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ENTRE ADOQUINES

Los delirios de grandeza del "pequeño Nicolás"

miércoles 22 de octubre de 2014, 20:20h
Actualizado el: 22/10/2014 22:37h

Permítanme que me suba al poco original carro de escribir unas líneas sobre el ya tristemente famoso “pequeño Nicolás”, esa especie de “Antoñita la fantástica” que, a toro pasado y viendo las fotografías de sus hazañas, lo que realmente se antoja ciencia ficción es que alguien se creyera a ese mofletudo elemento con cara de haber roto – sí, de haber roto - miles de platos en su vida. Aunque “solo” fueran literales, es decir, de loza o cristal, y llenos de papilla. Que se fiasen de sus palabras, hasta el punto de entregarle dinero para hacer negocios o, simplemente, contactos de cara a la consecución de los mismos. Se habla de 65.000 euros, por el momento, y los presuntamente “timados”, no recuerdan, ni por procedencia ni por educación, a aquellos inolvidables personajes que en la ficción se creían más listos que el tonto interpretado por Tony Leblanc, indispensable en el tocomocho que “operaba” en los aledaños de la estación de Atocha. Es una cualidad humana, que en algunos países como el nuestro resulta incluso endémica, esta de creerse más listo que el resto. Y eso, unido a la codicia, sirve para que los ceros de un cheque virtual puedan nublar la vista de algunos en un “pispás”.

En todo caso, cuando saltó la noticia, la sensación predominante, al menos en mi caso, fue la de que, a la fuerza, tenían que faltar piezas en ese puzle que se nos aparecía, de repente, para distraernos un poco de las noticias importantes. Considero que lo de las fotos puede que sea lo de menos. Hoy en día, te pueden poner a caldo si eres “conocido” y no accedes a hacerte el selfie de turno con el primer muchachote simpático que se acerca. Como la mayoría no somos famosos, quizás no estamos muy duchos en la materia. Pero, piénsenlo, lo que menos nos caería sería la acusación de prepotente y altivo. Así que si el chaval, en este caso, Francisco Nicolás Gómez Iglesias, está dentro de un sarao y se aproxima sonriente para pedirte “con ilusión” que te retrates a su lado o, simplemente, se cuela en el ángulo de tiro de la cámara, como suele hacer el barbas que aparece detrás de las folklóricas, pues sonríes a su lado y punto. La historia es, ¿cómo demonios se ha “infiltrado” allí el sujeto de marras si no tiene quien le abra la puerta? Confieso que, como buena mal pensada que soy, durante los primeros momentos me sentí inclinada a pensar que el chico, del que aún no había trascendido su filiación, fuera ese borrón en la página heráldica de alguna familia de postín. Pero resultó que no. Que sus padres viven en un barrio normalito, que el padre es, al parecer, repartidor en paro, y la madre, como madre que es, estaba orgullosa de los logros de su hijo y no escatimaba en halagos públicos hacia su vástago.

Lo cual no ocurría, por supuesto, a la inversa. El trajeado crío, más bien, renegaba de su familia sin posibles y, cómo no, del barrio de Prosperidad, del que salió para buscar refugio, primero, en Chamberí con su abuela y, más tarde, en la exclusividad del chalet de El Viso, propiedad de Kiryl de Búlgaria y Rosario Nadal, sede de la empresa que le contrató como relaciones públicas. Los motivos de tan curiosa contratación aún se me escapan, pero, como decía al principio, es fácil ver las cosas a toro pasado o, al menos, eso me gustaría pensar. Antes que convencerme sin remedio de que aquí, en este mundo occidental y privilegiado nuestro, lo que cuenta de verdad es lo que aparentas ser y no lo que eres en realidad. Si sabes vender humo, ¿para qué demonios mancharte las manos encendiendo una puñetera hoguera? Porque, después, quiero decir, una vez en nómina, Francisco Nicolás, se dedicaba a montar fiestas en dicho domicilio, a acudir a todos los eventos posibles, a captar “primos” que soltasen efectivo, a hacer viajes en coches oficiales con chofer, y hasta con escoltas. En definitiva, a dar el pego y a pegársela al personal dispuesto a entrar con él en los delirios megalómanos que le han sido diagnosticados por los forenses de Plaza de Castilla. El asunto, en todo caso, dará para mucho todavía. Igual que el circo que se monta para que la gente no tenga que pensar en marrones, como, por ejemplo, el de que el ébola siga siendo una tragedia en África o que el EI haya considerado oportuno ampliar sus fronteras cinematográficas con lapidaciones de mujeres adulteras, porque ya estaba bien de “aburrir” al espectador con tanto yanqui degollado. Perdónenme el cruel cinismo, pero que sigamos llenando páginas y minutos con la historia de este enfermo mental que, en lugar del Mesías o Napoleón, se creyó asesor gubernamental o agente del CNI, a veces me provoca una profunda tristeza. También, estupor, como el que dicen que debió de experimentar en vivo la jueza o los policías que detuvieron a Nicolás y le interrogaron antes de ponerle a disposición judicial. “Ahora sí que no puedo volver a la facultad, porque soy trending topic”, afirmó, probablemente sintiéndose orgulloso miembro de una sociedad que fomenta la superficialidad con imágenes colgadas de las redes sociales que demuestren que somos “algo”. Solo quien no cree en sí mismo, sufre de un trastorno mental, tiene profundas carencias o se ha puesto como meta en la vida estafar, necesita ser ese algo fuera de su casa, fuera de su alma. “Cómo no voy a delirar, si llevo respondiendo a preguntas siete horas”, le soltó Gómez Iglesias a la jueza después de conocer el diagnóstico médico. Y se quedó tan pancho. Ahora, huye de la prensa, pero hasta que la medicación y los psiquiatras consigan cambiarlo, si es que lo hacen, el pequeño Nicolás seguirá creyéndose un crack dentro de sus delirios de grandeza. E intentando, por supuesto, que los demás se metan allí con él.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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