ENTRE ADOQUINES
Civiles ucranianos, atrapados entre dos fuegos
miércoles 04 de febrero de 2015, 20:12h
Armas, siempre armas. Desde huesos animales afilados por la mano del hombre a tirachinas poco sofisticados, para empezar. Las guerras forman parte de nuestra especie y estudiamos las épocas históricas saltando de guerra en guerra igual que si se tratara de las casillas de “la Oca”. La industria armamentística parece ser la única inmune a las crisis. Más aún, crece con ellas si estas son bélicas. Nunca faltará un rincón en el mundo en el que vecinos o hermanos pasen de las malas caras a los cañonazos. Cada vez más aplastantes, guerras eternamente sangrientas. Porque es una falacia – siento el cinismo – pensar que llegaremos a ver contiendas de microcirugía. La guerra es bárbara en su concepto, con independencia de los motivos y también de la estrategia. Y siempre habrá armas para ella. Aunque, más tarde, quienes las hayan vendido o “donado” tengan que comprar de nuevo más armas para defenderse ellos mismos de las primeras. Es un patrón que, por ejemplo, Estados Unidos repite de manera continuada. Últimamente, para colmo, no da abasto: las armas que entregó a los rebeldes sirios para luchar contra su dictador acabaron en manos del temible ISIS. Lo mismo que las que suministró al ejército iraquí, cuando este huyo despavorido ante el avance de los miembros del negro califato dejando los arsenales a entera disposición del enemigo. Solo los peshmergas, milicianos kurdos, se quedaron para defender a su pueblo de las masacres que habían empezado. No quedaba más remedio que armarlos, a pesar de la oposición turca. Echarles un cable bombardeando desde el aire, para que el EI no conquistara el norte de Irak como si fuera un paseo dominguero, lo mismo que había hecho con extensos territorios de Siria. En todo caso, la consigna actual es “nada de infantería”. Ni un pie de soldado norteamericano en lugares de conflicto. Una cosa es vender o entregar armas a los combatientes y otra, soportar la carga “política” – vuelvo a disculparme por el cinismo – de filas de féretros cubiertos con banderas patrias, por muchas medallas que se coloquen encima.
Sí, guerras hay, las ha habido continuamente. Esto sí que no lo digo con cinismo, ni siquiera para presumir de escéptica: me limito a reconocer mi ignorancia acerca de cómo evitarlas. Y hay periodos, como el actual, en los que los conflictos bélicos se diseminan a diestro y siniestro. Una especie de bucle mortal que, después de acabar con miles de vidas, terminará un día por cerrarse con la firma de un frágil acuerdo cogido con alfileres, un parche que aguantará probablemente menos de dos generaciones antes de volver a estallar. En Ucrania, por desgracia, lo saben. Lo están viviendo ahora mismo en el este del país. Según datos de la ONU, solo en estas tres últimas semanas han muerto, además, 224 civiles. Nada más estallar el conflicto del que pronto se cumplirá un año, los separatistas prorrusos estaban convencidos de que ganar los territorios del este para que volvieran a formar parte de la madre Rusia iba a ser tan rápido y sencillo como había resultado la separación de la península de Crimea. Se hicieron fuertes en Slaviansk y Kramatorsk con intención de avanzar posiciones, hasta que el ejército de Kiev consiguió desalojarles. Fue entonces cuando los rebeldes se refugiaron en las ya tristemente conocidas ciudades de Donetsk y Lugansk, es decir, en zonas urbanas donde sabían que no sería fácil llegar hasta ellos. De pronto, ambas ciudades se habían convertido en un frente de guerra, con edificios que hacían las veces de trincheras, comunicaciones y suministros básicos cortados, cada vez con menos recursos para sobrevivir sin ayuda humanitaria.
