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EPPUR SI MUOVE

Las piedras sagradas de Nimrud

miércoles 11 de marzo de 2015, 21:16h

Nimrud -cerca de Mosul, en Irak- fue una de las principales ciudades del imperio asirio. Fundada a orillas de río Tigris por el rey Salmanasar I, adquirió pronto una gran relevancia. Palacios, esculturas, tablillas de escritura cuneiforme y demás testimonios de un pasado glorioso se conservaban hasta hace bien poco a las afueras de Mosul, y también en el Louvre, British y Smithsonian. En 1951 se descubrió la “Estela del Banquete”, donde se da cuenta de un fastuoso ágape servido en el año 879 a. C. Duró 10 días, y a él asistieron 47.000 habitantes, entre los que había 5.000 extranjeros y1.500 dignatarios de los imperios del orbe. En la estela en cuestión, el rey Asurnasirpal manda grabar: “a los felices pueblos de todos países, así como a las gentes de Kalhu, los festejé durante diez días, y les di de beber vino, los bañé, los ungí y los honré y los envié de vuelta a casa llenos de paz y alegría”.

Mucho han cambiado las cosas. Lo que queda de Nimrud es hoy territorio controlado por los animales del Estado Islámico. Ya no hay banquetes, ni música ni cultura; sólo horror. Su última “hazaña”, en la que se veía a milicianos del IS arrasando los restos arqueológicos de la zona “en nombre de Alá” provocaba una oleada de repulsa internacional generalizada. El propio Obama condenaba este “brutal ataque contra algo que es patrimonio de toda la humanidad”, y que a buen seguro debe de haber causado una honda impresión en los sensibles terroristas.

Es una pena, sí, desde luego. Pero más pena da que miles de inocentes en Irak, Siria y Libia hayan sido salvajemente asesinados por el Estado Islámico sin que nada ni nadie mueva un dedo por ellos. No son piedras, sino personas; cristianos, para más señas. A los hombres los degüellan ante las cámaras, o los queman vivos, igual que a los niños. Todavía se me ponen los pelos de punta cuando recuerdo la imagen de un grupo de niños cristianos vestidos con el tétrico mono naranja y hacinados en una jaula, justo antes de ser quemados. Las mujeres suelen sobrevivir, aunque su suerte no es mucho mejor, ya que pasan a ser esclavas sexuales de semejante tropa de hijos de puta. Algunas son sólo niñas, pero eso les da igual. Crucifixiones, torturas, todo parece estar permitido con los cristianos de esa zona.

¿Y si fueran musulmanes? Otro gallo cantaría. A Estados Unidos no le apetece lo más mínimo enviar un solo soldado por aquellos pagos, y otro tanto le sucede al resto de países. China sólo piensa en el dinero, y Rusia está demasiado ocupada con el genocidio de Ucrania como para molestarse por la suerte de unos cuantos parias. Turquía, por su parte, disfruta con “su vecino” -su ejército se niega a combatirlos en la frontera con Siria, acatando así las órdenes del islamista Erdogan-, y Qatar sigue financiándolos.

El problema de matar mucho es que al final no queda a quién matar. Y claro, ya ha muerto un piloto jordano, y más de un iraquí que no pensaba igual que los salvajes del IS. Musulmanes, vaya. Y ahora sí que sí, la Liga Arabe ha pedido una intervención multinacional para combatirlos. Egipto y Jordania ya han hecho algunas cosillas por su cuenta. El resto, sólo palabras, como siempre. Qué enferma está esta sociedad, incapaz de reaccionar ante semejante barbarie. ¿Porqué nadie hace nada? ¿Cuántas piedras van a tener que cargarse estos energúmenos para que por fin alguien se decida a pararles los pies?

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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