este caso, el comienzo in media res, en un momento culminante, grave, crítico, para presentarnos a su héroe el profesor Aldo Brunelli en el instante en que un borracho nocturno lo descubre a punto de suicidarse por ahorcamiento en uno de los célebres balcones de la antigua Lima colonial. Con su curiosidad, el simpático y noctámbulo alcohólico le salva la vida con su diálogo y a través de este los recuerdos del profesor suicida se materializan ante nuestros ojos. El profesor Brunelli es un idealista exiliado de Italia que ha lanzado una auténtica cruzada contra la destrucción de los viejos edificios coloniales de la capital peruana a golpe de piqueta y excavadora -estamos en los años 50 del pasado siglo-, para dar paso a construcciones frías y funcionales que caracterizan la monótona fealdad de la nueva arquitectura. Los mudéjares balcones barrocamente labrados en madera son el símbolo y la quintaesencia de ese legado que se desmorona y esa belleza que se pulveriza dentro de la amnesia colectiva.

Todavía al comienzo del diálogo, Mario Vargas Llosa escribe para su personaje un soberbio “planto” como despedida de la exótica Ciudad de los Reyes en el tránsito de perder su alma y personalidad. Uno de los primeros “plantos” de la literatura en castellano se remonta al Cantar de Roncesvalles, donde Carlomagno lamenta ante sus cadáveres la muerte de Turpín, Oliveros y Roldán, abatidos por el enemigo en Roncesvalles. Aquí la extraordinaria elegía del “planto” de Brunelli se dirige al cadáver de una ciudad derrotada donde los insólitos edificios han sido derribados en la batalla, aunque lo fundamental es que encarnaban la esencia de una cultura mestiza con “negros y mulatos, vestidos de morado, en la procesión del Señor de los Milagros, o bebiendo y zapateando como en una saturnal”. Una urbe “anticuada, pintoresca, multicolor, promiscua, excéntrica, miserable, suntuosa, pestilente.”

Un “planto” tan sobresaliente -que no deja de ser un canto a lo mestizo y lo híbrido-, requiere un actor con singulares capacidades, y aquí lo ha encontrado en José Sacristán, quien lleva a cabo una de las interpretaciones más brillantes que le recordamos. La sobriedad en los reveses, la amargura inteligente, el alegato modulado con inflexiones y matices que impiden el engolamiento, constituyen un tono expresivo que José Sacristán borda con impagable destreza. Él marca la pauta, el compás del drama, y, también, el punto de vista, la visión de los hechos desde sus ojos de profesor de Historia del Arte. El director de la obra, Gustavo Tambascio, tiene el acierto de estructurar la puesta en escena con un diseño escenográfico que reproduce la perspectiva de Brunelli, una mirada eminentemente estética, dada al gran espectáculo, operística. Algo que Tambascio sabe recrear con eficacia después de haber pasado por la cátedra de Historia de la Ópera y haber subido a las tablas un repertorio lírico que incluye Norma, Salomé, Don Giovanni, La traviata, La sonámbula, Dido y Eneas… dentro de un extensísimo elenco.

El idealismo estético de Brunelli le permite rememorar sus confrontaciones con diversos enemigos de la belleza. Algunos ciertamente previsibles, como el que le contrapone al constructor Cápena, fiel creyente del progreso a toda costa y ávido por amasar una fortuna, o bien al corrupto funcionario Asdrúbal Quijano, expendedor de certificados para derribar edificios históricos a cambio de suculentos sobornos. Su apellido, Quijano, quizá le sirve a Vargas Llosa para recordarnos al famoso Caballero Andante de la Mancha cuando recobraba su prosaico juicio: Alonso Quijano, para remarcar así, por contraste, el Quijote limeño que simboliza su protagonista Brunelli. Pero entre estos contrincantes descuella sin duda su impresionante enfrentamiento verbal con Teófilo Huamani, joven de procedencia indígena, iconoclasta, revolucionario, defensor del evangelio marxista que odia la herencia colonial y sueña con hacer una violenta tabla rasa sobre la que erigir su utópica civilización nueva.

Este embrión de lo que muy pronto será el prototipo de guerrillero latinoamericano, posibilita que Vargas Llosa exponga a través de Brunelli algunas de sus convicciones más humanistas. Frente a la certeza fanática de que la Historia ha de avanzar a sangre y fuego, el humilde profesor italiano sostiene que “un país debe avanzar apoyándose en todo lo bueno que produjo.” Contra el estigma de la conquista como un simple genocidio, Brunelli recalca el lado positivo del encuentro de grandes civilizaciones creando una nueva mestiza: “Todo nace de mezclas y de tradiciones múltiples. La originalidad consiste en integrar lo diverso, añadiéndole experiencias y matices nuevos.” Eso representan los balcones limeños y por eso lucha en su favor. Se trata del combate de dos fanatismos. Un fanatismo peligroso, virulento, destructivo, el de Teófilo Huamani, frente al fanatismo idealista, integrador y benévolo de Aldo Brunelli.

Estos interesantes conflictos ideológicos no habrían sido suficientes para mantener en pie el drama, con su tendencia a estancarse mediante diversas variantes del mismo tema. En realidad la tensión dramática de El loco de los balcones subyace a la cruzada quijotesca de Brunelli y encuentra su verdadero soporte en la historia de Ileana, su hija. Ileana reproduce el esquema de la “Ifigenia” de la mitología griega, aprovechada por las grandes tragedias de Esquilo o Eurípides. Ifigenia acompañaba a su padre el rey Agamenón en su expedición contra Troya. En medio de la travesía el viento dejó de soplar y las divinidades exigieron que para continuar, el rey debía sacrificar a su hija Ifigenia en alta mar. El sacrificio de la hija, aquí Illeana, para que avance la misión del padre, Brunelli, es el que provee de auténtico dramatismo a la función, con sus meandros, ocultamientos y verdades reveladas. Una tarea que saca adelante con sorprendente pericia Candela Serrat. La joven actriz da veracidad, hondura, naturalidad, felicidad y desdicha, intensa emoción, al desarrollo de El loco de los balcones. Puede decirse que es el arranque más que prometedor de su trayectoria como actriz. Gracias a esta subtrama, que actúa como un sólido pilar escénico, la obra de Vargas Llosa rebasa con creces los límites de un alegato ideológico para entrar en la complejidad emotiva de un gran drama.

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