Hace unos años, me encontré con un compañero del despacho en el rellano de las escaleras, entre el bajo y el primero. Él estaba con un cliente, yo llegaba de la calle. Después de presentármelo e intercambiar cuatro frases de cortesía sobre el tiempo y el tráfico, se me ocurrió preguntar a mi colega si subía o bajaba. “No lo sé”, me contestó, “como soy gallego”. Hoy le pido, a él y a todos los nacidos en aquella deliciosa tierra, que me permitan “gallegizarme” unos minutos para adentrarme en las aguas que tan turbias discurren últimamente por el río de la información, amenazando con desbordarnos a su paso. Un caudal tan fluido, que nos impide detenernos a pensar. Y no se trata de que no quiera mojarme, es que ya no hago pie. Por ejemplo, en asuntos como el del referéndum de Cataluña. Dos horas sin conexión a internet en el Smartphone, y, de repente, me he perdido sin remedio. Y no me consuela siquiera contemplar la expresión de desconcierto en las caras de los periodistas durante la rueda de prensa. Tampoco, los corrillos de políticos en el Congreso preguntando a los diputados que tendrían que saber explicar lo que ocurría y que no podían hacerlo.
Pero a lo que iba, que no tiene nada que ver con el señor Mas. Aunque lo suyo también haya contribuido a ese estado de perplejidad y desorientación que aún me ronda por la cabeza. Por qué, de pronto, me sorprendo con que muchos de los que proclaman de continuo peleonas consignas en contra del imperialismo norteamericano y todo lo que de allí provenga, se han dedicado a comparar el tratamiento que ha hecho nuestro país en el asunto del ébola con el que, sin embargo, se ha llevado a cabo en Estados Unidos. “Eso sí que es un país”, dicen, y me cuesta salir mi propio asombro. Porque nadie parece tener en cuenta, que en esta rueda de la fortuna que es la vida a España le haya tocado ser la gaseosa del “experimento”. En definitiva, marcar la senda de lo que los demás países occidentales tienen que aprender para poner sus barbas a remojar a la hora de enfrentarse con el terrible virus que lleva décadas matando en África. Después del fatal contagio de Teresa Romero, los demás países se han apresurado a revisar el mismo protocolo con el que España afrontó el tratamiento de los repatriados, para que a ellos no les ocurra lo que también podría haberles ocurrido. Así que, aprendido que en Occidente hay paracetamol a espuertas que baja la fiebre indicadora de un posible contagio, habría que plantearse volver al mejor remedio: la cuarentena pura y dura. Los valientes que, como Teresa, se arriesgan a entrar a diario en el epicentro del virus, han de permanecer vigilantes y vigilados en todo momento durante 21 días, el periodo en el que se ha comprobado que el ébola puede permanecer al acecho esperando el momento de atacar nuestro organismo.
En Estados Unidos, el paciente liberiano que llegó al país ya contagiado y que falleció hace dos días, pasó también por las Urgencias de un hospital, donde le recetaron antibióticos y, cómo no, paracetamol, antes de mandarle de vuelta a su casa. De momento, ya hay dos enfermeras del grupo que le atendió que han dado positivo en los correspondientes análisis. El resto de personas que estuvieron en contacto con Thomas Eric Duncan, estarían ya en cuarentena, aunque es de esperar que algo más seria que la que se realizó los primeros días con su entorno familiar. Por lo visto, uno de los cuatro niños que estuvieron en riesgo, incluso fue a la escuela, y aún llaman la atención las imágenes de un voluntario entregando una bolsa de plástico con víveres a la puerta del domicilio de la mujer que iba a contraer matrimonio con su novio liberiano y que pasó, dramáticamente, de tomarse las medidas para el traje, a tomarse dos veces al día la temperatura. Para colmo de males, se ha sabido que la última enfermera a la que se ha confirmado el diagnóstico viajó en avión un día antes de notar los síntomas y, ahora, las autoridades tienen que advertir a los 132 pasajeros y tripulantes que viajaron con ella en el mismo vuelo de Ohio a Dallas.
En todo caso, aún más desconcierto debería de producirnos aquí que la familia y los amigos de otro de los afectados, el cámara estadounidense Ashoka Mukpo, lleven varios días recaudando fondos a través de la página GoFundMe para hacer frente a las facturas que empiezan a cumularse en el hospital de Nebraska donde se encuentra ingresado el enfermo. Se calcula que podrían alcanzar la suma de 500.000 dólares. Sobreviva o no, habrá que pagarlas. Llevan recaudados más de 45.000. Aunque la cadena para la que solía colaborar este joven reportero freelance, la NBC, ya ha dado la cara declarando a los medios que se está trabajando para encontrar una solución a este caso. Un caso, que vuelve a poner de manifiesto que, a pesar de los esfuerzos de Obama, aún queden muchos ciudadanos estadounidenses sin cubrir por los seguros privados de salud en un país cuyo Estado no garantiza una cobertura sanitaria general. Eso, en Europa nos parezca ciencia ficción.
Lo que, por fortuna, no es ficción son las donaciones que Mark Zuckerberg y el matrimonio Gates van a realizar para la causa del ébola en África – ojalá esta crisis sirva, por fin, para ayudar en ese continente al que tan poco solemos mirar-, de 25 y 40 millones de dólares, respectivamente. Asistir a la inmoral codicia de los gastos cargados a las tarjetas negras de la entidad financiera de la Plaza de Castilla, siempre provoca rechazo. Pero, en momentos como estos, da nauseas. ¿Se imaginan cuántos centros, cuantas camas, cuantas medicinas podrían comprarse con ese dinero que algunos han estado durante años despilfarrando? Aunque, tampoco nos engañemos, Paula Farias, portavoz de Médicos Sin Fronteras, aseguraba en una entrevista que claro que necesitaban medios económicos para seguir con su trabajo en África, pero que, sin manos, tampoco se iba a solucionar el problema. “Necesitamos manos, gente que quiera venir a trabajar allí con nosotros”, reclamaba.
Es cierto, hay muchas cosas sobre las que podemos compararnos a la hora de hablar de los gobiernos de los diferentes países del mundo, pero comparemos también a sus sociedades. A sus empresarios, a los directivos y empleados, a sus medios de comunicación. Por supuesto, a los miembros de las ejecutivas de partidos políticos y sindicatos. A cada uno de nosotros, con el de al lado. Y no puedo estar más de acuerdo con lo expresado por Javier Limón, marido de Teresa Romero, en un comunicado: “Deseo de todo corazón que cada niño que muere en África tenga el mismo eco que se dio a Excalibur, que el mundo se conciencie”. Es un gran desafío, una oportunidad para recoger el guante.Este miércoles, Cruz Roja Española lanzaba un llamamiento urgente para recaudar 300.000 euros y así poder reforzar de manera inmediata su respuesta frente al ébola en África, a través del centro de tratamiento creado en Sierra Leona y las actividades que desarrolla en Guinea Conakry y Liberia. La pelota está en nuestro tejado.