A pesar de que se intensificara el éxodo de la población civil, no todos sus habitantes pudieron marcharse: los insurgentes se encargaron de dificultar la desbandada porque no podían quedarse sin escudos humanos. Sitiados, entre dos fuegos, rehenes a la fuerza. Si en algún momento llegamos a pensar que su presencia serviría para facilitar urgentes acuerdos diplomáticos; en definitiva, para negociar sin perder tiempo, pronto tuvimos que rendirnos a la evidencia de que el ejército de Kiev iba a devolver los ataques, vinieran de donde vinieran. Pillaran en medio a quien pillaran. La frase del subcomandante de uno de los batallones partidarios de Kiev justificando el bloqueo de las carreteras para impedir la llegada de ayuda humanitaria a la población atrapada, sirve de trágica y demente síntesis: “Resulta que estamos en guerra con ellos y estamos derramando nuestra sangre, pero al mismo tiempo les estamos alimentando”. Desde Amnistía Internacional se responde lo que no debería hacer falta ni siquiera recordar: que una cosa es verificar el contenido de los convoyes humanitarios y otra, impedir su paso. Que crear unas condiciones de vida insoportables, usar el hambre como método de guerra, es un crimen de guerra. Pero la justicia y, aún más la internacional, llega mucho después. Si es que alguna vez llega, porque la guerra se vale precisamente del caos de muerte y destrucción para llevar al límite odios que campan a sus anchas al amparo de la brutalidad y el miedo. Máxime si el conflicto es civil y ambos bandos llevan tiempo teniéndose ganas. Una guerra es, por desgracia, el caldo de cultivo donde se terminan de cocinar los peores instintos de quienes, inflamados por el olor a pólvora, han dejado de ver a los que no están en sus filas como sus iguales, como a otros seres humanos.
La escalada bélica que se sucede en Ucrania ha llegado a límites que requieren una intervención de inmediato. Pero esto es solo una frase. Mientras la escribo, miles de ucranianos siguen atrapados como blancos indefensos después de que las negociaciones de Minsk volvieran a fracasar el pasado sábado. Ni tregua ni alto el fuego: total, nadie los respetaba. Ese mismo día, en Donetsk impactaba un proyectil de mortero en una fila de personas que aguardaban su turno para recibir la esperada ayuda alimentaria. Murieron seis civiles, muchos más resultaron heridos. Amnistía Internacional cita en su comunicado de prensa del 2 de febrero a una de las heridas más graves: Valentina Tsygankova, una viuda de 82 años a quien alcanzó metralla en la espalda y en las manos cuando intentaba llegar al reparto antes de que se acabaran las existencias. Son precisamente los ancianos sin familia ni fuerzas para intentar buscar un refugio fuera de ese infierno, quienes se han quedado allí a merced de los avatares de un frente nevado que no ha conseguido, sin embargo, enfriar las ínfulas separatistas de unos, ni la defensa a ultranza de la unidad territorial por parte de los otros.
Una vez más, Estados Unidos tiene que decidir si envía armas a la zona o no. Nadie alberga dudas de que los separatistas llevan desde el principio recibiendo ayuda armamentística rusa – puede que también de tropas –, pero hasta ahora las medidas de carácter económico que Estados Unidos y la UE han esgrimido contra Putin no parecen haber resultado efectivas. Aún así, Obama se resiste. Se ha declarado partidario de una respuesta cauta, coordinada con la siempre pasiva UE. A finales de diciembre firmó una ley del Congreso que le permite ampliar las represalias a Rusia y conceder ayuda militar letal a Ucrania – hasta ahora la ayuda ha sido no letal, es decir consistente en cascos, chalecos antibalas, mantas o vehículos –, pero declinó hacerlo por las circunstancias del momento. De una parte, a Obama tratan de convencerle para que plante cara a Rusia entregando armamento a Ucrania, con el convencimiento de que sería lo único que podría perturbar de algún modo al expansionista Putin. De otra, le advierten de la peligrosidad de un apoyo militar directo, que dispararía aún más la tensión en la zona, evocando con claridad el clima de confrontación de la Guerra Fría. Obama se encuentra, estos días, también entre dos fuegos.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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