www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ENTRE ADOQUINES

Porque la memoria es efímera y traicionera

miércoles 05 de noviembre de 2014, 20:57h
Actualizado el: 11/05/2014 23:55h

Cuando llega ese momento en el que la piel se ríe en tu cara si le vienes una mañana con ampollas de Germinal y has perdido definitivamente la guerra contra las canas, lo normal es que también hayas aceptado ya que un cuarto de siglo parece mucho tiempo, pero ha pasado como si nada. Simplemente, voló. Para entonces, uno se sorprende hablando de los acontecimientos que le marcaron la vida contando por décadas el tiempo transcurrido desde entonces y lo normal es que sea consciente en plenitud de que es cada momento vivido lo que realmente cuenta a la hora de hacer balance. Siempre y cuando, se tenga la osadía de lanzarse a tan comprometida empresa. Recordar la caída del muro de Berlín con todos sus detalles, sabiendo dónde estabas aquella fría tarde de noviembre de hace 25 años, sirve desde luego para ponerte en perspectiva. Situarte en el calendario terrenal. Toca mirar atrás, pensar, aunque sea de manera fugaz, en lo que hacías y en compañía de quién estabas cuando los alemanes se encaramaron a aquella construcción de hormigón y alambre de espino electrificado. Cuando el muro, por fin, fue tomado y se produjo el reencuentro, pareció quedar bastante claro que las horas estaban contadas para el resto de las dictaduras en los países del otro lado de un telón que dejaba de considerarse blindado. Aunque, en su prepotencia, crueldad y arrogancia, algunos no quisieran verlo.

Menos de dos meses después, Rumanía llevaba a cabo su propia revolución para acabar con el que aún sigue siendo considerado como uno de los dictadores más crueles e inhumanos de la Europa del siglo XX, Nicolae Ceaucescu. Quien siembra vientos, recoge tempestades. El gobernante rumano y su influyente esposa Elena fueron víctimas de la crueldad que ellos habían sembrado, de la furia contenida que llevaba más de dos décadas latiendo en la mayoría de los rumanos. Un juicio sumarísimo el día de Navidad, durante el que Ceaucescu gritó encolerizado e insultó al juez, sirvió como pantomima para poner en escena la ejecución del odiado matrimonio con carácter inmediato. “Usted siempre ha declamado actuar y hablar en nombre del pueblo, ser amado por el pueblo, pero sólo ha hecho al pueblo esclavo de una tiranía durante todo este tiempo”, exclamó el fiscal, poco antes de que Nicolae y Elena fueran conducidos al paredón, donde ya se habían congregado voluntarios para apretar el gatillo. Hasta que no se mostró los cadáveres al pueblo, no cesaron las revueltas. Un horror, saldado con otro horror.

El país afrontaba un presente terriblemente lastrado por una herencia mezquina. La miseria era de tal calibre, que no solo se veía, también se tocaba. Un año antes, cuando iba a viajar a Rumanía con compañeros de la facultad, me advirtieron de que lleváramos siempre a mano bolígrafos, mecheros, caramelos, chicles. Pequeños obsequios con los que atender a la miríada de niños que, nada más ver un extranjero, extendían las manos. Creíamos llevar mucho, resultó exageradamente poco. Regresamos a España con la maleta vacía. Allí dejamos ropa, calzado, maquillaje, calcetines. Hasta los botes de champú casi vacíos eran un tesoro para las camareras del hotel. Y como no había nada que comprar, ni siquiera suvenires para los pocos turistas que se dejaban caer por aquel bello país, volvimos a casa con lo puesto. Conscientes, quizás por primera vez, del agua caliente que salía de la ducha, del privilegio de envolverte con un albornoz y poder comprar pan o cualquier alimento básico a la vuelta de la esquina. Allí, en Bucarest, el desabastecimiento era de tal calibre que la gente salía de casa con una bolsa, dispuesta a comprar lo que pudiera encontrarse ese día. En cuanto veían una fila de resignados compradores, se colocaban detrás a esperar que llegara su turno antes de que las existencias se agotaran. Una vez le preguntamos a la guía – esa figura imprescindible en las dictaduras para evitar que el extranjero vea o escuche ciertas cosas – qué era lo que se vendía en un quiosco frente al que aguardaba a la intemperie un montón de hombres y mujeres. “No lo sé”, nos contestó. La realidad es que nadie lo sabía hasta llegaba al mostrador, entregaba sus cupones de racionamiento y echaba en la bolsa lo que le “correspondía”. El mercado negro era solo para los miembros del partido y sus amigos.

