PASO CAMBIADO
La traición a la democracia
José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 29 de octubre de 2014, 20:44h
Una gran mayoría de españoles ha decidido cargar el mochuelo de todos nuestros males (especialmente la corrupción) a los partidos políticos. Es normal. No hacerlo significaría colocar a los ciudadanos ante el espejo de sus propios fantasmas, y siempre es más consolador endosar la culpa a estructuras inorgánicas, a entes, a generalizaciones. Por eso, el enemigo se describe siempre en términos informes: los políticos, los bancos, el complejo militar-industrial, el Sistema…
Parece que hay una enorme resistencia a achacar los crímenes a los individuos, ya sean de corrupción, o cualquier otro. Por ejemplo, los delitos de violencia de género, que más que comportamientos abyectos de personas concretas se adjudican a estigmas informes como el machismo.
Pero la realidad es (al margen de la financiación ilegal de partidos o sindicatos, que merece artículo aparte) que la mayoría de los casos de corrupción corresponden a individuos concretos, movidos por la antigua pulsión de la avaricia. Y como solo pueden corromperse aquellos que tienen algún poder para hacerlo, necesariamente estos individuos tienen que estar bajo el paraguas de alguna administración. Especialmente de las que tienen menos controles.
Naturalmente que estas personas suelen pertenecer a partidos políticos, porque ésos son los medios institucionales de selección de representantes y cargos públicos en un sistema democrático. Pero decir que esos partidos son corruptos porque los son algunos o muchos de sus miembros es como decir que un delito cometido por un alicantino es un delito del Ayuntamiento de Alicante.
En realidad, da vergüenza que gente como cualquiera de nosotros se haya enfangado en la corrupción. Porque son nuestros vecinos, nuestros contertulios, nuestros iguales. De alguna forma componen nuestro reflejo. Y como lo que muestra es inasumible, la culpa no puede ser de uno como nosotros, sino de algo ambiguo como la política o el poder. Porque, en el fondo, ni el más honrado sabe a ciencia cierta cómo reaccionaría si un corruptor le pusiera un maletín delante. Y dependiendo del tamaño del maletín.
Los españoles ya habíamos sabido de muchos asuntos turbios de corrupción en las últimas décadas. De hecho, llenarían libros. Pero, por alguna razón psicológica, los quisimos ver como excepciones. Y por la misma necesidad de autodefensa, las instituciones que albergaban a esos corruptos también prefirieron echar encima toda la tierra que pudieron.
De repente, sin embargo, parece que las últimas gotas conocidas de corrupción, más bien chorros, han desbordado el vaso de nuestra paciencia. Porque no se ve como la acumulación de prácticas viciadas de ladrones concretos, sino como fallo del entero Sistema. Añadamos: del entero Sistema Democrático.
Una buena parte de la impunidad de los corruptos se ha debido precisamente a que no nos podíamos creer que lo fueran. En algunos casos, ni con las pruebas en la mano terminamos de creérnoslo. Como cuando se entrevista a un vecino de un terrible asesino, que siempre dice que parecía muy normal.
La realidad es que podemos empeñarnos en derivar las responsabilidades a quien nos dé la gana. Cada uno lo hace desde su ideología. Al PP, al PSOE, a CiU. Pero es cada uno de los individuos que se ha corrompido, que ha tomado decisiones administrativas para beneficiar a otros a cambio de dinero, el responsable de sus actos criminales. Él y quien le ha comprado, por cierto, que de eso se habla poco. Y no sólo de su particular delito, sino de uno aún más grave: el daño a la propia democracia a la que han debilitado por su rapacidad.
Racionalmente, es absurdo que un robo de unos, aunque sean muchos, alcaldes ponga en riesgo el sistema democrático. Pero emocionalmente lo está haciendo. La generalidad de la gente se ha escandalizado tanto por las trampas en el juego de estos tahúres que está dispuesta a romper la baraja.
Es ocioso decir que esa forma de afrontar el problema de la corrupción lleva a otro mayor. Pero no parecen épocas en las que se piense a demasiado plazo. Más bien muy a corto, al ritmo de las comunicaciones vertiginosas.
El fenómeno se agudiza aún más cuando no solo forma parte de sentimientos desestructurados de la calle sino como estrategias oportunistas de poder. Porque entiendo que los partidos en su conjunto no son los responsables de la corrupción individual. Pero sí lo son de amplificar el fenómeno como carroñeros para manipular a su clientela. Sin saber que cada uno de estos partidos es, en el fondo, una parte más del Sistema.
La campaña de agitación del PSOE sobre la corrupción en el PP, además de oportunista y bastante desconcertante teniendo en cuenta su tejado de cristal, es demoledora para sus propios intereses, porque si en un primer momento logra que alguno identifique al PP con la corrupción, al minuto la identificación afecta al propio PSOE en su medular.
Aceptemos que algunos partidos vírgenes de poder rentabilicen el malestar general sobre la corrupción. Podemos, en la izquierda, que es el mejor situado gracias a disfrutar de unas plataformas mediáticas con las que nunca nadie habría soñado en país alguno. Y quizá en la mitad de la tabla el binomio Ciudadanos-UPyD. Incluso sueña con morder Vox, como si fuera el Podemos de la derecha. Pero esto solo les va a valer mientras no tengan cargos, mientras no tengan poder. Porque después, sufrirán del mismo desprestigio que ahora desparraman.
Al único que esto puede no importar es a quien ya ha previsto este escenario. A aquel que más que gobernar en el Sistema se lo quiere quedar. A fin de cuentas, esa operación ya ha salido en otros países, como Venezuela. Por qué no en España, sueñan.
Es entonces cuando los españoles indignados por la corrupción de tantos chorizos sabrían lo que es la corrupción total del sistema político. Y no se hacen una idea de su coste.
Pensándolo bien, a los corruptos habría que añadirles un delito a los aparejados a su robo. El de Alta Traición a la democracia.
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Director general de EL IMPARCIAL.
JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL
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