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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Rinoceronte, de Eugène Ionesco: lo bestial de lo humano

sábado 10 de enero de 2015, 14:08h
 (Foto: Valentín Álvarez)
(Foto: Valentín Álvarez)
Ernesto Caballero recupera el sentido primigenio de la obra. Por Rafael Fuentes

Rinoceronte, de Eugène Ionesco

Versión: Ernesto Caballero

Director de escena: Ernesto Caballero

Escenografía: Paco Azorín

Intérpretes: Pepe Viyuela, Fernando Cayo, Fernanda Orazi, Ester Bellver, José Luis Alcobendas, Bruno Ciordia, Paco Déniz, Chupi Llorente, Mona Martínez, Paco Ochoa, Juan Antonio Quintana, Juan Carlos Talabera, Janfri Topera, Pepa Zaragoza.

Lugar de representación: Teatro María Guerrero (Madrid)

Por Rafael Fuentes

Ernesto Caballero rescata la obra quizá más célebre de Eugène Ionesco en el instante social particularmente apropiado no solo para la encrucijada histórica que vive hoy España, sino el conjunto de Europa. La fama de Rinoceronte sehabía convertido en una gloria recluida en los centros de estudios teatrales, amortiguado hasta su práctica extinción el gran efecto reflexivo que en su momento ejerció sobre la sociedad. Su argumento cautiva de inmediato la imaginación y la hiere con esa seducción que siempre han tenido para nosotros las “metamorfosis”, desde las recopiladas por Ovidio hasta las narradas por Kafka. Una anodina capital de provincias se ve arrollada por la carga fiera de un rinoceronte que destroza todo lo que encuentra a su paso. Cuando parece conjurado el peligro, serán dos, varios, una multitud de rinocerontes los que en tropel van pulverizando la ciudad. No vienen de ningún sitio, pues son los propios ciudadanos quienes se transfiguran en rinocerontes, perdiendo su humanidad y adquiriendo cualidades bestiales. Frente a la tradición de la literatura de “metamorfosis”, aquí las personas no experimentan su salvaje mudanza como una maldición, sino como una alteración deseada, voluntaria, agradecida.

El estreno de la obra en 1959 en la ciudad alemana de Düsseldorf, antes que en París, subrayó una interpretación política unilateral que ha llegado a ser la exégesis oficial de este drama de Ionesco. Para el público alemán no cabía duda de que se trataba de una alegoría de la metamorfosis de los ciudadanos de la República de Weimar en adeptos al bárbaro movimiento nazi. Una lectura que parecía avalada por la experiencia de Eugène Ionesco en Rumanía, cuando la mayoría de sus conocidos fueron sumándose como “legionarios” a la Legión de San Miguel Arcángel, transformada pronto en el partido fascista antiparlamentario La Guardia de Hierro, caracterizado por su odio a los partidos tradicionales, corruptos y clientelistas, antiliberal, anticapitalista, anticomunista, volcando su fanatismo en acciones directas cargadas de violencia y terror. Cuando la pieza se estrena en el teatro Odeón de París, esta vinculación unívoca de los paquidermos con los partidos nazis y fascistas pareció convertirse en una ortodoxia indiscutible.

Foto: Valentín Álvarez

El gran acierto de Ernesto Caballero que ahora podemos disfrutar en el madrileño teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional (CDN) estriba en romper -o superar- esta interpretación anquilosada para encontrarle nuevos sentidos que conectan de un modo directo con el más inmediato presente. El propio Ionesco, en sus escritos, daba a su texto un significado más amplio y profundo, al afirmar que las metamorfosis del drama reflejaban a las personas que se dejan invadir por una nueva creencia convertida en una fe obtusa, que evoluciona con rapidez, con una fuerza contagiosa análoga a una auténtica epidemia. Y desde esa nueva convicción ciega, nos dice: “te matarían con la mejor conciencia”. Pero el dramaturgo francorrumano se había propuesto, también, romper cualquier forma fosilizada de expresión y renovar los modos de percepción del mundo. Si hubiera querido hablar solo de La Guardia de Hierro, le habría bastado colocar personajes con sus características camisas verdes, y si su único propósito hubiese sido referirse a los nazis, eran suficientes sus botas y gorras de plato.

Pero el “rinoceronte”, aun incluyendo a los trasnochados fascistas y nazis del pasado, apunta a un ámbito más amplio y próximo: hacia las comunidades que amenazadas por la crisis y la angustia colectiva, optan por respuestas planas y crédulas, seducidas por la simplicidad y la aparente efectividad de la fuerza bruta. Europa -y con ella España- ha entrado en ese cuestionamiento de verdades que parecían incontrovertibles, y en consecuencia, dan a luz embriones de réplicas simples, obtusas, agresivas, tranquilizadoras por su elementalidad, donde se refugian cada vez más personas que adquieren así la insensibilidad de la piel de un paquidermo ante los que no compartan sus mismas creencias. Perder la capacidad crítica personal y abrazar un credo colectivo puede ser un gran alivio. También el huevo de la serpiente de la violencia.

El director ha recuperado con frescura y eficacia este sentido primigenio de Rinoceronte, jugando alternativamente con el escenario a la italiana tradicional y combinándolo con la ruptura de la cuarta pared. En el comienzo, la pasarela que envuelve al público y el propio pasillo central, harán que la irrupción de los primeros paquidermos, mientras Juan y Berenger dialogan en un tranquilo café, afecte a los espectadores y les haga sentir con intensidad la amenaza que se cierne sobre todos. El trote de los rinocerontes se percibe como un corrimiento de tierras, un temblor sísmico, un derrumbe o quizás unos poderosos y distorsionados tambores de guerra. Todos se proponen tranquilizarse, tomándolo como una falsa alarma, un episodio pasajero.

La acción pasa entonces a concentrarse en el escenario. Relojes que marcan horas distintas señalan la muerte de la verdad lógica e incluso de cualquier evidencia científica. Los razonamientos lógicos se convierten en silogismos pueriles ante el poder de la irracionalidad. Sobre las tablas se alzan armazones de hierro que nos evocan escaleras de incendios que no conducen a ninguna parte, y que desde luego no salvarán a nadie de ninguna hoguera. Sus estructuras no dejan de recordar las jaulas para bestias de un circo o de un viejo zoológico.

(Foto: Valentín Álvarez)Allí el espectador contemplará las primeras metamorfosis. Comenzando por la entrega de la señora Boeuf a su rinoceronte, a la que Ester Bellver le da un perfecto sesgo cómico-erótico que sirve de contrapunto a la transfiguración de Juan, interpretada por Fernando Cayo. No creo que sea una exageración afirmar que en ella encontramos el momento culmen de esta puesta en escena. Juan argumenta frente a su amigo Berenger su apetencia por llegar a ser un paquidermo al mismo tiempo que el espectador observa con sus propios ojos esa transformación. Juan se libera de las dudas y angustias que aquejan a Berenger abrazando una idea única que le da fuerza, salud, blindaje y estrecha comunión con los otros. Fernando Cayo realiza un trabajo emocional y gestual memorable donde el tránsito de lo humano a lo inhumano se desenvuelve de un modo magistral. Solo Berenger conserva su humanidad. Pero Ernesto Caballero no ha querido otorgarle ninguna categoría de héroe. Interpretado a la perfección por Pepe Viyuela, es un inadaptado a su pesar con su toque de clown o de un Charles Chaplin repleto de ansiedades existenciales, alguien que querría ser también paquidermo para dejar de sufrir, aunque no encuentra el modo de abandonar lo humano.

En ese ambivalente monólogo final, la obra rompe de nuevo la cuarta pared para involucrar en el escenario a los espectadores. Los personajes transfigurados caminan por la pasarela que envuelve las butacas del público. Se da por hecho que este ya ha mutado, o está tentado, o se halla en vías de hacerlo. Los paquidermos humanos, ¿están procreándose en nuestra sociedad?

No ha faltado algún crítico en arrojar la primera piedra: los espectadores habrían colaborado con la riqueza neoliberal anterior a la crisis y eso ya les emparenta con los rinocerontes nazis del estreno alemán de la obra. Se trata, sin duda, de una interpretación paquidérmica, forzada y unilateral. ¿A quién acusa Ernesto Caballero de simplicidad insensible? ¿A los populismos de uno u otro signo que hoy proliferan como una epidemia con sus recetas simplistas? ¿A la yihad islámica que transforma a ciudadanos normales en homicidas o suicidas descerebrados? ¿Al retorno a nacionalismos decimonónicos? ¿A la creciente xenofobia? ¿A la islamofobia que cada día cosecha más adeptos?


Las preguntas podrían multiplicarse sin límite. La cuestión es que con toda probabilidad Ernesto Caballero, con este montaje de Rinoceronte, no realiza ninguna acusación. Más bien lleva a cabo una invitación al público para que realice un análisis crítico de las tendencias sociales que desde el simplismo y la falta de empatía hacia el diferente, siembran un odio condenado a llegar a ser una u otra forma de violencia. No estamos ante un diagnóstico inquisitorial, sino ante un propósito de abrir el debate. Incluso el debate del espectador consigo mismo para detectar sus propias propensiones a la intolerancia y la imposición.(Foto: Valentín Álvarez)

Se vuelve así al sentido más originario del teatro de Ionesco. En sus escritos, el autor de La cantante calva anotó que sus primeras impresiones teatrales nacieron en los Jardines de Luxemburgo de París, cuando su madre le llevaba de niño a ver los espectáculos de títeres. Allí quedaba, nos dice, “estupefacto, con la visión de aquellos muñecos que hablaban y se aporreaban entre sí. Era el espectáculo mismo del mundo, no usual pero más verdadero que la verdad.”

La conmovedora puesta en escena de Ernesto Caballero de Rinoceronte nos avisa sobre esa grotesca y brutal posibilidad de embestirnos o apalearnos unos a otros como paquidermos o muñecos en el tablado del guiñol cuando un modelo social deja de responder automáticamente a nuestras demandas y expectativas. Como por ejemplo, aquí y ahora.

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