Una noche, cansados de la comida, escasa y de pésima calidad, que nos daban en el hotel, dijimos a la guía que queríamos ir a cenar a un restaurante de la ciudad. Reticente al principio, acabó aceptando llamar a quien tuviera que hacerlo para que nos autorizaran la excursión gastronómica. Cenamos a lo grande, incluido un caviar a cucharadas que en España jamás habríamos podido permitirnos, mientras en las mesas cercanas se ponían morados los gerifaltes del gobierno, acompañados de mujeres que no parecían sus esposas y ataviados con uniformes militares plagados de medallas. La cara de nuestra guía, que no quiso probar bocado a pesar de que le insistimos en que las viandas corrían de nuestra cuenta, se fue transformando. Con el transcurso de los días, aquella pequeña mujer de mediana edad y ojos apagados acabó por contarnos algunas de esas cosas que no se podían contar. Mucho menos, una guía oficial. En la calle, mirando a sus espaldas y en voz baja, nos dijo que desde que había nacido su sobrino, todos los miembros de la familia renunciaban a su cupón semanal de leche para que el bebé lograra salir adelante. La última ocurrencia del dictador, que amasaba una gran fortuna personal, fue la de hacer en los pequeños núcleos rurales lo mismo que años antes había hecho en Bucarest y en otros centros urbanos: demoler todas las casitas y construir en su lugar esos mamotretos de cemento que tanto suelen gustar a los dictadores, fascistas o comunistas. Aquello, nos contó la guía, iba a suponer el fin de aquellas familias “afortunadas” que recurrían al pedazo de tierra que rodeaba la casa para plantar patatas, tomates o judías. “No sé qué hará mi familia ahora”, explicó. Lo que hizo, como tantas otras familias, fue hartarse. Verse abocada al límite.

A la caída del Régimen en diciembre de 1989, Rumanía registraba la tasa de mortandad infantil más elevada de Europa. Ceaucescu se había desentendido también de aquellos niños que él mismo obligó a traer al mundo poco después de hacerse con el poder en 1967. Por decreto. Rumanía, a su juicio, requería un crecimiento demográfico. El Decreto 770 impuso a las mujeres el “deber patriótico” de dar a luz el mayor número posible de críos, cuatro por lo menos. Poco después, la llamada “ley de continuidad nacional” estableció que quienes no asumieran el deber de tener hijos serían considerados “desertores de la nación”. En palabras del dictador, el embrión humano era “propiedad de toda la sociedad”, es decir, del Estado, y las mujeres tenían la obligación de someterse en su lugar de trabajo a pruebas mensuales de embarazo o a entregar justificantes médicos en caso de un “estado de no embarazo persistente”. En los tres primeros años de vigencia del decreto nacieron dos millones de niños, muchos abandonados porque sus familias no podían mantenerlos. Sin que, por supuesto, su papá Estado se hiciera cargo de ellos. Los que “sobrevivieron” al abandono, acabaron encerrados en orfanatos o viviendo en las cloacas de las ciudades.

Más de dos décadas después, en aquellos países del frío telón de acero y también en Alemania o en otros países de Europa, intenta germinar, al amparo de la crisis y el descontento social, la peligrosa semilla de la nostalgia que pretende justificar lo que entonces fue solo una crueldad egoísta que manejaba, en su exclusivo beneficio, las vidas de los otros. Porque la Historia es cíclica, capaz de retorcerlo todo. De repetirse una y otra vez. Veinticinco años después de su ejecución, parece experimentarse en Rumanía un aumento en la popularidad de la figura de Ceaucescu. Porque la memoria es tan efímera como traicionera.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios