ENTRE ADOQUINES
Feinstein contra Brenann: penúltimo pulso de la CIA
miércoles 10 de diciembre de 2014, 20:23h
Actualizado el: 12/11/2014 01:07h
Estados Unidos lleva varios días batallando de nuevo con dos de sus fantasmas más recurrentes y enquistados. La brutalidad policial y la presunta impunidad de los agentes cuando el detenido es de raza afroamericana, podrían incluirse, sin duda, en un mismo terrorífico apartado, el de la discriminación racial. Llama de manera poderosa la atención el hecho de que tener a un presidente de color – algo impensable hace solo un par de décadas – no haya logrado normalizar las cosas en tan polémico e importante asunto social. Lo cierto es que esta nueva oleada de protestas venía gestándose desde el pasado mes de agosto, cuando murió en Ferguson, Missouri, un joven negro, a causa de los disparos de un policía blanco. Según se comprobó después, el chico iba desarmado y, aunque el departamento de la policía local intentó defenderse con declaraciones sobre el perfil delictivo del fallecido, estaba claro que su mejor defensa no era, desde luego, el ataque. No había más armas que las de los agentes: no tenía que haber habido, en principio, ningún muerto.
Desde entonces, las denuncias por casos similares han ido apareciendo de manera claramente preocupante. Algunos sucesos ocurrieron con anterioridad al polvorín de Ferguson aunque hubieran pasado desapercibidos. Como si hubieran quedado a la espera involuntaria de que un fuego mayor les sacara también a ellos del armario. Pendientes de esa gota que colma el vaso. Solo que no ha sido una gota, más bien, un chorreo. Y la muerte de Eric Garner en Nueva York ha servido para inundar de protestas un país que, a veces, parece tan ensimismado en su condición de superhéroe al servicio de la Humanidad que acaba por descuidarse en relación a sus propios ciudadanos. Las imágenes de la aparatosa detención de Garner y, sobre todo, la frase “No puedo respirar” pronunciada hasta en cuatro ocasiones por este hombre negro de 43 años mientras un policía le reduce con el “abrazo mortal” que acaba con su vida, han provocado manifestaciones a lo largo de todo el país. Desde cortes en carreteras californianas a una sentada en Central Station, que amenaza con pasar allí la Navidad. “I can’t breathe” puede leerse, incluso, en las camisetas de algunas estrellas de la NBA y de ahí, no tardarán en saltar a las grandes cadenas de moda que, para cerrar el círculo, venderán sus propios diseños con glamurosas versiones del escalofriante lema. Porque, al final, todo acaba siendo engullido por el comercio que, a su vez, se nutre de la imagen. Y vuelta a empezar. Tiempo al tiempo. Aunque, por mi parte, les pido de antemano disculpas por este inesperado rasgo de cinismo que les aseguro no tenía identificado en mi mente cuando empecé a escribir la columna.
El segundo fantasma que se le ha aparecido a Estados Unidos estos últimos días es. Asimismo, de carácter recurrente: los presuntos desmanes de la CIA. Según un informe de la Comisión de Inteligencia del Senado, la Agencia mintió de forma deliberada al Congreso a la hora de informar sobre el uso de métodos de tortura con sospechosos de terrorismo islamista. En resumen, que la CIA parece seguir yendo por libre y operando como un Estado independiente dentro del Estado. O, ¿acaso el Senado se está cubriendo las espaldas utilizando ese mecanismo tan antiguo de dejar al contrario con el culo al aire? La verdad, admitámoslo aunque sea en parte, uno tampoco es capaz de imaginar muchos países en los que el Senado se atreva a sacarle los colores en público a sus Servicios Secretos. De hecho, hay que advertir que el informe elaborado por la correspondiente comisión del Senado cuenta con más de 6.000 páginas de las que solo podrá conocerse un resumen de menos de 500. Aún así, el asunto es peliagudo. Tanto, que en Washington llevan meses discutiendo sobre lo qué podría sacarse a la luz sin afectar con ello a la seguridad nacional y, ayer mismo, a pocas horas de filtrarse las primeras conclusiones, la Casa Blanca decidió incrementar las medidas de seguridad en sus instalaciones de todo el mundo como precaución ante posibles protestas derivadas de lo que el informe revela sobre la brutalidad y, al parecer, ineficacia de los métodos utilizados por la CIA. Otra pescadilla que, igual que la del comercio, acaba por morderse ella sola la colita.
Por supuesto, el jefe de la CIA, John Brenann, vinculado a los Servicios Secretos desde que siendo un estudiante vio un anuncio para reclutar futuros espías y nombrado por Obama durante su segunda legislatura, no tardó en emitir un comunicado rechazando que la Agencia mintiera de forma deliberada y sistemática a los estadounidenses. Aunque reconoce, eso sí, que se cometieron errores, en especial al comienzo del programa, cuando la CIA no estaba preparada para detener e interrogar a los prisioneros. “No siempre estuvimos a la altura de los estándares que establecimos y que los estadounidenses esperan de nosotros”, ha sido una de sus frases. Júzguenla ustedes mismos. Mientras, su declarada “enemiga”, la veterana senadora californiana jefa del Comité autor de la investigación y posterior informe de la polémica, asegura no querer entrar al trapo, pero en su entorno deben de estar pletóricos ahora que su patrona, Dianne Feinstein, ha conseguido doblar el brazo contrario en este pulso de cinco años que mantenía con la CIA, a la que acusó de sabotaje por eliminar de los archivos documentos para cuyo estudio tenían autorización y de gastar 40 millones de dólares para impedir la divulgación del informe. A Feinstein, con 70 años más que cumplidos, no le interesa ahora protagonizar sainetes de ajustes de cuentas. Al menos, eso ha asegurado en una entrevista. Es decir, que no tiene intención de polemizar con Brenann, y declara que lo único que pide a los estadounidenses es que lean el informe. En realidad, las 480 páginas que pueden leerse del total de 6.600 que contiene. Guerra de poderes o no, ya son bastantes más páginas de las que cualquier ciudadano de muchos otros países del mundo podrían llevarse a la cama como lectura para antes de apagar la luz de la mesilla.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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