Cuando se haga el indispensable y urgente estudio sobre los intelectuales españoles catalanófilos, la figura del catedrático aragonés ocupará lugar de honor y estará patinada áureamente. El áspero oscense, como le conocían sus amigos más íntimos, evidenció en toda su luminosa trayectoria humana y académica un amor desmedido por la rica y siempre dinámica y creativa cultura del Principado. De envidiable sensibilidad estética, las letras, pero sobre todo, el arte de la hervorosa comunidad fueron recorridos de un extremo a otro por su análisis y reflexión, estableciendo de ordinario su pluma o su palabra un cotejo con el del resto de la gran patria española del que se desprendía un inagotable tesoro de belleza, originalidad y saberes múltiples, acopiados a lo largo de una existencia presidida y rectoradainflexiblemente por el análisis independientes y la entrega ilimitada al conocimiento de los hombres y mujeres que construyeron el proceso histórico de la formación de nuestro pueblo, plural y rico acaso como ningún otro de occidente.
En tramo crucial desu fecunda existencia, se materializó uno de sus grandes sueños: la residencia en Barcelona, en tiempos en que la Ciudad Condal ostentaba arrolladora e indiscutiblemente la capitalidad cultural -en este caso, sí…- de las Españas.El día mismo de su incorporación a la cátedra de Historia Contemporánea de la por entonces flamante, pero ebullente Universidad Autónoma, se produjo su desembarco en el mítico Ateneu barcelonés, su verdadero hogar intelectual hasta su definitiva marcha a Madrid, años más tarde. Es bien sabido y padecido que el solar de Hispania no es muy propicio –mero eufemismo para huir del totorresismo y la inmatización- al crecimiento de la planta de la gratitud. El cuadrante tarraconense es, a las veces, una parcial excepción. Por fortuna, lo fue en el ejemplo del mejor conocedor de la primera etapa de la Institución Libre de Enseñanza, pese al largo periodo –medio siglo- transcurrido desde la aparición de su admirable tesis doctoral acerca de tan reputada corporación pedagógica y cultural. Un haz de la gavilla más afamada de los contemporaneístas catalanes –en vanguardia, Jordi Casassas i Imbert y, hasta su prematura muerte, el que fuese su maestro, Josep Termes Ardevol- rinden frecuente tributo gratulatorio al que fue personaje decisivo en la recuperación del legado y, en especial, de su inteligente y afanosa reivindicación en un estadio en verdad singular de su centenaria biografía. Forjadora principal de la cultura burguesa en el Principado, es decir, en el territorio español más penetrado y configurado por dicha matriz, seña y símbolo de su identidad contemporánea y, por ende, también de la española.
Mil dimensiones y facetas más de la inabarcable personalidad académica de V. Cacho habrían de reseñarse en un boceto en caricatura del, para muchos exigentes críticos, más cualificado especialista de nuestra historia intelectual de los últimos siglos, no obstante la parsimonia y timidez de su comercio con las imprentas. Pero las periodísticas –incluso, en su formato más informáticamente sofisticado- no admiten ninguna holgura ni infracción a sus drásticas reglas de brevedad. Bastarán quizá las líneas precedentes para testimoniar una vez más los muchos servicios prestados por la figura mencionada a la causa de una Catalunya mejor comprendida y entendida por la comunidad a la que alimentó y motorizó en algunos de sus capítulos más esplendentes, con clara conciencia que así contribuía, igual e indesligablemente, a una mayor inteligibilidad y asunción del conjunto nacional en el que transcurriera toda su dilatada andadura histórica.