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TRIBUNA

Un bicentenario oculto o secuestrado (I)

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 14 de noviembre de 2014, 20:23h

También los fundamentalistas y hasta los reaccionarios e integristas tienen derecho a vivir… Sobre todo, en países como el español, en que su fuerte fibra forma parte de su identidad y contribuyó decisivamente en algunas ocasiones a superar crisis históricas de formidable envergadura, a la manera, por ejemplo, de la guerra de la Independencia.

De ahí, por tanto, que sorprenda en extremo el silencio ominoso que ha envuelto el recuerdo de los doscientos años del muy célebre en otro tiempo Manifiesto de los Persas y de la promulgación por Fernando VII de los no menos famosos Decretos de Valencia por los que se abolía ab irato el régimen doceañista, con promesas de recobro de una monarquía templada alejada del absolutismo más descarnado. Sucesos y textos los valencianos de mayo de 1814, sin duda merecedores de una morosa reflexión o, al menos, de una discreta evocación al hilo de la celebración bicentenaria del término del sangriento conflicto contra Napoleón. La insignificancia del pensamiento reaccionario –(y hasta en muchos puntos del mismo ideario conservador)- en la España hodierna y la muy escasa o nula capacidad de sus habitantes de integrar su pasado, diverso y plural como el de todos los grandes pueblos, determinan que no pueda atribuirse a un propósito más o menos consciente y meditado de su clase política o de su estamento historiográfico el olvido de los acontecimientos antedichos en una sociedad, por lo demás, muy proclive a toda suerte de fastos conmemorativos. Tampoco, por ende, cabe endosar o responsabilizar a oscuras maniobras conspiratorias la ocultación de tales efemérides, por entero huérfanas de herederos o seguidores intelectuales. La explicación no puede ser más sencilla: profundo desinterés del lado de una sociedad desvitalizada culturalmente, despreocupada por completo del conocimiento y análisis de su pasado como fuente de vida y progreso.

Empero, pocos capítulos de la historia española encierran para las actuales generaciones más enseñanzas que el escrito por las páginas que abarcan el primer cuatrimestre de 1814, cuando, por primera vez en su milenario transcurrir, definía y avizoraba su futuro en clave de división. En pocas ocasiones de su ayer, la zozobra del presente y la inquietud por el inmediato futuro fueron mayores. A punto de decantarse en situaciones estables, corrientes y sucesos mostraban con fuerza todavía en los primeros meses de 1814 perfiles de labilidad e imprecisión, tanto en el contexto nacional como internacional. Más que en los inicios del crucial 1808, una atmósfera asfixiante de cábalas, rumores y especulaciones dominará en una convivencia que se había imaginado durante años armónica y, en más de un espíritu, plenificante. Si en la aurora de su reinado Fernando VII se representaba a sus súbditos como “El Deseado” por antonomasia, en el destierro encarnó para sus idólatras un nuevo rey D. Sebastián, con cuyo ansiado retorno todos los milagros serían posibles…

Esta España “expectante” vivió poco, pero lo suficiente para que centrara, en lo porvenir, la reflexión, tan hispana, de lo que “pudo ser y no fue”, en lugar de, más prosaica y significativamente, centrarse en las responsabilidades asumidas con la historia de la nación por unos hombres, los de Cádiz, altivos o totorresistas en la encrucijada de un país en el alba de un año que pudo ser también el amanecer de una nación normal en su recorrido por el mundo contemporáneo. Flaco servicio se prestaría, sin duda, a la verdad de la historia y al valor de su tarea si se alzaprimaran el error o egoísmo de los abanderados del liberalismo doceañista en el violento desahucio de su magna labor; pero tampoco cabría en un relato sereno la loanza indiscriminada de su actitud durante la mencionada coyuntura y la consiguiente demonización de sus adversarios, prosiguiendo con ello la inveterada costumbre de la historiografía nacional de enaltecer, al margen de sus aportaciones y méritos, a los regímenes y épocas muertos al filo de la espada…

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