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ENTRE ADOQUINES

¿Fútbol descafeinado?

miércoles 03 de diciembre de 2014, 20:09h
Actualizado el: 12/11/2014 01:08h

La culpa es siempre del empedrado. No solo en España. Por desgracia, ocurre en la mayor parte del mundo, sobre todo, en ese que nos empeñamos en llamar más “civilizado”. Nos molesta, por otra parte, que los gobiernos nos quieran tratar como hijos descarriados o, cuanto menos, irresponsables, pero reclamamos su intervención si las cosas salen mal o, mejor dicho, siempre que las cosas se nos van de las manos. Con esto no quiero decir, ni siquiera insinuar, que el Gobierno y la policía no estén para evitar actos violentos como el ocurrido el pasado domingo en Madrid Río. Están para evitarlo y, en todo caso, para reprimirlo. Pero decir que la culpa de que muriera uno de los voluntarios participantes en la batalla, Francisco Javier Romero, la tienen únicamente el Ministerio del Interior o la policía - ahora andan ambos en su particular reparto de acusaciones - me resulta demasiado poco serio y coherente hasta para un país en el que lloriqueamos constantemente y nos quejamos por todo, aunque partes de ese todo dependan en exclusiva de nosotros.

Lo sé, me van a llover críticas por ser tan crítica con los individuos, en vez de liarme a señalar con el dedo al empedrado. Tan crítica con la sociedad en su conjunto, con los clubes que no han querido expulsar a los violentos de sus estadios, con los violentos que tienen arrestos para citarse a un duelo por WhatsApp y luego argumentar que la policía tenía que haberlo evitado porque conocía la cita. También con el propio futbol, deporte que me apasiona, pero que aún sigue empeñado, en buena parte, en ser refugio de cavernícolas pasiones, sin atreverse en general a evolucionar. A reivindicarse, expulsando a quienes lo usan como trinchera para darse leña, a aquellos que se sirven de él para disfrazar su calaña, sus trasnochadas ideas políticas, sus odios heredados. Y un ejemplo de que si se quiere, se puede, lo encontramos en Gran Bretaña, cuna del hooligan por antonomasia y que, después de años de lucha, empieza a convertirlos en una especie en vías de extinción. Hace solo un par de décadas, en Inglaterra no quedaba nada bien declarar, en ciertos círculos o en voz demasiado alta, que te gustaba el futbol. Mucho menos, si eras mujer. Lo aprendí un verano a base de ganarme fama de macarra salvaje, porque allí para mucha gente ser aficionado al futbol te colocaba directamente en el bando de esos violentos borrachos que iban a zurrarse al estadio o sus aledaños, con la idea de que cuanto más bebido y más violento fueras, más demostrabas que te gustaba el futbol.

Por supuesto, dediqué horas que hoy ya no habría dedicado a explicar que en España no ocurría igual. Sí, por supuesto, había tipos descerebrados y violentos como en todas partes, pero no estaban organizados con el único objetivo de montar follón y enfrentarse a los del equipo contrario. Que al estadio, se iba a ver el partido, a poner al entrenador propio o al portero contrario de todos los colores. Incluso a imaginar que al árbitro lo agarrabas del cuello, por inútil o vendido. A gritar hasta quedarse afónico porque allí abajo no sabían darle al balón o centrarse tan bien como tú lo habrías hecho. Si perdía tu equipo, llegabas de mala leche a casa, donde ya sabían que lo mejor era no cruzarse contigo. Por lo menos hasta el día siguiente, cuando ya hubieras tenido tiempo de compartir el carajillo mañanero con los compañeros de trabajo y te hubieras desahogado. No, por aquel entonces - cierto es que ya han pasado demasiados años como para confesar cuantos -, no existían en España esos grupos extremistas y salvajes que utilizan un deporte que levanta pasiones para liberar ellos las suyas, las más bajas. Y eso hay que cortarlo. Ya habría que haberlo hecho. Estos días se habla, por fin, de lo que, por ejemplo, hizo Florentino, aunque en su día ni en su propia casa convenció a todos. Mucho menos, fuera. Como si quitando de en medio a esa chusma salvaje, se estuviera algo así como descafeinando tan pasional deporte. Una especie de traición al mismo, que ahora se alaba y empieza a compartirse.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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