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ENTRE ADOQUINES

Corrupción: ¿dónde está el producto de nuestro sacrificio?

miércoles 29 de octubre de 2014, 20:15h

No es que con la “operación púnica” haya llovido sobre mojado, lo que ocurre es que ya no existen suficientes desagües para filtrar tamaña inmundicia. Imposible achicar un número tan elevado de casos de corrupción sin irnos a pique. Llevamos años intentando mantenernos a flote entre imputados, presuntos, encarcelados, detenidos o, simplemente, señalados. Nos movemos al son que marcan las noticias de registros, declaraciones, instrucciones de nuevas tramas, sumarios. La Audiencia Nacional no da abasto y marea pensar en los cientos de miles de folios acumulados en los correspondientes autos. Aunque, por fortuna, estemos en época de pen-drive y no sea de esperar, por el momento, que el edificio del otro lado de la Plaza de la Villa de París, que ahora se está remodelando, se quede pequeño antes de que regrese allí su personal desde la actual sede provisional de la calle Prim.

Hemos perdido la cuenta de los casos en los que nos han chuleado, nos han tomado por idiotas. Se han reído en nuestra cara. A los españoles, nos ha tocado asistir a ERES fraudulentos que indemnizaban a personas, que jamás habían trabajado en las empresas que solicitaban los expedientes de regulación, sólo porque eran amigos o familiares de aquellos que mandaban en el “cortijo”. A subvenciones públicas que, en lugar de financiar los cursos a desempleados, servían para pagar putas, alcohol y cocaína a una panda de egoístas descerebrados; y eso solo de aperitivo, claro, porque el plato principal consistía en comprar inmuebles. En algún caso, la juez Alaya ha contado hasta quince. El colmo de la codicia. Casi a la vez, nos hemos tragado la tostada de sobres blancos con dinero negro que pasaban de mano en mano, de maletines capaces de horadar el camino a recalificaciones con mucha más rapidez que cualquier excavadora, de reuniones secretas con amigos de primos o cuñados de amigos con el fin de asegurar al “paganini” de turno - normalmente un constructor que para eso somos el país del ladrillo - que sí, que ya se había untado lo necesario para que el negocio se llevara a cabo.

Sin solución de continuidad, nos hemos puesto colorados - porque la vergüenza ajena es a veces más auténtica que la propia - escuchando declaraciones de sastres, de vendedores de joyas o de agentes de viajes en sede judicial. Nos hemos tomado el café mirando perplejos facturas de globos y piñatas, de coches de alta gama, de puñeteros relojes de marca, de estancias en balnearios y hoteles paradisiacos. Nos hemos topado con unas tarjetas black, usadas sin escrúpulos y sin declarar, por los “elegidos” de una entidad financiera rescatada a base de los recortes sufridos por todos. Directivos, consejeros. De diferentes partidos políticos y sindicatos. Amigos todos, aliados en llevarse la pasta sin distinción de colores. Más extractos inmorales, esperpénticos, capaces de hacer regurgitar al esófago más resistente. Equipos electrónicos, salas de masaje, restaurantes, burdeles finolis, tiendas de lencería, cajas de champán y vino, vuelos, más hoteles. También, reintegros en efectivo para reformar la casa, replantar el jardín, cambiar de buga, pincharse botox, renovar el vestuario.

En Cataluña, han tenido que guardar luto por la honorabilidad de su ex presidente y escuchar a la miríada de empresarios que, abierta la presa, se han atrevido por fin a declarar que era así cómo se hacían las cosas. Y, para colmo, con una familia presidencial tan numerosa. Menudo holding. La familia Pujol sí que podría – presuntamente añado, para no acabar yo en pleitos – estudiarse en las prestigiosas escuelas de negocios como ejemplo de sinergia y de internacionalidad. Que tampoco es cuestión, por ejemplo, de negarle el mérito al pequeño de esta saga merecedora de un novelón de Ken Follet, Oleguer, con el abultado patrimonio familiar a su cargo. Un virtuoso en eso de hacer malabares con cuentas y entidades off-shore, yendo y viniendo de las Islas del Canal, las Antillas Holandesas, Andorra o Luxemburgo. Para que los billetes destiñeran después comprando en España, por ejemplo, 1.152 sucursales del banco Santander y 105 de Bankia. Yo soy el juez Santiago Pedraz, y me quito el sombrero. Y no grito Olé, porque puede que a Oleguer no le gustara una exclamación tan torera. “Bravo”, sí que le digo, porque a mí se me ocurre comprarme una moto al contado y al día siguiente tengo a Hacienda preguntándome de dónde ha salido la pasta.

Así que, en resumen, porque si sigo no acabo, la última operación, la “púnica”, nos ha pillado a todos tan cabreados, hartos y descreídos, que ni siquiera hemos podido recurrir al chiste, gran arma creativa con la que los españoles probamos a conjurar nuestras miserias. Solo que las miserias no son, en realidad, nuestras, son de otros. Sobran disculpas, solicitudes de perdón, exclamaciones de sorpresa y acusaciones de traición. Vengan del partido o del sindicato que vengan. Especialmente en un país donde, de acuerdo con el informe de Unicef “Los niños de la recesión: el impacto de la crisis económica en el bienestar infantil en los países ricos”, presentado este martes a nivel internacional, la pobreza infantil ha aumentado un 8,10%, pasando en estos últimos años del 28,2 al 36,3%. Duele pensar en lo que podría haberse hecho con esos miles de millones de euros despilfarrados o acumulados en el extranjero de manera ilegal, para exclusivo e insaciable beneficio de unos pocos. Con familias que lo han perdido todo, desempleados que quizás, por su edad, no vuelvan jamás a tener un trabajo remunerado. Un país con sueldos congelados y serios recortes, que ha soportado el terremoto de una crisis mundial sin precedentes y que, ahora, lo que necesita es empezar a ver, tocar y disfrutar del producto de su sacrificio.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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